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Un Estado averiado: el sanchismo es el kirchnerismo español
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Ignacio Varela

Una Cierta Mirada

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Un Estado averiado: el sanchismo es el kirchnerismo español

Inexorablemente, llega el momento en que la putrefacción política deriva en la inoperancia del Estado y el fracaso de los servicios públicos

Foto: El secretario general del PSOE y presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Verónica Lacasa)
El secretario general del PSOE y presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Verónica Lacasa)
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Destruir el tejido institucional. Practicar compulsivamente la mentira. Entregar el control del Estado a los despiezadores del Estado. Comprar íntegramente el ideario populista y llamarse progresista. Inocular el choque bipolar como principio estratégico. Despreciar el principio de legalidad, desbordando sus límites en aras de la propia conveniencia. Amamantar una red de corrupción gestada en el corazón del poder. Erradicar la meritocracia en la selección de las élites, inundando el espacio público de ignaros obedientes. Descoser los consensos que fundamentan la convivencia. Implantar un modelo de liderazgo (más bien de jefatura) narcisista y de querencia autocrática, desconectado de cualquier noción de interés general. Disolver lo comunitario en pro de lo identitario, alentando las fuerzas centrífugas que anidan en la sociedad.

He aquí un apretadísimo resumen de la obra del sanchismo. Lo que ha hecho del creador de la criatura el personaje político más tóxico de la democracia española y el más detestado por decenas de millones de ciudadanos de toda clase, ideología y condición. Lo que ha operado como una fábrica masiva de orfandades y apostasías que me honra compartir. Lo que ha hecho del país un espacio irrespirable, de la política un conjunto de prácticas infames y de los partidos los artefactos más aborrecidos por la sociedad. Lo que abocará a la asfixia a esta democracia constitucional a poco que obtenga unos años más en el poder mediante pactos estrafalarios.

Pero Sánchez no inventó nada, salvo una colección de patrañas. En lo sustantivo, todos los rasgos mencionados se reconocen en nuestro pasado y en la experiencia de otras naciones sometidas a la peste de los regímenes populistas, se adscriban a la derecha extractiva o a la izquierda reaccionaria. O a ambas, como el peronismo. El párrafo que abre este artículo puede aplicarse íntegramente, por ejemplo, al kirchnerismo que destrozó la nación argentina.

Cito ese caso concreto -paradigmático, pero no exclusivo- porque recuerdo con frecuencia la fórmula cínica con la que muchos pertinaces votantes del peronismo definen a sus dirigentes: "Roban, pero hacen". La eficiencia que se les atribuye (consistente básicamente en un modelo demagógico y disparatado de gestión de recursos que generó bancarrotas periódicas del Estado y del país) justificó todos los desafueros… hasta que prendió la ira y un chiflado con motosierra desmontó el tenderete de una patada.

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¿Es sostenible en la práctica el principio de "roban pero hacen"? En Argentina, no. Y mucho menos en un país de la Unión Europea. Inexorablemente, llega el momento en que la putrefacción política deriva en la inoperancia del Estado, la parálisis de las instituciones, la extensión de las desigualdades y el fracaso de los servicios públicos esenciales. Ese instante en que nada funciona. Ese es el momento que esperan los Milei, los Bolsonaro, los Mélenchon y los Abascal. Cuando un discurso como el que pronunció en Davos el primer ministro canadiense, Mark Carney ("si no estás en la mesa, estás en el menú") se recibe como una higiénica ducha de agua fría, pero cristalina, tras sumergirse en la ciénaga.

Dice Isabel Díaz Ayuso que si el accidente de Adamuz hubiera ocurrido en el metro de Madrid, la izquierda la estaría llamando asesina. Tiene razón: sería exactamente así. Precisamente por ser consciente de ello, ella o sus seguidores no deberían sentirse autorizados a contribuir a la inflamación de las pasiones catalogando a Sánchez como el asesino de Adamuz. Pedro Sánchez no es un asesino; es tan sólo, como Antonio Caño lo describió certeramente hace una década, un insensato sin escrúpulos metido a gobernante. El hecho de que no sea posible celebrar un funeral por los muertos del accidente ante la certeza de que la rabia desbocada provocaría un conflicto de orden público es una muestra deprimente del estado de postración moral al que nos han conducido.

