Sánchez en la oposición autonómica, arsénico para el PSOE
Sánchez no parece tener inconveniente en destrozar territorialmente a su partido si ello le sirve para inflar sus propias velas en las generales gracias a una crecida desmesurada de la extrema derecha
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/Javier Lizón)
Entre reconocer a las llamadas nacionalidades históricas un estatus político singular, como se hizo en la II República, y descentralizar la gestión en el resto (esa fue la primera opción que se manejó en la Transición) o sacudirse los complejos y avanzar decididamente a un modelo federal como el alemán, nuestros constituyentes se quedaron a mitad de camino y nos dejaron como herencia una cosa incompleta y deforme, que sólo puede funcionar sobre la buena fe institucional.
Pero resulta que la buena fe institucional es precisamente lo que el sanchismo ha barrenado en ese y en todos los ámbitos del Estado, con la colaboración de sus aliados. Sin ir más lejos, el discurso del presidente del Gobierno el pasado miércoles en el Congreso fue, de principio a fin, una grosera exhibición de mala fe. Costará mucho tiempo y esfuerzo que la buena fe hacia las instituciones y entre ellas regrese a la política española, si es que ello es posible tras este destrozo. Personalmente, no tengo esperanza de verlo.
En Alemania hay 16 estados federados (Länder). 15 de ellos tienen gobiernos de coalición en los que cohabitan en combinaciones distintas las fuerzas del espacio de la centralidad: socialdemócratas con conservadores, conservadores con verdes, verdes con liberales, etc. Eso sí, en ninguno de ellos intervienen la extrema derecha ni la extrema izquierda. Entre otros motivos porque, al igual que sucede en España, ambos extremismos han demostrado ser manifiestamente ineptos para gestionar intereses públicos. Como Vox, como Podemos.
Ver al canciller alemán en el Bundestag lanzando una soflama incendiaria contra los Gobiernos de los Länder sería inconcebible en ese país y en cualquier Estado descentralizado que no hubiera perdido la cabeza. El gobernante que hiciera tal cosa se estaría jugando el cargo. Ni siquiera a Donald Trump se le ocurriría convertir su discurso del estado de la Nación en un alegato furioso contra los gobernadores del Partido Demócrata. Aunque sólo sea por pragmatismo: todos son conscientes de que el 90% de los problemas del país no tienen solución viable sin la colaboración activa entre el Gobierno central y los territoriales.
Se dice que la diatriba de Sánchez tuvo tintes electoralistas. Si es así, menuda porquería de electoralismo. En 2023, Sánchez convirtió las elecciones autonómicas y municipales en un plebiscito sobre su persona, impidiendo que los presidentes autonómicos y los alcaldes socialistas defendieran su gestión y expusieran sus proyectos. Como resultado de la genial maniobra, el poder territorial del PSOE quedó prácticamente desmantelado. Sólo la impericia del PP lo libró de perder también el Gobierno central en las generales.
Sánchez arrancó este nuevo ciclo electoral enviando a un pelotón de ministros a encabezar la oposición en varias comunidades autónomas. Se debilitó doblemente, porque María Jesús Montero, Óscar López, Diana Morant, Ángel Víctor Torres y Pilar Alegría no funcionan ni como ministros ni como candidatos. Su contribución a la tarea del Gobierno central es aún más misérrima que antes y puede apostarse sin riesgo que ninguno de ellos alcanzará la presidencia de su comunidad; es más, la mayoría de ellos empeorará el nefasto resultado del PSOE en 2023. Por no hablar del desaliento que produce en la organización territorial de un partido deglutir a un paracaidista que, además, es electoralmente inservible.
Antes incluso de que sus líderes territoriales comiencen a desplegar sus capacidades, Sánchez les roba el papel y se erige en múltiple líder de la oposición a los Gobiernos autonómicos del PP.
Paso por alto lo más importante, que es el conflicto institucional derivado de atizar un ambiente de sectarismo hostil entre administraciones públicas obligadas a cooperar por la lógica del sistema. Además de eso, la operación es un desastre como estrategia electoral.
Ignoro (en realidad no lo ignoro, pero tampoco hay por qué ensañarse) la capacidad de movilización que posea Óscar López en Madrid, tanto en lo que se refiere a su electorado potencial como a galvanizar al de su adversaria. En este caso concreto, aún podrá consolarse si recupera la segunda posición por la vía de eviscerar a Más Madrid. Pero el mejor regalo que puede recibir Ayuso es que le presenten como adversario directo no al pobre Óscar, sino al mismísimo Pedro Sánchez. Lo mismo pueden decir Moreno Bonilla en Andalucía y los demás líderes territoriales del PP. Hasta en la Comunidad Valenciana tendrían un alivio los peperos si su némesis más visible fuera el galgo de Paiporta.
Sánchez es el principal lastre electoral de su partido y que convertirlo en líder de la oposición autonómica es una bendición para sus rivales
Comprendo que es imposible que el PSOE se libre de Sánchez; ese trabajo tendrán que hacerlo los electores y, aun así, el tipo se aferrará a su poder orgánico tanto como pueda. Pero alguien en esa bandería debería comprender que el ciudadano Sánchez es el principal lastre electoral que padece su partido (más que Ábalos, Cerdán, Koldo y Leire sumados); y que convertirlo en líder de la oposición autonómica es, además de una insensatez institucional, una bendición electoral para sus adversarios. Lo fue en 2023 y volverá a serlo ahora, aún con más motivo.
Extremadura es la primera y más clara muestra de que recuperar los Gobiernos autonómicos no entra en los planes prioritarios de Sánchez (por experiencia sabe que los barones con poder son un estorbo). Si tuviera ganas de victoria en una región en la que el PSOE ganó 10 de 11 elecciones autonómicas, habría empezado por colocar allí un candidato presentable. El 21 de diciembre, en Ferraz medirán su éxito por el resto que Vox le haga al PP.
No es difícil percibir la lógica perversa de la maniobra monclovita. Sánchez no parece tener inconveniente en destrozar territorialmente a su partido si ello le sirve para inflar sus propias velas en las generales gracias a una crecida desmesurada de la extrema derecha que el sanchismo promueve con energía digna de una causa más digna.
Se trata de una carambola a varias bandas, tan delirante en una mente sana como verosímil en la del personaje. No se olvide que, desde su legendario "Somos más", Pedro Sánchez no se contempla como el secretario general de un partido, sino como el caudillo populista de un bloque político-social cuya misión en la vida es impedir la alternancia en el poder; y si tal desgracia llegara a producirse, liderar las fuerzas conjuntas de un Frankenstein 3.0 para regresar cuanto antes y para mucho tiempo.
Para hacer realidad la ensoñación sanchista de hacer de España una democracia híbrida neutralizando la vigencia de la Constitución, el primer obstáculo es la Justicia. El segundo, el creciente rechazo social a un modelo detestable de ejercicio del poder. Y el tercero, garantía última de los demócratas, ese ente civilizatorio llamado Unión Europea. Así que, quizás, no esté todo perdido.
Entre reconocer a las llamadas nacionalidades históricas un estatus político singular, como se hizo en la II República, y descentralizar la gestión en el resto (esa fue la primera opción que se manejó en la Transición) o sacudirse los complejos y avanzar decididamente a un modelo federal como el alemán, nuestros constituyentes se quedaron a mitad de camino y nos dejaron como herencia una cosa incompleta y deforme, que sólo puede funcionar sobre la buena fe institucional.