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Sin Salazar, nadie al mando en el sanchismo
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Ignacio Varela

Una Cierta Mirada

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Sin Salazar, nadie al mando en el sanchismo

Salazar era el hombre destinado a ocupar el lugar de los dos secretarios de organización proscritos y pilotar el último tramo de la legislatura y todas las elecciones de este nuevo ciclo, incluidas las generales

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/Chema Moya)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/Chema Moya)
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Francisco Salazar no es una pieza menor en el tinglado del sanchismo. Al revés, ha sido un hombre clave durante años y estaba destinado a serlo aún más en el futuro inmediato. La función que se le había adjudicado era trascendental, y gigantesco el agujero que se les abre a Sánchez y a su partido con su purga obligada y la de su segundo de a bordo, Antonio Hernández.

José Antonio Zarzalejos publicó ayer una descripción completa de la trayectoria de Salazar en el organigrama de la Presidencia del Gobierno, arrojando luz sobre el extensísimo poder que llegó a alcanzar en la mesa chica de Sánchez; un presidente que, como relatan José Enrique Monrosi y Esther Palomera en Eldiario.es citando fuentes directas, "está enganchado a los datos, a las tripas de la demoscopia. Es algo que demanda todo el rato. Y Paco ha sabido darle todo este tiempo esa metadona que él necesita".

Efectivamente, Pedro Sánchez heredó de Zapatero una adicción enfermiza a la ingeniería electoral. Dentro del gigantesco engendro en que se ha convertido el Gabinete de la Presidencia del Gobierno, la joya de la corona es un ejército de especialistas dedicado exclusivamente a la cosa de los votos en todas sus modalidades. No existe en Europa un Gobierno que albergue en su corazón un dispositivo electoral de semejante coste y tamaño para saciar el hambre de un gobernante que usa ese filtro hasta cuando duerme.

Iván Redondo inspiró originalmente esa estructura hipertrófica pero el jefe de máquinas fue Paco Salazar, un apparatchik en estado puro de los que en la jerga del gremio llaman "cortados a pico"; sanchista furibundo de primerísima hora, a quien Redondo tuvo la sagacidad de hacer su segundo en el Gabinete para cubrir el flanco orgánico por el que él flaqueaba y tutelar desde Moncloa el aparato del PSOE.

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Expulsado Redondo del reino de los cielos por no medir su ambición y su visibilidad, creció aún más el poder de Salazar en su doble faceta, como suministrador de droga electoral al presidente y vigilante de los sótanos de Ferraz. Los Ábalos, Cerdán, Koldo, Leire, Zapatero, Óscar López y Óscar Puente, Hernando, María Jesús Montero y otros cortesanos y cortesanas se creían muy poderosos, pero nadie dispuso de la oreja presidencial tanto y tan pronto como Paco Salazar.

Mientras Sánchez y sus tres compinches hoy procesados se montaban en el famoso Peugeot (y el que parecía más tonto lo grababa todo), Salazar, en la retaguardia, movía los hilos de esas primarias con aroma de puchero.

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Es sabido que un yonqui depende más de su camello que de cualquier otra persona. Y a sus presuntos conocimientos de la materia electoral Salazar añade un dominio exhaustivo de las cañerías del PSOE, siendo esas las dos temáticas que más apasionan a su jefe.

Por esas y otras razones, él era el hombre destinado a ocupar el lugar de los dos secretarios de organización proscritos y pilotar el último tramo de la legislatura y todas las elecciones de este ciclo, incluidas las generales.

En los grandes partidos existe una figura clave, que es el director o coordinador de las campañas electorales. No se trata de un gurú al uso o un consultor de campanillas, y menos de un demóscopo de lujo: esos suministran datos y proponen estrategias, pueden ser más o menos influyentes, pero carecen de capacidad de decisión. El auténtico jefe de la campaña es siempre un político de la máxima confianza del líder y con poder efectivo en el partido.

