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Las "torpezas" de Feijóo como pretexto
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Ignacio Varela

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Las "torpezas" de Feijóo como pretexto

Cuatro años más de sanchismo son una amenaza palpable para la convivencia y para la Constitución; pero se esgrimen las torpezas del PP o la supuesta falta de talla de Feijóo para justificar la pertinaz obediencia a la Santa Madre Iglesia de la calle

Foto: El presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, durante la concentración contra la corrupción del Gobierno convocada por el PP. (Europa Press/A. Pérez Meca)
El presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, durante la concentración contra la corrupción del Gobierno convocada por el PP. (Europa Press/A. Pérez Meca)
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Cuando la dirección del PP anunció una manifestación en el Templo de Debod para este domingo, tuve dudas sobre la pertinencia del acto (no sobre sus razones de fondo, sino sobre su utilidad práctica) y muchas más sobre el lugar elegido, apenas a 500 metros de la sede del PSOE.

Pero a continuación pensé: primero, yo no asistiría aunque la convocatoria me pareciera un acierto luminoso. Fui largamente miembro de otra cofradía y, no obstante, mi última presencia en una manifestación fue en el año 78 del siglo pasado. Segundo, desconozco la clave decisoria de una iniciativa aparentemente exótica y poco meditada, pero es seguro que esa clave existe. Tercero, ello no me impide coincidir con el mensaje político del acto: el actual Gobierno es una calamidad tóxica para España y la única vía de salida del atasco pantanoso del país es licenciar este Parlamento inservible y elegir otro en unas elecciones inmediatas.

Si se mide el resultado político del acto por la cantidad de asistentes o la calidad de los discursos, no hay en él nada extraordinario para bien ni para mal. Congregar un domingo en Madrid entre 60.000 o 80.000 personas es algo que hacen rutinariamente dos clubes de fútbol o cualquier cantante de mediano éxito cobrando precios astronómicos. En cuanto a los discursos, ninguno de ellos pasará a la historia de la oratoria política ni creo que lo pretendieran.

El éxito o fracaso de esos eventos lo mide el organizador en función del objetivo que le adjudicó. En este caso, es plausible estimar que el acto cumplió su misión, que no incluye ser recordado dentro de quince días.

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Por lo demás, resulta enternecedor leer y escuchar a gentes que, siendo acerbamente críticas con el régimen sanchista, no albergan la menor intención de votar al PP en cualquier circunstancia.

Comentan y lamentan los errores estratégicos, las deficiencias operativas y la supuesta mediocridad de Alberto Núñez Feijóo y del cuadro directivo de ese partido como si ello les doliera en el alma y les impidiera cruzar de una vez a la otra orilla. Les exigen una excelencia que nunca demandaron a otros.

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Mucho fariseo ahí. Mucha confesionalidad y concepción eclesiástica de la política. Como me dijo en conversación personal un connotado antisanchista que trataba de explicarme su voto al PSOE, "si eres católico sigues yendo a misa aunque estés contra el Papa". A lo que sólo pude responder: te comprendo, pero resulta que yo soy laico y dejé de ir a misa a los 11 años.

Las falencias de Feijóo y el PP son evidentes, pero no mayores que las de cualquier otro líder o partido en un tiempo de indigencia política generalizada. En realidad, operan para algunos al modo de un muy conveniente burladero para eludir lo que Adolfo Suárez describiría como "hacer normal en la urna lo que ya es normal en el pensamiento".

Sobran las excusas de campanario. Basta afirmar con aplomo, como hace el oficialismo, que cuatro años más de Sánchez en el poder, con sus compañeros de viaje y su mochila de corrupciones y destrozos institucionales, se consideran preferibles a la alternancia democrática en el Gobierno. Ciertamente, resulta difícil sostenerlo con argumentos no mercenarios; pero, al menos, es un criterio político que puede discutirse como tal. Lo otro no pasa de ser un voluntarioso acto de fe o de mera autodefensa biográfica, refractario a un abordaje racional.

Hay quienes son conscientes de que cuatro años más de sanchismo en el poder son una amenaza palpable para la convivencia y para la vigencia de la Constitución; pero, a continuación, esgrimen las torpezas del PP o la falta de talla de Feijóo para justificar la pertinaz obediencia a la Santa Madre Iglesia de la calle Ferraz. El fraude conceptual consiste en equiparar, no sin cierta hipocresía, categorías políticas de magnitud completamente disímil.

