De la familia (socialista) a la 'famiglia' (sanchista)
De la Moncloa y la sede de Ferraz, el chapapote se extiende ya a ministerios, Gobiernos autonómicos y una colección de personajes procedentes del inframundo de la política que poseían un poder asombroso y una preocupante intimidad con el presidente
El secretario general del PSOE y presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante el acto de cierre de la campaña de las elecciones europeas. (Europa Press/Alejandro Martínez Vélez)
Se dice que la Navidad es, sobre todo, un período familiar. Cuando te reencuentras e intercambias obsequios con esos miembros de tu familia de quienes no sabes nada durante el resto del año (por algo será) y de quienes te despides, no sin cierto alivio, entre falsas promesas de "tenemos que vernos con más frecuencia". Se dice que la Navidad es el tiempo de los buenos sentimientos que, tras la visita de los Reyes Magos, regresan al baúl de los artefactos que estorban.
En Navidad es casi ritual reponer en televisiones y plataformas la película Qué bello es vivir, de Frank Capra. En tiempos pasados, la única televisión existente en España pasaba también La gran familia, un producto lacrimógeno prohibido para diabéticos, exaltación de la familia numerosa como seña y santo del régimen franquista. Hoy, con dos hijos ya puedes conseguir que te reconozcan como familia numerosa.
Recuerdo que en el largo (excesivo) tiempo en que fui miembro activo de una cofradía política, era de uso común la fórmula "la familia socialista". Pasando por alto la cursilería del sintagma, trataba de expresarse con él una suerte de sentimiento de hermandad y pertenencia compartida, no desprovisto de connotaciones místicas con derivaciones de onanismo grupal y de una superioridad moral sostenida sobre la mera necesidad de creer.
La expresión "la familia socialista" pertenece al mismo conjunto semántico que la reglamentaria denominación de "compañero" a individuos que te traen sin cuidado- o simplemente desprecias o detestas- por el hecho de que algún día se apuntaron a alguna de las tres marcas de esa escudería política (PSOE, UGT o Juventudes Socialistas).
Si eras reconocido como miembro de "la familia socialista" tenías la certeza de estar defendiendo el bien: la democracia, la justicia social, los derechos de los trabajadores… lo que te permitía dormir tranquilo aunque tu jornada hubiera sido una colección de porquerías. Es como esos apellidos que comportan nobleza per se, aunque algunos de quienes los lucen actúen como auténticos canallas. Una vez provisto de ese salvoconducto de calidad moral incorporado al carné, cualquier desliz era venial y cualquier error disculpable por la justeza intrínseca de la causa. Para mis adentros lo llamaba "el espíritu de Robin Hood".
Te hacían sentir que hacía mucho frío fuera de "la familia socialista", lo que, en campaña electoral, se extendía interinamente a los votantes. Y que enfrente estaba la derecha, que representaba el mal sin mezcla de bien alguno y la defensa irreductible de los ricos; al parecer, no se preguntaban de dónde salían tantos millones de ricos. La versión más indigna de ese cuento chino (nunca mejor dicho) la utiliza eficazmente el sanchismo para fidelizar clientela.
La realidad es que, en mis (excesivas) cuatro décadas en la política partidaria, en ningún lugar he visto combates tan brutales, choques tan irracionales y sectarios, traiciones tan miserables, venganzas tan gélidamente ejecutadas, rencores tan duraderos, ajustes de cuentas tan cruentos y conspiraciones tan tortuosas como en la candorosa "familia socialista" (o en cualquier otro partido político sin tantas pretensiones de leyenda histórica).
Viene a cuento este recuerdo personal porque una de las cosas que el sanchismo ha hecho mutar es el significado de la palabra "familia" aplicado a ese colectivo. Antes de seguir, hago constar que me parece tan inadecuada la equiparación literal del sanchismo y la mafia como el abuso de referencias al nazismo en el vocabulario político (una cosa más en la que coincido con Rubén Amón). Jamás convocaría un acto político con el lema "mafia o democracia"; entre otros motivos, porque la Camorra nació y creció en países democráticos. Tómese, pues, lo que viene en un sentido simbólico, referido a un código de comportamiento y no a la práctica de asesinar personas.
Los casos de corrupción política en el entorno inmediato de Sánchez aparecieron como un hecho singular (el tráfico ilegal de mascarillas trajinado por un tal Koldo durante la pandemia) y se han convertido en un torrente incontenible que contamina todo el espacio que circunda los principales centros de poder del PSOE (el Palacio de la Moncloa y la sede de Ferraz); el chapapote se extiende ya a ministerios, Gobiernos autonómicos y una colección de personajes procedentes del inframundo de la política, gentes patibularias que poseían un poder asombroso y una preocupante intimidad con el presidente del Gobierno, pese a que él trate de sacudirse la brea tratándolos como desconocidos y no como su parentela política más adicta. A este paso, no estará lejos el día en que alguien deba presentar a Pedro Sánchez a su esposa y a su hermano.
La corrupción de toda la vida, que siempre giró en torno a la contratación fraudulenta de obras y servicios públicos. A ella se añaden ahora los adictos al puterío en coche oficial y con escoltas ("feminista por socialista", se proclamó Ábalos en retruécano insostenible), los rijosos con licencia para acosar a sus subordinadas y demás practicantes de la lujuria abusiva, al parecer más nefanda políticamente que triturar la Constitución, asociarse a delincuentes para gobernar o enriquecerse con la pandemia. Como colofón, el reparto consentido de enchufes y tratos de favor para varios miembros de la familia Sánchez stricto sensu. Hay repúblicas bananeras que no alcanzaron ese nivel de impudicia.
Así pues, la vieja "familia socialista" -que no dejaba de ser una ensoñación inocua y confortable- se evaporó y, en su lugar, ha florecido una famiglia, más peligrosa para el procomún y más parecida (insisto, como metáfora) al espíritu de la obra de Puzo y Coppola que a la de Pedro Masó, creador de La gran familia. De la misma forma, en el personaje de Sánchez son más reconocibles los rasgos temperamentales de un Michael Corleone sin metralletas que los del empalagoso Alberto Closas.
Él, Michael, en un estadio avanzado de su transformación en lo que finalmente fue, se dirige así a su hermano: "Fredo, jamás vuelvas a ponerte de parte de alguien en contra de la familia". Algunos y algunas deberían tomar nota. Y si quieren ilustrarse políticamente, este año dediquen una jornada navideña a ver de un tirón los tres Padrinos (especialmente los dos primeros, que forman una unidad fílmica) y comprueben -metafóricamente- cómo terminó Fredo Corleone… y cómo terminó su hermano Michael.
Se dice que la Navidad es, sobre todo, un período familiar. Cuando te reencuentras e intercambias obsequios con esos miembros de tu familia de quienes no sabes nada durante el resto del año (por algo será) y de quienes te despides, no sin cierto alivio, entre falsas promesas de "tenemos que vernos con más frecuencia". Se dice que la Navidad es el tiempo de los buenos sentimientos que, tras la visita de los Reyes Magos, regresan al baúl de los artefactos que estorban.