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Demasiados bandoleros en el potaje para cocinar un Gobierno respetable
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Ignacio Varela

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Demasiados bandoleros en el potaje para cocinar un Gobierno respetable

La gobernanza en estas condiciones es inviable. Señor Sánchez, si le queda un gramo de sentido común, convoque elecciones mientras la mayoría aún cree en las elecciones. ¿O quizá busca llegar al punto contrario?

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la sesión de control al Ejecutivo de este miércoles. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la sesión de control al Ejecutivo de este miércoles. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
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Ayer se celebró en el Senado un acto de homenaje a la figura de Javier Lambán, un reconocido campeón -él sí- de la democracia constitucional y la concordia política. Al frente del acto, seis figuras incontestables del socialismo histórico: Felipe González, Alfonso Guerra, Cándido Méndez, Javier Fernández, Virgilio Zapatero, Emiliano García-Page. Junto a ellos, como anfitrión, el presidente del Senado, Pedro Rollán, y Alberto Núñez Feijóo, en un gesto que lo honra.

Siguiendo la consigna del mando, ningún miembro del Gobierno se personó en el Senado. Tampoco Pilar Alegría, sucesora de Lambán -a quien tanto debe- al frente del PSOE de Aragón. Un sabotaje nauseabundo que muestra crudamente la fractura con el período más noble (no todos lo fueron) de la sigla que Sánchez usufructúa por motivos comerciales.

En la misma jornada, el Congreso rechazó los objetivos de estabilidad presupuestaria propuestos por el Gobierno. El resultado de 178 votos en contra frente a 164 a favor señala la nueva relación de fuerzas parlamentarias. Pedro Sánchez ganó su investidura con una mayoría absoluta de 179 diputados y ahora el frente opositor aglutina una mayoría absoluta de 178, con tendencia a crecer.

Sánchez sólo cuenta para el resto de la legislatura con un bloque minoritario compuesto por su propio partido, lo que una Yolanda Díaz fracasada sea capaz de retener, ERC y Bildu. Cuenta con la oposición beligerante del PP, Vox, Junts y UPN, lo que ya compone una clara mayoría absoluta en contra. Lo demás pende de varios hilos, cada vez más frágiles.

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Definitivamente, este Gobierno está en minoría en ambas Cámaras e imposibilitado de legislar o cumplir su programa, si lo tuviera. Hoy Pedro Sánchez no tendría ninguna probabilidad de ganar una votación de investidura, de superar una cuestión de confianza ni de hacer aprobar unos presupuestos.

El problema está en el origen. Tras perder las elecciones, empeñarse en componer un Gobierno para cuatro años aliándose con la extrema izquierda, los separatistas catalanes liderados por varios sujetos condenados por sedición -y mortalmente peleados entre sí- y los albaceas testamentarios de ETA es una maldita locura.

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Desde que la mayoría, más de bloqueo que de gobierno, se formó con esos mimbres, cualquier persona sensata debía saber que semejante aventura sólo podía terminar mal. Simplemente, porque con esa compañía es imposible gobernar dentro de la Constitución. O los socios se convierten milagrosamente a la constitucionalidad, o el partido gobernante se sale de ella o el marco constitucional revienta por la vía de hecho, provocando un conflicto institucional inmanejable y, finalmente, la parálisis -si no algo peor-.

Lo que ha sucedido es una combinación de las dos segundas: el PSOE rescinde progresivamente su compromiso constitucional, los poderes del Estado se enfrentan entre sí y el principio de legalidad sufre hasta aproximarnos al modelo de las llamadas democracias híbridas.

En paralelo, emerge el monstruo del lago Ness de la política española: una marea insoportable de casos de corrupción incubados en el corazón del poder, que inunda el espacio público de mugre y venganza. No es la primera vez que esto sucede, pero el hecho diferencial de esta ocasión es que todo nace de la personalidad genéticamente tramposa de quien ocupa la cúpula del Ejecutivo.

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A medida que brotan los escándalos, se va dibujando en su génesis el perfil de un personaje obsesionado con la conquista y conservación del poder como fin en sí mismo y, a la vez, nacido para el trapaceo y el embuste sin límite. Nadie lo describió mejor que aquel editorial de El País que le costó el puesto a Antonio Caño y casi todo su cuerpo de redacción: "Un insensato sin escrúpulos". La combinación en una persona ambiciosa de los dos elementos, la insensatez y la carencia de escrúpulos, crea el abono perfecto para que florezca un modo detestable de ejercer el poder.

