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Tiempos modernos: la extrema derecha en Europa y en España
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Ignacio Varela

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Tiempos modernos: la extrema derecha en Europa y en España

De Feijóo se esperan soluciones de gobierno y de Abascal un recipiente de emociones negativas. Ni Vox puede competir con el PP como alternativa de gobierno, ni el PP superará jamás a Vox como escupidera

Foto: El presidente de Vox, Santiago Abascal. (Europa Press/Ricardo Rubio)
El presidente de Vox, Santiago Abascal. (Europa Press/Ricardo Rubio)
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En el actual Parlamento Europeo hay tres grupos a la derecha del Partido Popular. Está el grupo de los Patriotas, donde aparecen, entre otros, la francesa Le Pen, el húngaro Orbán, los portugueses de Chega y los españoles de Vox. Está el llamado "Conservadores y Reformistas", liderado por Meloni. Y está el de las Naciones Soberanas, cuyo miembro más importante es la Alternativa por Alemania. En total, suman 191 diputados que, si estuvieran unidos, serían el grupo más numeroso de la Cámara.

Más allá de los matices, esos tres grupos pertenecen a lo que convencionalmente denominamos extrema derecha. Las diferencias entre ellos se deben más a cuestiones de liderazgo que a discrepancias doctrinales. Todos son reaccionarios, nacionalistas, populistas y eurófobos en distintos grados. Desconfían de la democracia parlamentaria -aunque participan en ella- y su líder mundial de referencia es Donald Trump.

El dibujo del actual hemiciclo europeo presenta, pues, un 63% de eurodiputados de las derechas frente a un 33% de las izquierdas, con un 4% de no inscritos en ningún bloque. Esa cifra basta para mostrar la deriva espectacular hacia la derecha de la sociedad europea, cuyo correlato es el hundimiento de la izquierda en sus distintas variantes: la socialdemocracia clásica, el ecologismo y el populismo izquierdista (para qué evocar a estas alturas el naufragio histórico del comunismo).

Ha bastado un cuarto de siglo para poner patas arriba el sistema de fuerzas políticas y de referencias ideológicas que heredamos del siglo XX, pese a lo cual se siguen manejando las viejas categorías como si siguieran vigentes. La primera batalla que perdió la izquierda en este siglo fue la del pensamiento; de ahí su dificultad para descifrar lo que está pasando ante sus narices, y mucho más para explicarlo.

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En España, sin ir más lejos, estamos cerca del centenario de la guerra civil y hay quienes siguen intentando ganarla. Y este Gobierno famélico, incapaz de hacer un presupuesto, decidió dedicar el año a celebrar la muerte de Franco.

La noticia es que lo sucedido hace poco más de un año en las elecciones europeas es una broma comparado con lo que viene. La revista Político mantiene actualizado un pulcro seguimiento de encuestas en toda Europa que recomiendo como alternativa a nuestra jarana demoscópica. De ahí extraigo estos datos:

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En este momento, los partidos de la extrema derecha ocupan la primera posición en intención de voto en 11 países de la Unión Europea, a saber: Alemania, Francia, Italia, Holanda, Bélgica, Austria, Polonia, República Checa, Hungría, Rumanía y Letonia. Esos países contienen el 73% de la población y el 75% del PIB de la Unión Europea. La cosa se pone aún peor si añadimos el Reino Unido, donde Reform UK, heredero del siniestro UKIP y también conocido como "el partido del Brexit", saca diez puntos de ventaja a los laboristas y 14 a los tories. Hasta en Suiza ganan los extremistas de derecha.

Además, en otros tantos países la extrema derecha ocupa ya la segunda posición y su caudal electoral crece a toda velocidad. Es raro encontrar hoy un país europeo en que la extrema derecha xenófoba se sitúe por debajo del 20% de intención de voto (en alguno se aproxima el 40%). Lo que sí es frecuente es que la primera y la segunda posición la ocupen dos partidos de derecha, uno extremista y otro moderado.

Creo que no es exagerado sostener que, tomada en su conjunto (porque hay países en que se fragmenta en varios partidos), la extrema derecha populista es ya el bloque político más importante de Europa, por delante del centroderecha tradicional y a distancia sideral de una izquierda que declina por días. Donde esto se manifiesta con más intensidad no es en los países del este (que también), sino en las grandes naciones que fundaron la Unión Europea. Todos los firmantes del tratado de Roma excepto Luxemburgo tienen hoy a un partido extremista y antieuropeo como el favorito de sus ciudadanos.

