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Enviar tropas a Ucrania: la política de defensa no se rifa
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Ignacio Varela

Una Cierta Mirada

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Enviar tropas a Ucrania: la política de defensa no se rifa

Es la hora de la verdad en el escenario internacional y ya no valen posturitas de galán para hacerse pasar por estadista

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Carlos Luján)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Carlos Luján)
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Pedro Sánchez ha ido construyendo sus sucesivas mayorías parlamentarias -una distinta cada semana- sobre mecanismos parecidos a los que rigen el funcionamiento de un bazar. Toda su trayectoria ha consistido en instalar un zoco de compraventa de votos donde era posible intercambiar una reforma laboral por una competencia sobre cárceles o fronteras, una pieza de soberanía por un decreto-ley o un principio constitucional por una autopista con comisionistas incluidos. Así, vaciando la bolsa como si el Estado fuera un saco sin fondo, gastando mucho e invirtiendo muy poco, ha ido tirando durante más de siete años.

Sólo de esa forma es posible inventarse un gobierno de coalición en 24 horas, compartir la dirección del Estado con la caterva completa de los enemigos del Estado o hacer del trapicheo el fundamento y método sustentador de la acción de gobierno. La concepción mercantil y mercenaria de la política que Sánchez encarna retrata a un buhonero de la política, un feriante que igual te compra un procés o una ley del sí es sí que te vende un tribunal constitucional, sea o no de su propiedad. Su éxito consistió en encontrar clientela suficiente para ese juego.

Llega el momento en que a los mejores ilusionistas les asoman las cartas por la bocamanga o, simplemente, se les agotan los trucos practicables. Es la hora de la verdad en el escenario internacional y ya no valen posturitas de galán para hacerse pasar por estadista. En América se ha instalado un psicópata neoimperialista, en Rusia un tipo de la KGB con pretensiones de zar y en China un robot dispuesto a dominar el mundo en el siglo XXI sin hacer casi ruido, mientras Europa tiembla asustada de su propia decadencia. En esta partida, si no posees un arsenal nuclear -por pequeño que sea-, no eres nadie.

Hace tres años que Rusia invadió Ucrania con la pretensión inicial de apoderarse de ella y, después, cuestionar todos los equilibrios establecidos en Europa desde la caída del Muro de Berlín. El Parlamento español aún no ha tenido un debate merecedor de tal nombre sobre la política de defensa y seguridad nacional, sobre los compromisos que podemos o no adquirir en el seno de la Unión Europea y de la OTAN y sobre nuestras propias capacidades militares y diplomáticas.

El actual presidente del Gobierno y el líder de la oposición, firme candidato a ocupar el puesto, no han encontrado la ocasión para valorar conjuntamente la política exterior y de defensa de España en un escenario global sometido a violentas sacudidas (en realidad, no han encontrado un minuto para valorar conjuntamente nada en absoluto).

Siete años y medio después de alcanzar el poder, el presidente constata que ninguno de los partidos que lo propulsaron a la Moncloa está por la labor de compartir una política exterior y de defensa como la que Europa necesita para no extinguirse como un actor relevante; que la mayoría de ellos se siente más cerca de Putin que de Ucrania y mira más a Pekín que a Bruselas, no digamos a Washington. Y que, en realidad, la seguridad nacional de España les importa una higa; es más, están interesados en que este Estado-nación con más de 500 años de existencia deje de ser ambas cosas: Estado y nación.

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Para que este presidente siga participando en la mesa de las decisiones europeas (no la de los 27, sino la de los cinco o seis importantes), hace falta que sucedan dos cosas: primera, que se fíen de él. Segunda, que le crean dispuesto a adquirir compromisos y cumplirlos. Lo tiene difícil: hace mucho tiempo que Sánchez no ha dado una prueba consistente de ninguna de las dos cosas, más bien al contrario. Todos conocen el motivo: sus socios domésticos no se lo permiten y él se niega siquiera a hablar con el único que podría compartir -y, eventualmente, hacerse cargo- de esos compromisos; alguien que, por añadidura, resulta ser el primer partido de España y correligionario de la mayoría de los gobernantes europeos.

