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Ignacio Varela

Una Cierta Mirada

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Baja Velocidad Española

O el Gobierno ha entrado en histeria, o el suceso de Córdoba ha hecho emerger que estábamos sentados sobre una bomba: un desgaste generalizado de materiales en toda la red ferroviaria

Foto: Imágenes de un tren pasando por la rotura en una contraaguja de la línea del tren de alta velocidad a unos 15 kilómetros de Córdoba. (Europa Press/Guillermo Morales)
Imágenes de un tren pasando por la rotura en una contraaguja de la línea del tren de alta velocidad a unos 15 kilómetros de Córdoba. (Europa Press/Guillermo Morales)
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AVE es el acrónimo de Alta Velocidad Española. Quien lo bautizó así era engreído, parecería que inventamos aquí los trenes veloces; pero no se le puede negar talento para el marketing. Las tres letras hicieron fortuna hasta el punto de que la marca sustituyó al producto y dejó de decirse "voy en tren" para especificar "voy en AVE", como quien desayuna Nescafé o se limpia con Kleenex.

Además de su aportación innegable al progreso del país, el AVE se convirtió en un fetiche colectivo, el icono sentimental de un segundo salto desarrollista (el primero se dio durante el franquismo), asociado esta vez al ingreso en la Europa comunitaria y a la proliferación de infraestructuras de transporte y telecomunicación que nos hicieron sentir como un país moderno por primera vez en mucho tiempo.

Viajar en AVE era cómodo y rápido, pero, sobre todo, resultó emocionalmente gratificante: contribuyó a reconciliarnos con nuestro pasaporte junto a algunas gestas deportivas subsiguientes a los Juegos Olímpicos del 92. Eso y tener la misma moneda que los franceses y los alemanes, a quienes, según la profecía zapateril, estábamos a punto de superar… inmediatamente antes de que la crisis nos pasara por encima.

Para hacer la historia corta, el caso es que hace un par de semanas un AVE descarriló en Córdoba y otro que venía en sentido contrario se estrelló contra los vagones que habían invadido su vía. Quince días después de la tragedia, se multiplican las órdenes de reducir drásticamente la velocidad de los trenes en todo el territorio y se cuestiona el sistema ferroviario al completo, sin que el Gobierno encuentre argumentos de peso para desmontar la psicosis colectiva, salvo balbucear explicaderas inconexas que al día siguiente se caen para ser sustituidas por otras igualmente efímeras.

Un accidente es un hecho puntual que comienza y concluye en sí mismo. Nada hace pensar que ese sea el caso que nos ocupa. Visto lo visto en estas dos semanas, o el Gobierno ha entrado en histeria y sobreactúa de forma absurda, o el suceso de Córdoba ha hecho emerger que estábamos sentados sobre una bomba: un desgaste generalizado de materiales en toda la red ferroviaria nacional, cuya revisión y reparación exigirá mucho tiempo y recursos ingentes. Mientras, la autoridad competente ha decretado la Baja Velocidad Española en la circulación de nuestros trenes. Quién podría pensar que la catástrofe de Córdoba resultaría tan trágica como providencial. Al menos, ahora entrevemos a qué clase de desafío nos enfrentamos.

Ojalá tuviéramos tan sólo un problema de trenes. En realidad, la Baja Velocidad Española es la marca infamante de este período. Otro "extraño suceso" en forma de apagón reveló que también estamos sentados sobre una bomba en el sistema energético, víctima de todo tipo de negligencias, ineptitudes en la cúspide y recetas dogmáticas de catecismo. Que las aguas se desbordan precisamente en el lugar de nuestra costa en el que se sabe desde hace décadas que tenderán a desbordarse cuando llueva más fuerte que de costumbre. Que más vale no poner a prueba nuestro sistema sanitario porque sus costuras reventarán. Y que probablemente las espléndidas autopistas que construimos hace 30 años no están en mejor estado de conservación que las vías del ferrocarril. De hecho, las cifras de accidentes mortales vienen repuntando de forma alarmante, y la única solución que se les ocurre a los responsables es hacernos conducir cada vez más despacio vehículos cada vez más potentes. Baja Velocidad Española.

