En cierta ocasión, el crítico teatral de Le Figaro, de comentarios habitualmente exhaustivos, escribió la siguiente crítica: "Ayer, en el teatro X de París (lo siento, pero olvidé los nombres), se estrenó la obra Z, escrita por Monsieur M y protagonizada por Monsieur R y Madame T. ¿Por qué? ". A su entender, no había nada que añadir: todo en la obra, el texto, el montaje, la interpretación, era pura basura. Tanto, que el prolijo comentarista consideró suficiente expresar su perplejidad por la osadía de poner en escena un bodrio semejante.
El recuerdo regresó a mi memoria al finalizar las seis horas de tortura con que ayer en el Senado nos castigó un elenco lamentable encabezado por un presidente del Gobierno dispuesto a demostrar que su caradura no tiene límites, flanqueado por un presidente de la Comisión escandalosamente casero en su presunto arbitraje y acompañados por un pelotón de portavoces uniformemente horrísono, tanto los que graznaron a favor como los que lo hicieron en contra. Sólo el deber profesional me disuadió de interrumpir la bazofia e imitar al crítico francés, pero confieso que lo primero que vino a mi mente fue su misma pregunta: ¿Por qué?
Admito que no puedo alegar sorpresa. En cuatro décadas largas de democracia, no se recuerda una comisión parlamentaria de investigación que haya servido para algo útil. Las más inocuas no pasaron de ser representaciones vacuas de un ceremonial ridículo, con guion y conclusiones conocidas de antemano. Las malignas se convirtieron, como esta, en un intercambio de interjecciones mal ensayado y, con demasiada frecuencia, se usaron para interferir en procedimientos judiciales en curso y anticipar sentencias condenatorias o absolutorias dependiendo de las mayorías existentes en cada momento: una especie de lawfare a la inversa, practicado desde el Parlamento.
No es algo que suceda todos los días la presencia de un presidente del Gobierno en una comisión parlamentaria para responder sobre varios casos graves de presunta corrupción, varios de ellos ligados a una tragedia nacional como la pandemia y otros a comportamientos detestables de sus principales colaboradores y/o de su propia familia.
La envergadura del acto invitaría a esperar que, por una vez, se guardara cierta compostura en las formas, se estudiaran seriamente los contenidos y se respetara, ya que no a las personas, al menos a la institución que las acoge. Esperanza vana: unos y otros decidieron presentar la peor versión de sí mismos (lo que precisa ir muy lejos). Para quienes tuvieron la fortuna de no padecerlo: al lado de la sucia tangana de ayer en el Senado, las sesiones de descontrol de los miércoles en el Congreso parecerían propias de la Cámara de los Lores.
Tiene razón el oficialismo cuando arguye que la tal comisión senatorial es un tenderete ideado por el PP, aprovechando su mayoría absoluta en la Cámara Alta, para orquestar un desfile eterno de comparecencias, relacionadas o no con su objeto inicial, para amplificar el ruido mediático de la lluvia de escándalos causados por las fechorías de un Gobierno desvergonzado. Nunca tuvo esa comisión voluntad ni capacidad de investigar nada, más bien de parasitar las investigaciones de los jueces -estas sí, serias, legítimas y sustanciales-.
El orden de los llamamientos a declarar en el Senado se ha ajustado puntualmente a las revelaciones de la UCO en su función de policía judicial. Nada de lo que se ha dicho en ella ha aportado algún elemento de información que no estuviera antes en los informes de la Guardia Civil o en los autos de los jueces instructores. Así seguirá siendo hasta que quienes montaron el tenderete decidan desmontarlo con un informe cuyo sentido incriminatorio está más que decidido.
