¿Quién decidió meter a España en el Grupo de Puebla?
España se fue de Hispanoamérica hace más de quince años y ya nadie la espera. Quizá ese sea el mayor fracaso de nuestra política exterior en la era democrática
Nicolás Maduro (d), durante una reunión con el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero en 2022. (EFE/Prensa De Miraflores)
No sé cómo me habría sentido si, en 1969, Richard Nixon hubiera enviado a Madrid una bandada de helicópteros militares con la misión de bombardear a lo Apocalypse Now las instalaciones de defensa antiaérea, raptar a Franco para juzgarlo en Nueva York por delitos relativos a los intereses económicos de los Estados Unidos y dejar el mando del país al almirante Carrero y al aparato represor del régimen. Supongo que lo absurdo de la hipótesis condensaría la reacción en una sola palabra: perplejidad. Estamos tan malacostumbrados a verlo todo en términos de buenos y malos que no sabemos qué pensar cuando todos son malos.
Hemos deglutido una ración masiva de perplejidad y desconcierto ante lo sucedido en Venezuela; perplejidad travestida con predicciones supuestamente expertas pero en su mayoría temerarias, digresiones morales sobre el "deber ser" en las relaciones internacionales y discursos partidistas de carril, asociados a nuestra querella doméstica.
Como cualquiera, presiento que los sucesos de Caracas agregan una fuerte dosis de incertidumbre a ese país y que en ellos intervienen cuestiones geoestratégicas que trascienden la política de una república caribeña. Puesto que mi único vínculo con Venezuela es la defensa de la libertad, los derechos y el bienestar de sus ciudadanos, temo que nada de ello ha estado sobre la mesa en estos días. Confío en que Venezuela recupere la democracia, pero no será gracias a esta acción de Donald Trump. Atengámonos a los hechos y a los dichos tal como se han manifestado hasta ahora:
Más allá del desbordamiento emocional de las primeras horas, es un hecho objetivo que, tras la extracción de Nicolás Maduro, Venezuela sigue siendo una dictadura en manos de un gobierno criminal que controla todos los resortes del Estado sin que nada ni nadie se lo dispute de forma efectiva. No se ha liberado un solo preso político, los principales líderes de la oposición democrática siguen en el exilio o en la cárcel, los ocho millones de venezolanos que huyeron de la represión y/o de la miseria no pueden hacer planes para regresar pronto, se mantiene la censura en los medios y los escuadrones de la muerte que dirige el siniestro Diosdado Cabello siguen aterrorizando a la población. Ni los chavistas ni los antichavistas han salido a la calle: además del miedo, ellos también están perplejos y no sabrían si les toca celebraro protestar.
La ausencia de Maduro se ha suplido sin tensiones aparentes mediante el ascenso de su vicepresidenta, con la complacencia vigilante del Gobierno norteamericano. Ante el secuestro de su presidente por tropas extranjeras, Venezuela no ha movido un dedo en el terreno diplomático. Ni siquiera una protesta testimonial ante Naciones Unidas, un organismo inane relegado a la condición decadente de visita turística en Manhattan.
Se diría que Maduro se había convertido en un estorbo para unos y otros, empezando por sus sicarios (algunos o algunas de los cuales parecen haber colaborado activamente en su captura). De momento, tras largas conversaciones con Marco Rubio, procónsul de Trump para América Latina, la flamante presidenta sustituta se ha puesto a disposición de Washington para lo que sea menester. "Ella comprende", dijo Trump. Si la Casa Blanca quiere un Gobierno títere en Caracas, el camino más corto es dar a Delcy Rodríguez y sus compadres la ocasión de ejercer esa función, no sin advertirles de lo que les espera si no cumplen a satisfacción. Cumplirán, porque los populistas son así de cínicos.
El discurso de Trump, tomado en su literalidad, transparenta sus intenciones y obsesiones. Por decirlo como en el mus, la chica es el control pro domo sua del petróleo y los recursos naturales de Venezuela; y la grande, frenar en seco el avance de China en América Latina. Ello exige desmontar por las buenas o por las malas los regímenes de izquierda populista que han poblado el continente con el patrocinio chino, sean democráticos o totalitarios. Una cosa es permitir que Putin se quede con Ucrania y otra que China compre Latinoamérica por parcelas, como viene haciendo impunemente desde hace un par de décadas.
Por lo demás, me pregunto cuándo decidimos convertir el problema de la dictadura venezolana en un conflicto hispano-español. Quizá el mismo día que alguien decidió que todo lo que sucede bajo la faz de la tierra, desde lo más trascendente a lo más trivial, puede aprovecharse para cargar la escopeta nacional. Si puede hacerse con el Festival de Eurovisión, ¿cómo no con el premio Nobel de la Paz? María Corina Machado debe sentirse rara viéndose convertida en la estaca con la que los políticos españoles se atizan entre sí. Y un duelo a navaja en Estrasburgo entre eurodiputados españoles sobre Venezuela resulta un espectáculo entre grotesco y desquiciante.
¿Han sacado a Maduro de Caracas? Malo para Sánchez, cantan unos. ¿Delcy Rodríguez es la sustituta? Bueno para Zapatero, concluyen otros. ¿Trump desprecia a María Corina? Golpe para Feijóo, festeja el oficialismo. Hay que ser paletos, pienso yo. Cuando la triste realidad es que a nadie en el mundo le importa un comino lo que Sánchez, Zapatero, Feijóo y no digamos Yolanda Díaz opinen sobre Venezuela.
Ya puestos, no vendría mal recuperar un debate serio sobre la política iberoamericana de España. Felipe González tuvo una, consistente en convertir a España en puente e interlocutora imprescindible entre Iberoamérica y Europa. José María Aznar tuvo otra: actuar como cooperador necesario de los Estados Unidos también en el escenario iberoamericano. La de Zapatero fue -y sigue siendo, ahora por cuenta de los chinos- propulsar todos los populismos antiyanquis al sur del Río Grande. A partir de ahí, vino el vacío: España se fue de Hispanoamérica hace más de quince años y ya nadie la espera. Quizá ese sea el mayor fracaso de nuestra política exterior en la era democrática.
Por eso resulta tan ridículo que el presidente del Gobierno español se postule el sábado como mediador y el lunes firme, en solitario y sin contar con la Unión Europea, un papel beligerante junto a cinco Gobiernos americanos unidos por la hostilidad hacia Estados Unidos. ¿Quién decidió que el Estado español forme parte del Grupo de Puebla? Dicho de otro modo, ¿cuándo se nombró a Zapatero ministro plenipotenciario de Asuntos Exteriores?
Sería más lógico que España contribuya decisivamente a conformar la posición de la Unión Europea y, a continuación, la sostenga de forma protagonista. Para eso hacen falta la credibilidad y la autoridad moral de las que Sánchez carece. Por cierto, nadie se ha molestado en averiguar si el presidente del Gobierno y el líder de la oposición han dedicado un par de minutos a comentar entre sí un asunto de evidente interés nacional. Eso sería política antigua.
No sé cómo me habría sentido si, en 1969, Richard Nixon hubiera enviado a Madrid una bandada de helicópteros militares con la misión de bombardear a lo Apocalypse Now las instalaciones de defensa antiaérea, raptar a Franco para juzgarlo en Nueva York por delitos relativos a los intereses económicos de los Estados Unidos y dejar el mando del país al almirante Carrero y al aparato represor del régimen. Supongo que lo absurdo de la hipótesis condensaría la reacción en una sola palabra: perplejidad. Estamos tan malacostumbrados a verlo todo en términos de buenos y malos que no sabemos qué pensar cuando todos son malos.