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El coordinador de la campaña posee el monopolio de la interlocución privilegiada con el candidato. Aprueba o desaprueba el programa electoral, la estrategia y los materiales de la campaña. Organiza la agenda, hace que se llenen los mítines por lo civil o por lo militar y dicta al partido entero los mensajes que debe transmitir. Dirige la elaboración de las listas repartiendo premios y castigos y de igual modo administra los dineros (los transparentes y los opacos): de hecho, es la única persona que sabe exactamente de dónde sale y a dónde va cada euro. Negocia los debates y todo lo que haya que tratar con otros partidos. Posee autoridad para dar instrucciones o propinar una bronca a cualquier dirigente, sea secretario general de una federación, ministro, presidente autonómico o el sursuncorda. Cuando hay algo que votar, el equipo electoral bajo el mando del coordinador suplanta en la práctica a la dirección ordinaria del partido.

En el PSOE ese papel lo desempeñó durante mucho tiempo Alfonso Guerra con Felipe González; y tras él, Ciprià Ciscar con Almunia, José Blanco con Zapatero, Elena Valenciano con Rubalcaba y José Luis Ábalos con Sánchez. En el PP, Mariano Rajoy fue un eficaz jefe de campaña de Aznar antes de que este lo designara sucesor.

Con Ábalos y Santos Cerdán empitonados por la Justicia, Salazar estaba destinado a ser el jefe supremo de todas las campañas electorales que se avecinan. Si el fuego amigo no lo hubiera derribado sacando a la luz sus guarradas cinco minutos antes de que le colocaran el gorro de mando, hoy estaría en Extremadura, tratando de salvar al PSOE del descalabro.

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También se le esperaba al timón en las elecciones que vienen a continuación: probablemente Aragón y con seguridad Castilla y León y Andalucía, además de las que puedan anticiparse durante 2026; en 2027, las autonómicas del régimen común que no hayan votado antes y las municipales. Por supuesto y por encima de todas, las generales cuando Sánchez decida convocarlas.

Por el camino, el presidente tendrá que proceder a varios cambios en el Gobierno por la genial ocurrencia de enviar al matadero electoral a varios miembros de su Consejo de Ministros. Y los juicios más peligrosos se amontonan en el calendario.

Perdiendo a Salazar, Sánchez no sólo ha perdido al único proveedor de droga demoscópica de cuya mercancía se fía. Pierde simultáneamente al conductor del artefacto electoral que tiene en Moncloa, con cerca de cien personas haciendo números y diseñando escenarios para él. Pierde el guardabarrera más seguro del paso subterráneo entre Moncloa y Ferraz. Pierde la única persona a la vez leal y capacitada (desde su óptica) para manejar la maquinaria partidaria en tiempos de zozobra. Last but not least, pierde al director de su campaña electoral y de todas las demás que están a la vuelta de la esquina.

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Sin poder recurrir a Ábalos, a Santos Cerdán y ahora a Paco Salazar, no hay nadie fiable a quien entregar los mandos de ese partido en el momento más pescuecero, cuando acosan a la vez la Justicia, los socios disociados y las urnas. ¿A quién recurrir, a algún Óscar, a Hernando, a Patxi? Todos ellos están ya probados en esas lides con resultados lamentables, además de que su fidelidad a la causa es dudosa.

No me extraña que hayan hecho todo lo posible por encubrir a Salazar. Pero es que hay que ser insensato, Paco: una cosa es robar a manos llenas y otra subirte la bragueta en el lugar y ante el público inadecuados.

Francisco Salazar no es una pieza menor en el tinglado del sanchismo. Al revés, ha sido un hombre clave durante años y estaba destinado a serlo aún más en el futuro inmediato. La función que se le había adjudicado era trascendental, y gigantesco el agujero que se les abre a Sánchez y a su partido con su purga obligada y la de su segundo de a bordo, Antonio Hernández.

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