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Este Gobierno es íntegramente responsable de la degeneración política de los últimos años. Y es corresponsable, junto a sus predecesores, del abandono pertinaz de todo lo que hace que un país funcione. La crisis de 2008 demostró que nuestro sistema financiero era un armatoste de cartón. La pandemia, que la sanidad pública estaba y está llena de agujeros. Los tajos a la ciencia y la investigación nos hicieron perder un terreno que no recuperaremos. El sistema educativo renquea mientras discutimos si la religión cuenta en el currículum escolar o si hay que dar las clases en la lengua de mi pueblo.

Como ha escrito aquí Natalia Velilla al hilo de Carney y Václav Havel, "cada mañana colgamos el cartel de que somos el mejor país del mundo mientras hay muchísimos españoles que malviven, la clase media está agotada, los servicios públicos se están deshilachando, la desigualdad es de las peores de Europa y tenemos a toda una generación sin poder hacer un plan de vida".

Ninguna de las calamidades que hemos padecido recientemente fue fruto de la mala suerte o, como diría Puente, de un acontecimiento "muy extraño". No hay nada de extraño en la incuria sostenida de un puñado de gobernantes incapaces, ignorantes y pendencieros como el propio Puente. Cuando falla el factor humano, no hay nada extraño en que falle todo lo demás. Lo extraño sería que algo funcionara.

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Fue la incuria de los políticos la que impidió responder adecuadamente a la dana, la que produjo el apagón -que puede repetirse en cualquier instante-, la que ha llevado a nuestra red ferroviaria a un estado lamentable. La misma incuria que nos hace fracasar una y otra vez cada vez que se produce una situación de crisis en el funcionamiento del país, quienquiera que sea el maldito culpable de cada una de ellas. La que nos ha hecho despilfarrar en gasto corriente la millonada de los fondos europeos y dejar buena parte de ellos sin emplear por pura molicie de la burocracia oficial.

Que las instituciones sufran o se hagan mangas y capirotes con la ley importa mucho a algunas personas. Que las aguas se desborden llevándose nuestras casas y nuestros seres queridos, la luz se apague o el traqueteo de un tren nos produzca pavor, produce algo más que desazón política. La paciencia del público está en su límite, y la constatación de que un Gobierno ya no es capaz de suministrar seguridades elementales en las cosas de vivir señala una frontera que rebasa las simpatías ideológicas. Que sea Vox quien antes lo ha comprendido sólo significa que están más atentos.

Por lo demás, en las tribulaciones nos conformamos con cualquier cosa. Cuando una fiera corrupia con asiento en el Consejo de Ministros adopta excepcionalmente el tono y el vocabulario de un ser civilizado, nos maravillamos y lo cubrimos de elogios. El problema de hablar durante unos días en lugar de ladrar es que permites que se valore lo que dices. Y el ministro del ramo no ha hecho otra cosa desde la noche del accidente que esparcir la confusión y hacer trilerismo con las explicaderas -una distinta o muchas a la vez-. Lo llaman dar la cara, pero a mí me ha parecido más bien echarle cara. Con lo fácil que habría sido empezar con lo que se supo desde el primer día: que se nos rompió la vía de tanto usarla.

Destruir el tejido institucional. Practicar compulsivamente la mentira. Entregar el control del Estado a los despiezadores del Estado. Comprar íntegramente el ideario populista y llamarse progresista. Inocular el choque bipolar como principio estratégico. Despreciar el principio de legalidad, desbordando sus límites en aras de la propia conveniencia. Amamantar una red de corrupción gestada en el corazón del poder. Erradicar la meritocracia en la selección de las élites, inundando el espacio público de ignaros obedientes. Descoser los consensos que fundamentan la convivencia. Implantar un modelo de liderazgo (más bien de jefatura) narcisista y de querencia autocrática, desconectado de cualquier noción de interés general. Disolver lo comunitario en pro de lo identitario, alentando las fuerzas centrífugas que anidan en la sociedad.

Pedro Sánchez Accidente tren Adamuz
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