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Baja Velocidad Española también en lo institucional. Se ha despilfarrado en gasto corriente la mitad de los fondos europeos y dejado sin ejecutar la otra mitad. Además, estamos tirando por la ventana una legislatura entera sin actualizar los presupuestos del Estado. Lo que no nos cuentan es que las inversiones no ejecutadas en el plazo previsto se cancelan cada 31 de diciembre: entre ellas, las operaciones de mantenimiento de las infraestructuras a las que se les agotó el plazo ante la quietud de quienes debían realizarlas. Eso viene sucediendo desde 2023, último presupuesto aprobado constitucionalmente.

Vamos con trece años de retraso en habilitar un nuevo sistema de financiación de las comunidades autónomas (y lo que falta). Se necesitaron 6 años para renovar el Consejo General del Poder Judicial, lo que condujo a un atasco masivo de causas judiciales sin resolver: muchas se extinguen en los cajones porque, mientras esperan, las personas se mueren o las empresas quiebran. Hay en el Congreso decenas de proyectos y proposiciones de ley paralizados por la Mesa porque ni el Gobierno ni la oposición tienen votos para aprobarlos. Muchos llevan en la portada el sello de "urgente". Sequía legislativa y estancamiento operativo. Baja Velocidad Española.

Y por supuesto, baja velocidad española en todo lo que tiene que ver con la gestión de crisis, una asignatura que nuestros políticos tienen históricamente atragantada y en la que este Gobierno en particular suspende ruidosamente cada vez que se presenta una ocasión.

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La propaganda forma parte de la política, pero no es la política. Los Gobiernos que sólo viven por y para la propaganda pueden vivir instantes triunfales, pero finalmente terminan fracasando en lo que es de fondo. Sucede que hay gastos productivos y gastos superfluos o clientelares, como hay inversiones de lucimiento e inversiones de mantenimiento, sin las cuales las primeras no se sostienen más allá de un tiempo razonable. Las inversiones de mantenimiento son particularmente ingratas para el político vanidoso, porque no se ven. Su fruto es la normalidad y su utilidad evitar que sucedan ciertas cosas desagradables. Pero el no suceso, la normalidad carente de floripondios, no cotiza en el mercado de la propaganda.

Despertar y que se encienda la luz; ir al baño y que salga agua del grifo; salir a la calle y que el autobús llegue a su hora; pasear sin que nadie te asalte; tomar un tren y que un traqueteo no te haga temer lo peor. Todo eso es pura vida cotidiana que no te hace pensar bien ni mal del Gobierno de turno. Es lo que se espera en un país avanzado, pero no hace lucir al político ni se traduce inmediatamente en las encuestas. Por eso es tan frecuente que el populista olvide que esa es parte esencial de la tarea de un gobernante… hasta que llega la tragedia.

España está desde hace una década en régimen de baja velocidad para todo lo que importa, y el origen del mal está en la contaminación de la política. Sólo somos los más rápidos en tres cosas: en desenfundar y disparar al enemigo político entre las cejas, en la digestión de las mentiras de "los nuestros" y en la progresión del alzhéimer colectivo sobre las calamidades recientes (acompañada de memoria de elefante para las de nuestros abuelos). Se llama decadencia.

AVE es el acrónimo de Alta Velocidad Española. Quien lo bautizó así era engreído, parecería que inventamos aquí los trenes veloces; pero no se le puede negar talento para el marketing. Las tres letras hicieron fortuna hasta el punto de que la marca sustituyó al producto y dejó de decirse "voy en tren" para especificar "voy en AVE", como quien desayuna Nescafé o se limpia con Kleenex.

Córdoba
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