Sostiene Sánchez que pedirá el consentimiento del Congreso para enviar tropas españolas a sendos misiones de paz, primero en Ucrania y después en Palestina, una vez que los contendientes hayan alcanzado algún acuerdo que permita la interrupción de las hostilidades.

Lo del consentimiento del Congreso es preceptivo; si pudiera evitarlo lo haría sin vacilar pero, en este caso, no hay escaqueo posible. El pequeño problema es que sabe de antemano que no tiene ninguna oportunidad de lograr ese consentimiento con el respaldo de sus presuntos socios. Tal cosa solo sería posible si cuenta con el primer partido de la Cámara. Y considerando sus antecedentes en el trato a la oposición, eso tiene su protocolo.

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Por lo que sea, sospecho que el PP está ya escarmentado de que le hagan cargar con el peso de un problema de Estado cuando al Gobierno lo abandonan sus compañeros de viaje habituales. Poner a Feijóo contra la pared para que Sánchez salga de un apuro con el chantaje de hacerle pasar por traidor al interés nacional es un recurso agotado.

La situación es suficientemente seria para recuperar la seriedad extraviada. No basta con exigir un voto de ocasión. Al revés, la ocasión es ideal para que el presidente del Gobierno y el líder de la oposición (16 millones de votos, 258 diputados) se sienten durante las horas que sean necesarias y hagan un repaso completo de nuestra política exterior y de defensa, en sí mismas y en el marco de nuestras alianzas internacionales.

Que ambos sean conscientes y compartan o no las amenazas y también los objetivos a corto y medio plazo; que se sepa qué compromisos puede y debe adquirir España con sus aliados y en qué condiciones puede o no cumplirlos efectivamente; que se explicite cómo puede financiarse esa política de defensa cuando no hay presupuestos ni se los espera; y, en ese marco general, que se concrete el sentido y el tamaño de nuestra participación en una eventual misión militar junto a otros países. Y por supuesto, que todo ello se haga manteniendo la lealtad exigible en estos casos, con garantías de que no te están engañando ni tendiendo un anzuelo -algo realmente arduo tratándose de Sánchez-.

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Sólo así podría Sánchez requerir el apoyo del Partido Popular con alguna esperanza de obtenerlo. Y sólo así tendría sentido que el PP se prestara siquiera a escucharlo. Podría ser que, tras el intercambio de criterios, no alcanzaran un acuerdo; aun así, el avance sería sustantivo, porque sería, por primera vez en mucho tiempo, un desacuerdo honesto y no una trampa para conejos.

Así pues, este presidente puede hacer tres cosas: a) admitir ante los Gobiernos europeos que carece de respaldo en su país para comprometerse a participar en esa misión; b) presentar unilateralmente la petición en el Congreso y, cuando se la rechacen, montar un gallinero propagandístico para que el PP cargue con la culpa; c) no hacer absolutamente nada y exponerse a recibir reiteradas no-invitaciones para las reuniones a las que sólo se llama a la gente de confianza.

En cuanto al PP, descartado que se deje llevar por el ronzal por temor a los titulares de la prensa oficialista, lo peor que podría hacer es abonarse al guion de responder Ábalos cuando le hablen de Ucrania. Dudo mucho que Sánchez se someta al ejercicio -humillante para él- de hablar con su rival, seriamente y sin dobleces, sobre la política de defensa de España o sobre cualquier otro asunto. Pero si lo hiciera, más vale que obtenga una respuesta igualmente seria y sin dobleces. Lo de las rifas debe quedar para Junqueras y compañía.

Pedro Sánchez ha ido construyendo sus sucesivas mayorías parlamentarias -una distinta cada semana- sobre mecanismos parecidos a los que rigen el funcionamiento de un bazar. Toda su trayectoria ha consistido en instalar un zoco de compraventa de votos donde era posible intercambiar una reforma laboral por una competencia sobre cárceles o fronteras, una pieza de soberanía por un decreto-ley o un principio constitucional por una autopista con comisionistas incluidos. Así, vaciando la bolsa como si el Estado fuera un saco sin fondo, gastando mucho e invirtiendo muy poco, ha ido tirando durante más de siete años.

Pedro Sánchez Defensa Partido Popular (PP)
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