Tiene razón Rubén Amón:Pedro Sánchez ya no hace cosas, sólo simula que las hace. Contemplándolo en los últimos meses, vuelve a mi mente el conejo de Duracell: camina sin avanzar un paso, aporrea el tambor sin hacer música y sólo espera (esperamos) que se agote la pila que lo mueve, mientras la locución del anuncio repite: "Y dura, y dura, y dura"… Como si la duración mecánica fuera un valor en sí mismo, aunque se haya perdido todo sentido de rumbo y finalidad. Hoy su figura es la de un androide con la batería en rojo, cuya única utilidad es prorrogar las nóminas de un puñado de cortesanos y mantener el país bloqueado por retardar la alternancia y engrosarla por su parte más indeseable.
En las últimas semanas, ha puesto sobre la mesa un puñado de presuntas iniciativas, algunas superfluas (boicotear el Festival de Eurovisión, grabar vídeos ridículos en TikTok como si tuviera 30 años menos de los que tiene) y otras no tanto, pero todas ellas con el rasgo común de ser radicalmente inútiles y/o inviables.
Prometió presentar unos presupuestos que, si llegaran al Parlamento, sabe destinados a la derrota. Fingió liderar una campaña en Extremadura para un candidato imposible que, en realidad, no fue campaña ni fue nada que pudiera tomarse seriamente. Perdió un racimo de votaciones en el Congreso sin que se le moviera una ceja. Sustituyó a una inédita ministra de Educación por una ministra de Educación cuya misión es quedar inédita.
Se postuló como mediador en Venezuela tras haber sido largamente cómplice de la dictadura y anfitrión clandestino de Delcy Rodríguez. Prometió enviar tropas a Ucrania (¡y a Palestina!) en el supuesto de un acuerdo de paz que hoy está más lejano que nunca y con escasísima probabilidad de que el Congreso apruebe tal cosa, salvo que el PP acuda en su ayuda.
Resucitó una vieja fórmula de exención fiscal a los caseros que congelen el alquiler que sólo ha conseguido que sus ministros de Sumar lo envíen a hacer puñetas. Últimamente, viene malogrando contumazmente cualquier remota esperanza que albergara su ministra de Hacienda de obtener una derrota digna en Andalucía. Representó, a medias con Junqueras, un pacto ignominioso sobre financiación autonómica para asegurarse de que ninguna comunidad autónoma (ni siquiera las gobernadas por su partido) acepte semejante agravio. Hizo todo ello con plena consciencia de su inutilidad práctica.
Es malo cuando un gobernante disocia su propio interés personal o partidario de cualquier noción relacionada con el bien común. Eso le sucede a Pedro Sánchez desde que se hizo visible en la política española, es su marca de origen. Ahora está en una fase superior de degradación: cada día que dura, y dura y dura, atenta simultáneamente contra el bien común, contra el interés objetivo de su partido y contra su propia figura personal.
No existe ninguna ventaja visible para una mente racional que derive de seguir atronando el país con ese tambor. Sánchez es cada día más tóxico para España, es ya un lastre difícil de superar para el futuro de su partido (de hecho, se ha convertido en su mayor adversario electoral) y terminará siendo un apestado incluso para quienes lo secundaron durante estos años. Eso, suponiendo que por el camino no sufra en sus propias carnes algún accidente judicial.
Me pregunto cómo se gobierna económicamente un país de la Unión Europea fuertemente descentralizado sin techo de gasto, senda de déficit ni objetivos de estabilidad presupuestaria, sin presupuestos generales del Estado y sin un sistema actualizado de financiación de los entes territoriales que lo componen. Sin asomo de un acuerdo con las comunidades autónomas sobre el reparto de los recursos, tirando de herramientas obsoletas de legislaturas caducadas y haciendo malabares con las partidas presupuestarias en flagrante fraude de ley.
