Socialdemocracia 21, llorar sobre la leche derramada
Para tomarse en serio una impugnación tan completa de la política del sanchismo a pocos meses de las elecciones, el paso obligado sería atreverse a presentar una alternativa para que ese partido concurra a las elecciones con otro candidato
El economista y exministro de Administraciones Públicas de España Jordi Sevilla. (Europa Press/Alberto Ortega)
Ha nacido un colectivo llamado Socialdemocracia 21. Sabemos que su rostro visible es el de Jordi Sevilla y conocemos un documento de diez páginas acompañado de un vídeo de cinco minutos con una alocución del propio Sevilla.
Socialdemocracia 21 se presenta como "una corriente de reflexión y acción política, abierta a militantes socialistas y a ciudadanos progresistas no afiliados, unidos por una convicción común: la necesidad urgente de recuperar una socialdemocracia fuerte, reconocible y coherente para España".
Esa declaración de voluntad comporta el reconocimiento de que dejó de existir una fuerza política que pueda calificarse cabalmente como "una socialdemocracia fuerte, reconocible y coherente para España". Los redactores niegan implícitamente esos atributos al partido que dirige el actual presidente del Gobierno.
Más allá de detentar una sigla histórica, es evidente que la criatura política que hoy lidera Pedro Sánchezno es socialdemócrata, ni fuerte, ni reconocible ni coherente para España. Es un aparato de poder de signo populista, débil hasta el punto de haber entrado en fase agónica, no reconocible porque resulta de una mutación de su naturaleza anterior e incoherente para España porque cambia permanentemente de posiciones y discursos y porque todos sus aliados sin excepción descreen de España como Estado-nación y buscan su disolución por distintas vías.
El titular del documento clama "por la reactivación política del PSOE y de la democracia en España"; una asociación freudiana que liga la erosión política del PSOE -ese partido que, al parecer, necesita ser reformulado por enésima vez- con la de la mismísima democracia. Ciertamente, el texto contiene una enmienda a la totalidad del partido sanchista en todos sus puntos cardinales:
Denuncia que el rumbo tomado "nos ha conducido a un auge de la extrema derecha, a una pérdida de apoyos al socialismo y a una dictadura de las minorías".
Reclama un proyecto "que huya del mito de las dos Españas", "que atienda a las diferencias sin romper lo que nos une", "que se sienta más hijo de la Constitución que nieto de la guerra civil", que garantice servicios públicos adecuados y un sistema tributario "progresivo de verdad" y "políticas sociales eficientes y realmente redistributivas".
Digo yo que si se reclama todo eso es porque se echa en falta. Lo cual, tras siete años largos de gobierno, no puede ser ya atribuible a ninguna herencia recibida. La receta que se prescribe en primer lugar para recuperar el proyecto extraviado es "un cambio de rumbo en la estrategia socialista de políticas y alianzas", puesto que los ciudadanos "no se reconocen en el discurso confrontativo populista, continuamente plegado a las necesidades de votos en el Parlamento, que presenta el actual Gobierno".
Denuncia que "son los más ricos quienes están acaparando el crecimiento mientras la desigualdad social aumenta. Del crecimiento acumulado de España en los últimos años, el 42% ha ido a las manos de las rentas del capital y sólo un 13,4% a rentas salariales". Gran balance para el Gobierno más igualitario que vieron los tiempos. Lo que no aclara es a qué manos fue el 45% restante: ¿quizás a las del Estado, o al servicio de una deuda desbocada que aplastará a las próximas generaciones?
La conclusión política es terminante: "Las dos fuerzas mayoritarias no son capaces de hablar ni acordar nada de nada sobre nada. Esa situación conduce a nuestra democracia a estar en manos de la dictadura de las minorías de uno y otro signo". Situación particularmente preocupante porque, para Socialdemocracia 21, "los populismos (espacio donde sitúan a su propio partido) prometen proteger al pueblo mientras socavan el pluralismo, desacreditan las instituciones, cuestionan la separación de poderes y banalizan la verdad. En resumen, debilitan "las bases mismas de la convivencia democrática".
Poco que añadir al diagnóstico, salvo advertir el esfuerzo ímprobo de los redactores por no identificar a los responsables de tal cúmulo de calamidades. Parecería que las siete plagas de Egipto se hubieran desatado sobre España por alguna clase de raro fenómeno atmosférico, sin que nadie deba responder por ellas.