Alguien con ese carácter tiende a rodearse de sus semejantes. El hecho fundacional grave es la alianza política del PSOE con los herederos de ETA y los jefes de la sublevación secesionista de octubre del 17. Pero resulta estremecedora la imagen concreta de una reunión clandestina del jefe de la banda principal (el que simultáneamente repetía: "Si quiere se lo digo diez veces: jamás pactaré con Bildu"), su hombre de confianza, que resultó ser un consumado truhan, y el administrador político de la herencia de ETA negociando el Gobierno de España. Como aquellos otros encuentros en Bruselas y Ginebra entre un individuo declarado en rebeldía por la Justicia y el mismo truhan, trasmutado en gendarme político del sanchismo y encargado de pilotar el departamento de operaciones turbias. Demasiados bandoleros en el potaje para cocinar un Gobierno respetable.

Si a cada persona la explica su entorno, la condición política de Sánchez se explica en gran medida por la fototeca: cientos de imágenes rodeado de los Ábalos, Cerdán, Koldo; y también de sus compañeros de aventura desde la juventud, los Óscar López y Hernando, a quienes represalia y recompensa al compás de sus sucesivas traiciones y contriciones.

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Más allá de consideraciones éticas o disquisiciones de derecho procesal, es materialmente imposible que un presidente gobierne normalmente su país mientras varias de sus personas de mayor confianza y sus familiares más próximos están inculpados por la Justicia, en espera de procesos que pueden suponerles años de cárcel, temblando ante cada deposición judicial o filtración periodística por el temor de que suelten la lengua y cuenten lo que saben (que es mucho más que lo que se sabe) y aterrorizado ante la perspectiva de que cualquier juez decida llamarlo a declarar, sea como testigo (lo que lo conduciría a la autoinculpación o el perjurio) o como investigado (lo que supondría votar un suplicatorio en el Congreso y elevar hasta el paroxismo el conflicto político e institucional).

De momento, la reacción furibunda contra el Tribunal Supremo por la condena del fiscal general del Estado no augura nada bueno. Cuando se trate de la esposa, del hermano o de los secretarios de organización que saben mucho más de lo que hoy le gustaría a Sánchez, podemos asistir a un estallido de cólera en el sanchismo que, sin duda, se intentaría inocular en la población. Se lo hemos visto hacer a los Kirchner, con la diferencia de que el peronismo aún es capaz de mover grandes masas en su favor, mientras el sanchismo ha hecho del PSOE un juguete roto que sólo moviliza a los garzones.

Como colofón, una política desquiciada y demagógica, que se las da de progresista mientras en la sociedad hierven ya las calderas del malestar por la imposibilidad de encontrar una vivienda que se pueda pagar, el impacto de la inmigración ilegal consentida, la incertidumbre vital de millones de personas a las que un puesto de trabajo no les da para sobrevivir y mucho menos para formar una familia, la metódica discriminación generacional que hace de los mayores de 70 años el segmento más acomodado de la sociedad, el clientelismo desatado, la desigualdad territorial y la muy fundada consideración de la política y los políticos como el más grande problema y generador de problemas que aflige a España.

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Se ponga como se ponga el oficialismo, la gobernanza en estas condiciones es inviable. La hipótesis de cuatro años más de dieta sanchista con este mismo plan resulta temible para la higiene de la democracia; pero antes de que los electores decidan eso o lo contrario (que tampoco se parece a ningún paraíso), hay que decidir qué diablos hacer con el tiempo que teóricamente le queda a una legislatura desahuciada. Seguir así hasta el 27 es racionalmente inaceptable.

Sólo se me ocurre una vía razonable y respetuosa con la ley: señor Sánchez, si le queda un gramo de sentido común, por su propio bien y por el de su país, convoque elecciones mientras la mayoría aún cree en las elecciones. ¿O quizá busca llegar al punto contrario?

Ayer se celebró en el Senado un acto de homenaje a la figura de Javier Lambán, un reconocido campeón -él sí- de la democracia constitucional y la concordia política. Al frente del acto, seis figuras incontestables del socialismo histórico: Felipe González, Alfonso Guerra, Cándido Méndez, Javier Fernández, Virgilio Zapatero, Emiliano García-Page. Junto a ellos, como anfitrión, el presidente del Senado, Pedro Rollán, y Alberto Núñez Feijóo, en un gesto que lo honra.

Pedro Sánchez
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