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La cizaña y el hilo del collar sanchista
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Ignacio Varela

Una Cierta Mirada

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La cizaña y el hilo del collar sanchista

Ante la amenaza existencial que la legítima acción de la Justicia plantea a este Gobierno, proliferan las liebres falsas destinadas no tanto a distraer la atención como a provocar pendencias y altercados opináticos cada vez más esperpénticos

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Ana López)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Ana López)
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Me es difícil pensar en la figura política de Pedro Sánchez sin que acuda a mi mente el personaje de Perfectus Detritus, creado por René Goscinny para una de las aventuras más hilarantes de Astérix, titulada La Cizaña. Y me es igualmente difícil contemplar el fenómeno político que llamamos sanchismo sin evocar la archifamosa frase de Gustave Flaubert en una carta a su amante, Louise Colet: "Hablas de perlas, pero las perlas no forman el collar, es el hilo".

¿Dónde se establece el contacto entre Astérix, Flaubert y Pedro Sánchez? En que el hilo que engarza todas y cada una de las actuaciones del sanchismo desde que su creador emergió en la política española es precisamente la inoculación metódica de dosis masivas de cizaña en nuestra vida pública. Pueden examinarse por separado cada una de sus piezas (las perlas), pero no se comprenderá la naturaleza del collar sin contemplarlas unidas por ese hilo que les da sentido de conjunto.

El sanchismo no es ni pretende ser una ideología y su fuste conceptual es paupérrimo, apenas una epidermis que muta como la de un camaleón. Es simplemente una forma de ejercer el poder; y su esencia, lo que lo vertebra y permite interpretarlo, es su vocación indefectiblemente cismática. Ese listón está alto en un país como España, pero no recuerdo desde Fernando VII un personaje equiparable en cuanto a voluntad y capacidad divisiva (lo de Franco era otra cosa: él no quería fracturar el país sino someterlo y, en su caso, liquidar físicamente a sus detractores).

Para el sanchismo, la división de la sociedad es un principio estratégico, el camino más directo y eficaz para la conquista y conservación del poder concebido como un fin en sí mismo. Lo aplica en todos los momentos y situaciones, se presten o no a ello: es como su remedio universal. Donde existe un conflicto, lo atiza. Donde no existe, lo crea. Donde aparece un enemigo, lo combate de modo irrestricto; donde no existe, lo inventa para nutrirse -y nutrir a su clientela- precisamente de la discordia como dieta. Y si logra contagiar de ese mismo espíritu a la clientela adversa, miel sobre hojuelas. Por ello la aparición de Vox ha sido para él una bendición, y lo será aún más.

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Escribiendo estas líneas, leo que Tejero está clínicamente muerto. No seré yo quien lo lamente, pero tampoco quien lo celebre. Habría sido preferible que desapareciera antes de dar aquel gorilazo y poner la libertad de los españoles al borde del abismo. Por lo que a mí se refiere, ahora no significa nada.

Sin embargo, es seguro que asistiremos a una explotación obscena del deceso por parte de las terminales del poder actual, que rescatarán las oscuras teorías conspirativas sobre el origen del 23-F, la imaginaria implicación en la trama golpista del Rey y otros dirigentes de la época, los culpables que quedaron impunes y demás material ponzoñoso. No buscan recuperar la verdad sobre el pasado, buscan hacer daño en el presente. Y de paso, regar de hiel las heridas emocionales que aquel suceso -a la vez trágico y grotesco- dejó en una parte de la sociedad. Por fortuna para todos, aquel momento no tuvieron que gestionarlo los Sánchez, Iglesias, Yolanda Díaz, Óscar Puente y demás especímenes del elenco contemporáneo: el golpe habría triunfado por todo lo alto.

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Ante la amenaza existencial que la legítima acción de la Justicia plantea a este Gobierno, proliferan las liebres falsas destinadas no tanto a distraer la atención como a provocar pendencias y altercados opináticos cada vez más esperpénticos. En las últimas dos o tres semanas hemos reunido una bonita colección de cebos.