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Con Donald Trump en la Casa Blanca y la cuestión de la inmigración decidiendo elecciones, la próxima ronda de elecciones generales en Europa se anuncia temible para nuestras democracias parlamentarias y para la propia Unión. Cada vez se hace más complicado que los cinturones sanitarios abrochen lo suficiente para impedir que el próximo Consejo Europeo se pueble de primeros ministros dispuestos a demoler la cosa más civilizada que los europeos supimos hacer en los últimos trescientos años. Hoy, Meloni nos parece un prodigio de templanza comparada con sus correligionarios de los países vecinos.

En ese contexto, la situación en España sigue siendo singular. Naturalmente, las tendencias generales impactan también aquí, y es de esperar que lo hagan en mayor grado.

Aquí también la derecha en su conjunto aventaja sólidamente a una izquierda que extravió la brújula y no sabe qué hacer con el poder salvo defenderlo a dentelladas. También la inmigración ocupa el debate político y social en términos crecientemente confusos y viscerales. También emergió una extrema derecha que se alimenta de la polarización que le suministra el Gobierno para beneficio recíproco. Y comprobamos que la quiebra social derivada de la gran recesión es mucho más profunda y duradera de lo que imaginamos.

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Añadimos, como hechos diferenciales, un Gobierno apoyado en una colusión de fuerzas destituyentes que agudiza su naturaleza cismática a medida que se siente acosado en el Parlamento, en los tribunales y en la sociedad; y una impugnación radical desde los nacionalismos centrífugos sobre la existencia de una nación común.

Pero la realidad electoral, tal como la reflejan las encuestas solventes, es que España es el único gran país europeo en el que los dos partidos clásicos, PP y PSOE, siguen repartiéndose más del 60% de los votos y no aparece ningún otro con apariencia de alternativa viable de Gobierno, aunque sí un tropel de aliados peligrosos en ambos lados de la trinchera.

Tenemos un partido de extrema derecha con tendencia ascendente. Pero la media de las encuestas solventes lo sitúa en el 16% de intención de voto, que es uno de los porcentajes más bajos de Europa para las fuerzas de esa orientación y es la mitad de lo que tiene el PP. De hecho, casi todos los partidos europeos de centro derecha se cambiarían con gusto por la situación electoral del Partido Popular español y los socialdemócratas por la del PSOE.

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Padecemos el efecto mareante de las oleadas migratorias que nos someten a un dilema existencial: por una parte, necesitamos a los inmigrantes para que el país no colapse y, por otra, los rechazamos porque nos negamos a asumir que estamos abocados a vivir en una sociedad mestiza. Algún día habrá que tomar por las solapas a los discursos antinmigración y desvelar cuánto hay en ellos de xenofobia y cuánto de racismo. Hoy los nacionalistas catalanes pagan las políticas de Pujol, que siempre prefirió la inmigración islámica a la hispanoamericana por aquello de la inmersión lingüística. El producto de ello se llama Aliança Catalana.

Está por comprobarse si la polarización inyectada en vena beneficia el voto útil o el impugnatorio. Es claro que Sánchez ha interpretado que en la izquierda funciona lo primero y en la derecha lo segundo, y ello explica muchas cosas que hemos visto y otras peores que veremos próximamente.

Mientras, si yo estuviera en el PP precisaría la demanda antes que la oferta: de Feijóo se esperan soluciones de gobierno y de Abascal un recipiente de emociones negativas. Ni Vox puede competir con el PP como alternativa de gobierno, ni el PP superará jamás a Vox como escupidera. A partir de ahí, que cada uno elija la pista por la que prefiere correr.

En el actual Parlamento Europeo hay tres grupos a la derecha del Partido Popular. Está el grupo de los Patriotas, donde aparecen, entre otros, la francesa Le Pen, el húngaro Orbán, los portugueses de Chega y los españoles de Vox. Está el llamado "Conservadores y Reformistas", liderado por Meloni. Y está el de las Naciones Soberanas, cuyo miembro más importante es la Alternativa por Alemania. En total, suman 191 diputados que, si estuvieran unidos, serían el grupo más numeroso de la Cámara.

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