Cuando está en marcha un plan de secuestro del poder fundado visiblemente sobre la quiebra de la convivencia, el desacato constitucional y la apropiación sectaria de las instituciones, la entrega de la gobernación del Estado a los peores enemigos del Estado, la corrupción con centro de operaciones en Moncloa y la obstrucción a la Justicia, contrapesar eso con la debilidad estratégica de la alternativa o las insuficiencias de su liderazgo es, por decirlo suavemente, un acto de evasión.

Feijóo no tiene carisma, se dice. ¿Acaso lo tienen Sánchez, Yolanda Díaz o Abascal? ¿Lo tuvieron Aznar o Rajoy, que lograron dos mayorías absolutas incontestables? ¿Lo tuvo Zapatero, que en doce años como líder de su partido y casi ocho como presidente no escribió ni una línea de alguno de sus discursos? Salvo excepciones que todo el mundo reconoce, la política no anda sobrada de políticos dotados para el liderazgo social, especialmente si se requiere un modelo de liderazgo que no incluya la demagogia populista ni la tentación autocrática. Tal como está el mundo, cambio diez kilos de carisma por un gramo de cordura.

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Se achaca a la dirección del PP que, en circunstancias como las actuales, no consiga despegar electoralmente y aproximarse a una mayoría contundente que le permitiría gobernar de forma autónoma. El reproche es verdadero, pero sortea algunos datos:

Alberto Núñez Feijóo heredó en abril de 2022 un partido al que se había llevado a la sima de 66 diputados en el Congreso, desalojado traumáticamente del Gobierno por una moción de censura, sometido a una liquidación de dirigentes experimentados, acosado por una escisión en su flanco derecho y llevado al borde de la quiebra interna por una bronca de adolescentes entre Casado y Ayuso.

Para empezar, Feijóo transformó aquel gallinero en un partido razonablemente cohesionado sin necesidad de purgas ni alardes de autoridad. La primera vez que compitió, un año más tarde, se hizo con una cuota enorme de poder territorial. Inmediatamente después ganó las elecciones generales en votos y en escaños, aunque resultó insuficiente, un coitus interruptus como un castillo.

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En la actualidad, el PP tiene, además del grupo más numeroso en el Congreso y la mayoría absoluta en el Senado, once presidencias autonómicas y la gran mayoría de las principales alcaldías del país. Entre los grandes países de la Unión Europea, es el único partido conservador que lidera las encuestas nacionales y dobla en expectativa de voto a la extrema derecha. Posee la segunda delegación más potente del Partido Popular Europeo. En las elecciones a todos los niveles celebradas durante su mandato, ha sido el partido más votado o ha mejorado sensiblemente su posición anterior. Y el consenso demoscópico lo señala como el más verosímil presidente del Gobierno tras las próximas elecciones generales, único motivo por el que Sánchez se resiste a convocarlas. Para tratarse de un dirigente sin carisma y fracasado, no está mal; sobre todo, considerando el punto de partida.

Su condena fue la funesta gestión de las expectativas -y de la propia campaña -en las elecciones generales de 2023, que produjo una herida de frustración en una mitad larga del país a la que se prometió "derogar el sanchismo". Esa herida sigue abierta y no se cerrará mientras Sánchez permanezca en la Moncloa. La decepción y su correlato, la duda, pesan como una losa y son altamente contagiosas, pero no hay nada que hacer a ese respecto mientras no se cumpla la promesa. Mejor dicho, hay algo: hacer bien las cosas importantes, lo que no siempre ocurre. Con frecuencia, hacen mal incluso las triviales (no parece ser el caso del acto del Templo de Debod).

En todo caso, qué mal deben estar las cosas del procomún para que nos conformemos con volver a ver en la Moncloa – y si es posible, en la Casa Blanca- a alguien clínicamente cuerdo.

Cuando la dirección del PP anunció una manifestación en el Templo de Debod para este domingo, tuve dudas sobre la pertinencia del acto (no sobre sus razones de fondo, sino sobre su utilidad práctica) y muchas más sobre el lugar elegido, apenas a 500 metros de la sede del PSOE.

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