Parece ser imperativo colocar en la Real Casa de Correos de la Puerta del Sol, sede actual de la Comunidad de Madrid, una placa infamante recordando que allí se alojó la policía política de la dictadura. Podrían recordarse también las decenas de hechos históricos ocurridos durante los dos siglos y medio de existencia del edificio: por ejemplo, que desde ese balcón se presentó ante el pueblo de Madrid el Gobierno provisional de la II República el 14 de abril de 1931, o que a unos metros de ese edificio los anarquistas asesinaron a Canalejas, que ETA colocó una bomba que mató a 13 personas, o que la Puerta del Sol alojó al Café Pombo donde Ramón Gómez de la Serna reunía su célebre tertulia y fue el escenario principal de las andanzas de Max Estrella, protagonista de Luces de Bohemia. Según la Academia de la Historia, el edificio se relaciona principalmente con la Ilustración. Digo yo que todo eso también es memoria histórica, ¿o no?

Quienes en su día conocimos por dentro (y no voluntariamente) los calabozos de ese lugar, percibimos intensamente la mezquindad del propósito. Se trata de que las multitudes que hoy abarrotan la Puerta del Sol vean en el edificio que circunstancialmente habita Ayuso algo que asocie a la actual usuaria del local con una imagen siniestra del pasado. Por supuesto, nadie ha propuesto colocar en el Círculo de Bellas Artes una placa recordando que allí funcionó durante la guerra civil una checa tenebrosa de la que salieron cientos de cadáveres previamente torturados; y quien lo propusiera sería tan cernícalo como los de la otra placa, la de Sol.

Estoy (estamos) hasta el moño de estos aguerridos señoritos, más revoltosos que revolucionarios, que desde sus despachos oficiales juegan a derrocar la dictadura de Franco con medio siglo de retraso y a ganar la guerra civil que perdieron sus abuelos. Aunque la biología les hubiera permitido intentarlo, qué quieren que les diga: no alcanzo a imaginar a Pedro Sánchez o Bolaños jugándose el pellejo en defensa de la libertad; ni a Ione Belarra como una Dolores Ibárruri de la modernidad, arengando a los milicianos entre las bombas y soportando después cuatro décadas en el exilio. Y por supuesto, no imagino a ninguno de ellos defendiendo la causa palestina sobre el terreno. ¡Si ni siquiera se han atrevido a celebrar el premio Nobel de la Paz por no molestar al tirano de Venezuela!

Nunca imaginé que un Gobierno español nos obligaría a tomar partido entre el Instituto Cervantes y la Academia de la Lengua, de tal forma que si estás con uno eres un auténtico progresista y si estás con la otra un reaccionario mendaz. Le guste o no a Puigdemont, la lengua española es lo que hace de España una de las tres o cuatro grandes culturas de referencia del mundo occidental. Tengo una opinión clara sobre la distancia sideral entre los méritos intelectuales y cívicos de Santiago Muñoz Machado y los de García Montero, pero no seré yo quien me sume a este burdo juego polarizador. Hagan la Academia y el Cervantes sus trabajos respectivos, que bien importantes son, y dejen para otros la pelea de trincheras. Pocas expresiones tan absurdas como la de "guerra cultural": por definición, si es guerra no es cultura y viceversa.

El alcalde de Madrid comete una tontería supina y Sánchez ve abierta la ocasión de plantear nada menos que una batalla constitucional sobre el aborto, que es materia resuelta para el 99% de la población española. Desde que saltó al protagonismo político, Sánchez ha prometido más de 40 reformas de la Constitución, sabiendo en todos los casos que no podría llevarlas a cabo, entre otras cosas porque su propia estrategia polarizadora hace todas ellas inviables, las necesarias y las que no lo son. Esta, además, sería contraproducente, porque reduciría en la práctica el nivel de protección constitucional del aborto como derecho.

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Pero es que da igual: en esto y en todo lo demás no se trata de la ley, sino de la gresca. En realidad, la única ley que se cumple metódicamente y sin faltar jamás a la cita es la ley de la gresca. Ya no saben qué hacer para encizañarnos y este collar se siente cada día más como una soga.

Me es difícil pensar en la figura política de Pedro Sánchez sin que acuda a mi mente el personaje de Perfectus Detritus, creado por René Goscinny para una de las aventuras más hilarantes de Astérix, titulada La Cizaña. Y me es igualmente difícil contemplar el fenómeno político que llamamos sanchismo sin evocar la archifamosa frase de Gustave Flaubert en una carta a su amante, Louise Colet: "Hablas de perlas, pero las perlas no forman el collar, es el hilo".

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