Me pregunto cómo y por qué se sostiene un Gobierno sonado como un boxeador al borde del KO, sin mayoría parlamentaria y con los antiguos socios amagando cada día con la desbandada. Con una colección de procesos de corrupción que empiezan en el salón de casa y no se sabe hasta qué lugar del mundo pueden llegar. Con varias brechas incipientes en el cuartel (perdón, en el partido), empezando por la del muy poderoso lobby feminista. Con la prensa afecta reconsiderando sus afectos. Sin posibilidad alguna de un diálogo sensato con la oposición gracias a la idea genial de construir un muro. Y con un aluvión de encuestas anunciando al unísono el derribo del edificio.
Si tienes 15 comunidades autónomas dentro del régimen común de la financiación autonómica y 11 de ellas están gobernadas por el principal partido de la oposición (que también tiene el grupo más numeroso del Congreso y una holgada mayoría absoluta en el Senado, además de las principales alcaldías del país), no existe otra forma sensata de sacar adelante un sistema de financiación autonómica que sentarse a negociarlo con quienes dirigen ese partido y gobiernan esos territorios. Lo demás sólo puede entenderse como un autosabotaje.
La financiación autonómica es una de las materias más intrincadas de nuestro sistema institucional. No creo que haya más de cien personas en España que la conozcan en profundidad ni más de diez que sepan explicarlo. Algunos de ellos sostienen que el contenido del acuerdo Sánchez-Junqueras es técnicamente correcto y mejora en varios aspectos el sistema actual (salvando el propósito descarado de privilegiar a Cataluña por encima de todo criterio objetivo y de construir un modelo que sólo podría funcionar en el marco de un ciclo económico eternamente expansivo y colapsaría en una coyuntura recesiva). Además, según ellos, la propuesta no responde al papel que firmaron en su día el PSOE y ERC para posibilitar la investidura de Salvador Illa.
De ser así, ello aumentaría la culpa de Sánchez y los suyos. Si realmente los expertos de Hacienda llegaron a diseñar un objeto técnicamente útil para resolver el rompecabezas y los políticos lo arruinaron colocándole un envoltorio indigerible, es para correrlos a sartenazos. En el pasado, la economía jodía la política, pero, en este siglo, es la política la que jode la economía.
Ningunear a los gobiernos autonómicos del PP y a los propios, escenificar un cambalache de privilegio con el dirigente de un partido secesionista que ni siquiera gobierna en Cataluña, cederle la tribuna para que sea él quien explique en qué consiste la ordinalidad ("que reciban más quienes más aportan", una proposición ideológicamente reaccionaria donde las haya) y, finalmente, encargar las tardías explicaderas a la política más confusa del país, capaz de convertir una boina en un jeroglífico, suena a provocación deliberada para hacer inviable cualquier acuerdo.
Si además el estropicio se perpetra a tres semanas de una elección en Aragón en la que se presagia una segunda paliza para el PSOE (no será la última del año), es inevitable sospechar que este Sansón de guardarropía apellidado Sánchez se ha propuesto derribar en su caída el templo entero, y va camino de lograrlo.
Pero la locución continúa recitando: "Y dura, y dura, y dura…". Paciencia, al locutor también se le agotará la pila, como al del tambor.
Tiene razón Rubén Amón:Pedro Sánchez ya no hace cosas, sólo simula que las hace. Contemplándolo en los últimos meses, vuelve a mi mente el conejo de Duracell: camina sin avanzar un paso, aporrea el tambor sin hacer música y sólo espera (esperamos) que se agote la pila que lo mueve, mientras la locución del anuncio repite: "Y dura, y dura, y dura"… Como si la duración mecánica fuera un valor en sí mismo, aunque se haya perdido todo sentido de rumbo y finalidad. Hoy su figura es la de un androide con la batería en rojo, cuya única utilidad es prorrogar las nóminas de un puñado de cortesanos y mantener el país bloqueado por retardar la alternancia y engrosarla por su parte más indeseable.