Sabiéndose desde el principio que el protagonista de la comisión es el presidente del Gobierno y el objetivo político acorralarlo por la corrupción que lo rodea por sus cuatro costados, habría sido institucionalmente lógico que su comparecencia en la comisión fuera la primera o la última. Sin embargo, el PP administró esa pieza de forma usuraria, esperando a llamarlo en el momento que resultara más dañino tácticamente para el adversario. Al final, ni siquiera han hecho eso: sospecho que en Génova alguien tuvo un ataque de pánico demoscópico y decidieron, de forma tan atolondrada como de costumbre, que había que gastar (más bien, malgastar) la bala de plata. El problema es qué hacer a partir de ahora con el decorado, ya que la escena culminante quedó en spoiler deplorable para ambos bandos.
Es frecuente que el PP padezca confusiones de oportunidad, de casting y de tono. En este caso, coincidieron los tres. Se necesitaba elegir un momento más adecuado (no, desde luego, la vecindad inmediata con el recuerdo nefasto de la dana), un portavoz de otra estatura política y un tono más contundente y menos estridente. Quizá primó la ansiedad de acosar a Sánchez con un ametrallamiento caótico de preguntas arrojadas en mil direcciones distintas (sólo lo consiguieron durante unos minutos) en lugar de hacerse respetable en un tema resbaladizo con un discurso articulado, comprensible y, sobre todo, preciso. O quizá falle la calidad del material humano disponible, que es el mayor problema de la política española a ambos lados de la trinchera.
Por su parte, Sánchez realizó un alarde de cinismo descocado, desprendido ya de toda precaución simulatoria. Asumido que su Gobierno carece de la confianza del Parlamento para gobernar, que la Constitución y el propio Parlamento le importan un comino y que su único problema son los tribunales (no, desde luego, los aliados, no la oposición y mucho menos su propio partido), dedicó íntegramente la sesión a mentir a manos llenas con la cláusula preventiva del "que yo sepa" -sin duda, sugerida por sus abogados-, así como a exhibir memoria de elefante para la corrupción ajena, desmemoria ilimitada para la propia y niveles asombrosos de ignorancia sobre cuestiones elementales (el portavoz de ERC tuvo que explicarle a estas alturas el significado de la palabra lawfare).
Se trataba de salir de allí sin decir una verdad, sin una cornada en algún órgano vital y sin una imputación por perjurio de las del artículo 502 del Código Penal ("El que, convocado ante una comisión parlamentaria de investigación, faltare a la verdad en su testimonio, será castigado con la pena de prisión de seis meses a un año o multa de 12 a 24 meses"), aunque fuera con el prestigio político y personal aún más marchito, si es que tal cosa cabe a estas alturas.
Entre la dislocación discursiva del PP -qué decir del mitin histérico del "portacoz" de Vox-, la dulzura con la corrupción de los palmeros de ERC y Bildu, el desconcierto del de Junts -al que aún le cuesta coger la pedalada de partido de la oposición- y la desfachatez de Sánchez, lo único rescatable de la mañana fueron las cinco o seis preguntas pertinentes que formuló al principio la portavoz de UPN, a la que Sánchez despachó con displicencia no exenta de cierta alarma por si a los demás se les ocurría seguir por ese camino.
En definitiva, una mañana perdida en el estiércol, una jornada sin ganadores y el perdedor de siempre: las instituciones, en este caso el Senado. Y por favor, no vuelvan a montar una comisión de investigación mientras no estén dispuestos y capacitados para investigar algo seriamente. Entre otras expresiones injuriosas, dijo Sánchez: "Esta comisión es un circo". Le faltó añadir que en esa función él hizo de payaso principal.
En cierta ocasión, el crítico teatral de Le Figaro, de comentarios habitualmente exhaustivos, escribió la siguiente crítica: "Ayer, en el teatro X de París (lo siento, pero olvidé los nombres), se estrenó la obra Z, escrita por Monsieur M y protagonizada por Monsieur R y Madame T. ¿Por qué? ". A su entender, no había nada que añadir: todo en la obra, el texto, el montaje, la interpretación, era pura basura. Tanto, que el prolijo comentarista consideró suficiente expresar su perplejidad por la osadía de poner en escena un bodrio semejante.