Al parecer, la terapia frente a un fallo multiorgánico masivo como el que se describe en el texto es formar una corriente interna en el PSOE para hacer constar el disgusto de Jordi Sevilla y los anónimos componentes de Socialdemocracia 21 (que, según fuentes generalmente bien informadas, alcanzan la cifra impresionante de ¡cuarenta personas!).
En los cenáculos políticos se alimenta desde hace años la fantasía de que, en algún momento, se producirá un amotinamiento en el PSOE de resultas del cual los "socialistas buenos" desplazarán a Sánchez y sus centuriones -que, por supuesto, se dejarán apartar sin resistencia- para restablecer la sensatez, la concordia política y las buenas maneras.
Los promotores de Socialdemocracia 21 parecen compartir ese cuento chino. Más fundado parece constatar que, en doce años, Pedro Sánchez ha tenido tiempo de sobra para construir un tinglado cuartelario a su medida, forjado con los materiales que ellos mismos identifican. Que una vez instalado el cesarismo, se desmontaron metódicamente todos y cada uno de los mecanismos de debate y elaboración colectiva de las decisiones, se cegaron los cauces de control y se suprimió cualquier método efectivo de gobernanza orgánica que escape al capricho del autócrata. Y lo más importante, que ello se hizo con el respaldo activo y/o el consentimiento silente de quienes siguen formando parte de esa cofradía.
Hoy, acosado como está en el frente parlamentario, en el judicial y en el electoral, infectado hasta el cuello por la corrupción en su entorno inmediato y desacreditado en el ámbito internacional, Sánchez ganaría abrumadoramente cualquier votación interna que se le ocurriera plantear, empezando por la de su propio liderazgo. Ese partido, en su estado actual, ha dejado de ser un instrumento útil para el cambio que Socialdemocracia 21 reclama y que, sin duda, España necesita. Más bien es el obstáculo principal, la costra que hay que levantar para limpiar la herida de una nación que ha tomado el camino de la decadencia.
No dudo de que la iniciativa de Sevilla y sus cuarenta acompañantes está bien diseñada en lo mediático: hacer coincidir su lanzamiento con los calvarios que esperan a Sánchez en los próximos meses garantizará una amplia cobertura a las voces críticas, lo que los sarracenos del régimen denunciarán inmediatamente como prueba de traición. Pero resulta melancólica en el espíritu y extemporánea en el planteamiento.
Es melancólica porque persiste en buscar las soluciones en el pasado. Es muy dudosa la vigencia actual de la socialdemocracia clásica que triunfó en Europa occidental -exclusivamente ahí- entre la posguerra y el tránsito de la sociedad industrial a la tecnológica: apenas medio siglo. Hoy, mientras los partidos socialdemócratas se desploman con estrépito en Europa -que fue el único hábitat en el que pudieron prosperar-, refugiarse en su recuerdo no pasa de ser una muestra de impotencia ideológica -lo que no excluye que algunos viejos, huérfanos de representación, lo hagamos a falta de algo mejor-.
Y es extemporánea por no contemporánea. Habría estado muy bien que alguien, desde el interior del PSOE, levantara la voz cuando el sanchismo comenzó a mostrar su rostro crispado y deforme. Hace siete años, o seis, o cinco. No será porque los motivos no estuvieran a la vista desde el principio: escuchando a Sevilla, parecería que la coalición con Iglesias o el casamiento con Bildu se produjeron ayer. No vale de gran cosa esperar a que la podredumbre complete su trabajo para levantar tímidamente la bandera de una regeneración ya inviable desde dentro. La cura para este mal está en las urnas o no existe.
Para tomarse en serio una impugnación tan completa de la política del sanchismo a pocos meses de las elecciones, el paso obligado no es llorar sobre la leche derramada, sino atreverse a presentar una alternativa para que ese partido concurra a las elecciones con otro candidato a la presidencia del Gobierno. Perderá en todo caso, pero será con honra. Lo demás son pompas de jabón, chatarra para las tertulias.
Ha nacido un colectivo llamado Socialdemocracia 21. Sabemos que su rostro visible es el de Jordi Sevilla y conocemos un documento de diez páginas acompañado de un vídeo de cinco minutos con una alocución del propio Sevilla.