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Cuando pierdes el control de tu propia crisis
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Ignacio Varela

Una Cierta Mirada

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Cuando pierdes el control de tu propia crisis

Sánchez ha perdido el control de su propia crisis y de su destino político. Llegado a este punto de putrefacción política, nada de lo que haga servirá para alterar sustancialmente el curso de los acontecimientos

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Reuters/Susana Vera)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Reuters/Susana Vera)
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Veo en Vozpópuli una entrevista con José Carlos Díez en la que evoca una de las tesis nucleares de Keynes: desde que las causas de un problema se hacen visibles hasta que los efectos se manifiestan en toda su extensión, hay un espacio temporal en el que cabe actuar para evitarlos o, al menos, paliar los daños. Si se deja pasar ese tiempo y se permite que los efectos desplieguen su potencial maligno, ya sólo es tarde para todo lo que se intente. Sólo queda confiar en la providencia.

En este caso, lo que sirve para la economía sirve también para la política. La reflexión keynesiana es perfectamente aplicable a lo que le sucedió a Zapatero con la famosa crisis de 2008: en la Navidad de 2007 ya estaban a la vista los signos de la crisis que se venía, pero el presidente prefirió escuchar a quienes le susurraban que en esa Navidad las tiendas estaban a rebosar y al Gobierno le salía el dinero por las orejas. Durante más de dos años en el Gobierno y en el PSOE se prohibió pronunciar la palabra crisis. Cuando esta explotó, ya había poco útil que se pudiera hacer.

También sirve la tesis para comprender el momento en que se encuentra el poder sanchista. Muchos en el PSOE admiten hoy con pesar que fue un error fatídico permitir que un sujeto como ese se hiciera dos veces con la dirección del Partido Socialista y después con la del Gobierno. Detectaron el peligro en su origen y no movieron un dedo para prevenirlo; incluso hubo quienes lo alentaron por frivolidad o por despecho. Hoy rezan para que los ciudadanos resuelvan el problema que ellos debieron evitar a los ciudadanos, aunque mantengan pro forma su voto a favor de la sacrosanta marca.

El propio sanchismo es víctima de la lógica implacable de Keynes. Si no quieres terminar atrapado en una dinámica infernal de chantajes, no tomes a los enemigos de tu país y de la ley como aliados preferentes. Si no quieres que se desate contra ti la espiral del odio, no cabalgues sobre ella ni la espolees. Si no quieres terminar hundido en una fosa séptica, no te rodees de malhechores. Y si no quieres que el Estado se defienda de ti, no pretendas asaltar el Estado para hacer de él tu cortijo.

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Existen problemas cuya única solución es no crearlos. Y Pedro Sánchez, ebrio de poder, se ha hartado de crear problemas insolubles, de esos que antes o después se revuelven contra ti y te conducen al basurero de la historia. Ayer pronunció una salmodia estomagante adelantando en dos semanas el tradicional balance de fin de año. A saber lo que teme que suceda en los últimos quince días del año; ya cuenta con un revolcón humillante para su partido en Extremadura, pero quizá eso no sea lo peor que tendría que explicar el día 30.

El Gobierno y el partido de Pedro Sánchez sufren a la vez varios efectos del cambio climático en su fase aguda, con un pronóstico final pescuecero. Se detecta una severa sequía en el frente parlamentario, una dana en el frente judicial y un diluvio de votaciones no deseadas en el frente electoral. El problema es que el presidente no tiene el antídoto para ninguna de ellas.

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Feijóo le ha programado cuatro elecciones de muerte segura en los próximos seis meses: Extremadura, Aragón, Castilla y León y, como traca final, Andalucía. En cualquier momento anterior, un recorrido electoral con Andalucía y Extremadura en el paquete sería un paseo triunfal para el PSOE. Hoy se presenta como un calvario. Hay poco riesgo en anticipar lo que sucederá:

En todas ellas el PP será el partido más votado.

En todas ellas, la suma de la derecha rebasará ampliamente el 50% del voto y aventajará en diez puntos o más a la suma de la izquierda.

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En todas ellas el PSOE retrocederá dramáticamente, cederá votos en todas las direcciones (incluso hacia Vox) y obtendrá el peor resultado de su historia.

En todas ellas Vox será el partido que más avance, en gran medida gracias a la ayuda de Sánchez.

Y en todas ellas el Partido Popular conservará el Gobierno autonómico.

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Cuatro victorias claras de la derecha sobre la izquierda, cuatro desastres electorales para el PSOE, cuatro gobiernos para el PP y cuatro saltos adelante de Vox. La cosa no quedará ahí. Cuando se complete el ciclo electoral en todas las comunidades autónomas, es probable que el único presidente socialista no sea del PSOE, sino del PSC. En el mapa del poder territorial, al PSOE sólo le quedará un residuo de ayuntamientos menores.

Cuando se añada la pérdida del Gobierno, estaremos ante una situación inédita desde 1979: el Partido Socialista, uno de los fundadores del sistema, despojado por la sociedad de todo poder a causa de su mala cabeza (nunca mejor dicho), condenado a una penosa travesía del desierto y expuesto a caer en toda clase de pulsiones iconoclastas. Nada que celebrar: El socavón que ello produciría en el sistema sería tan peligroso como lo fue en su día la voladura de UCD, o como lo sería la desaparición súbita del PP (con Casado la rozaron). Es justo, pero no necesariamente deseable.

Aún peor se presenta el futuro inmediato en el frente de la doble cara de la corrupción: la de los golfos de toda la vida y la de los abusadores sexuales, que frecuentemente son los mismos. Los jueces cumplen su obligación castigando el delito y las mujeres ya no toleran a los rijosos y viejos verdes que abusan de su posición jerárquica para meter la mano pringosa donde no deben y se proclaman feministas a fuer de socialistas.

Foto: maria-jesus-montero-corrupcion-sepi-acoso-sexual-psoe

Debe ser muy inquietante, cuando estás en el poder, acostarte cada noche sin saber qué cornada recibirás al día siguiente, qué hombre o mujer de tu máxima confianza se verá entre rejas o a cuál de ellos se le soltará la lengua, qué revelación asquerosa te estallará en la cara; y sobre todo, cuándo sentirás el barro subiendo por tus pantalones. ¿Qué hacer cuando eso suceda?

En cuanto a la sequía parlamentaria, sólo puede ir a peor. Los usureros que le prestaron su voto para la investidura reclaman lo suyo y no ocultan sus intenciones: cuanto más débil esté Sánchez, más podremos esquilmarlo, se pavonean en público; y con él, esquilmaremos a España antes de largarnos de ella.

Se equivocan. En aquel tugurio de Ginebra, Cerdán y Zapatero firmaron demasiados talones sin fondos. Sánchez les ordenó disponer de lo indisponible, prometer lo que no está en su mano cumplir, farolear con un poder absoluto del que carece. Pudo hacer que se aprobara una ley de amnistía, pero no obligar al Tribunal Supremo a aplicarla a su capricho. Puede firmar mil entregas de piezas de soberanía, pero no vender el control de las fronteras ni regalar a Junqueras un concierto como el vasco ni forzar al Parlamento Europeo a que aumente su torre de Babel con tres lenguas regionales, por muy dignas que sean. Por no hablar del conchabeo con Otegi en el caserío.

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Tienen razón -aunque a mi entender, se precipitan- quienes aseguran que los últimos escándalos y los que estallarán próximamente modifican la situación en el búnker sanchista. Pero no exactamente en el sentido que ellos pronostican.

El cambio consiste en que Sánchez ha perdido el control de su propia crisis y de su destino político. Llegado a este punto de putrefacción política, nada de lo que haga servirá para alterar sustancialmente el curso de los acontecimientos. Nada para eludir la catástrofe electoral de su partido, nada para frenar a la Justicia, nada para recuperar la precarísima mayoría parlamentaria y nada para conservar el crédito internacional y la confianza de la sociedad. De algún modo, ha dejado de ser el actor principal de este drama. La pregunta ya no es qué hará Sánchez, sino qué harán con él. Todo lo demás -cuándo, cómo, a manos de quién- es chismorreo.

Veo en Vozpópuli una entrevista con José Carlos Díez en la que evoca una de las tesis nucleares de Keynes: desde que las causas de un problema se hacen visibles hasta que los efectos se manifiestan en toda su extensión, hay un espacio temporal en el que cabe actuar para evitarlos o, al menos, paliar los daños. Si se deja pasar ese tiempo y se permite que los efectos desplieguen su potencial maligno, ya sólo es tarde para todo lo que se intente. Sólo queda confiar en la providencia.

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