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Ignacio Varela

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Sánchez debería admitir: "Somos menos"

Pedro Sánchez es el fundador de este régimen frentista y nada sustancial tendrá remedio razonable mientras permanezca en la política

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, saluda junto a la candidata del PSOE a la Presidencia de Aragón, Pilar Alegría, durante un acto de campaña. (EFE/Javier Cebollada)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, saluda junto a la candidata del PSOE a la Presidencia de Aragón, Pilar Alegría, durante un acto de campaña. (EFE/Javier Cebollada)
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Aragón es el segundo episodio de la serie de cuatro elecciones autonómicas, anticipatorias de las generales, destinada a mostrar que Frankenstein está muerto como fórmula viable de gobierno, aunque no necesariamente como instrumento de combate político. El sanchismo padece una crisis parlamentaria, una judicial, un colapso de las infraestructuras y servicios públicos esenciales; y por si la mezcla no fuera suficientemente explosiva, se le ha añadido una sucesión de derrotas electorales concentradas en un semestre.

Pedro Sánchez decidió en su día sustituir la competición de partidos por una confrontación binaria entre bloques inconciliables que se repelen entre sí. A un lado, el partido de Sánchez y toda su cohorte de aliados destituyentes, ultraizquierdistas y nacionalistas de distintos pelajes. Enfrente, por usar su lenguaje, "la derecha y la ultraderecha": es decir, PP y Vox, hermanos de sangre condenados a detestarse y coaligarse a la vez.

En la noche del 23 de julio de 2023, Sánchez proclamó abierto ese marco de guerra política bajo su caudillaje con dos palabras: "Somos más". Han transcurrido 30 meses. Hoy debería comparecer públicamente y admitir: "Somos menos". Como no lo hará, le han programado cuatro citas con las urnas para que toda España lo sepa antes del combate final. El único poder real que le queda es fijar la fecha.

Bloque frente a bloque, primer nivel ineludible del análisis electoral en la España de 2026. En Extremadura, 24 puntos y 15 escaños de ventaja de la derecha sobre la izquierda. En Aragón, 12 puntos y 15 escaños de ventaja de la derecha con un navío de la armada oficialista -Podemos- expulsado del Parlamento regional. En cuanto a los buques insignia de cada flota, el PP supera al PSOE por 17 puntos en Extremadura y 10 puntos en Aragón. Nadie espera que en Castilla y León y Andalucía las distancias sean menores. En las encuestas de ámbito nacional, el bloque derechista supera al oficialista por 12 puntos.

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Se acabó el empate crónico entre bloques que duró una década. Durante esta legislatura se ha abierto entre la derecha y la izquierda un socavón electoral que atraviesa España de forma homogénea, exceptuando las comunidades (País Vasco y Cataluña) que disponen de un sistema de partidos propio por la presencia poderosa de fuerzas nacionalistas. Las dos fuerzas tractoras del fenómeno son la crecida espectacular de Vox -compatible con el mantenimiento del PP- y el desplome del PSOE, no compensado -más bien al contrario- por una recuperación de sus aliados de la ultraizquierda, víctimas además de su arraigada vocación fraccional.

Lo más novedoso del tour electoral de la primera mitad del 26 es que Andalucía se comporte como Castilla y León y Aragón como Extremadura, o viceversa. Con leves matices, igual cosa sucedería si entrara en juego cualquier otra comunidad autónoma, con las dos excepciones mencionadas.

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Estamos transitando de la extrema segmentación del voto a la homogeneización creciente de las tendencias, que se manifiesta incluso a nivel transnacional. El despegue de Vox en España reproduce, con cinco años de retraso, los pasos de lo ocurrido en Europa con la extrema derecha; lo mismo puede decirse del ocaso de la socialdemocracia.

Aquí Vox se aproxima al 20% del voto cuando sus homólogos europeos han superado ya el 30% o están a punto de hacerlo; y la caída a plomo del PSOE sigue la estela de la del SPD alemán, agudizada en nuestro caso por la animadversión que el sanchismo suscita en amplios sectores de la población que en el pasado formaron parte de la base electoral del PSOE.

Lo extraordinario del caso español es la resistencia de un partido del centroderecha convencional como la fuerza más votada, aunque estancado en cifras que le impiden aspirar a ejercer un gobierno autónomo no sometido al chantaje de la extrema derecha. Clausurado el espacio de la concertación política y la lealtad institucional, único por el que España puede salir de la decadencia, la perspectiva de ver a un Frankenstein enfurecido practicando la oposición de tierra quemada frente a una réplica de Godzilla es cualquier cosa menos alegre. Sánchez es el fundador de este régimen frentista y nada sustancial tendrá remedio razonable mientras permanezca en la política.

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Regresemos a Aragón, espejo electoral de España. Hay dos formas honestas de valorar el resultado de una elección para designar ganadores y perdedores. Una es medir a cada partido en relación a los demás. Usando ese baremo, si un partido pasa la meta en primera posición con diez cuerpos de ventaja sobre el segundo y 17 cuerpos sobre el tercero y además se alza con el privilegio de ser el único que puede formar gobierno, aquí y en Sebastopol es estúpido negar que es el vencedor de la carrera.

El Partido Popular ha ganado holgadamente en Aragón y en Extremadura, como lo hará en Castilla y León y en Andalucía; y lo haría en este momento en cualquier otro territorio de España, excepto Cataluña y el País Vasco. Puede matizarse esa victoria por las limitaciones que comporta, lo que no puede hacerse sin una gran dosis de sectarismo es negarla. En mi vida profesional anterior participé en la conducción de 60 elecciones. Les aseguro que habría firmado felizmente muchas "victorias amargas" como la de Jorge Azcón en Aragón.

Otra cosa es constatar que a ese partido últimamente se le atragantan las campañas electorales. Cuando apareció el decreto de convocatoria en Aragón, la media de las encuestas situaba al PP en el 37% con una proyección de 30 escaños. En la última semana -la de la censura demoscópica- quienes disponían de encuestas ya vieron venir la caída. El partido ganador ha extraviado cuatro puntos y otros tantos escaños en dos meses, lo que viene ocurriéndole de forma recurrente tras el gatillazo de las generales de 2023.

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El otro método honesto de evaluar el resultado es medir a cada partido consigo mismo y comprobar quiénes avanzan y quiénes retroceden respecto a la elección anterior de la misma naturaleza. Visto así, el veredicto es igualmente claro: retroceden el PP y -mucho más- el PSOE, y avanzan notablemente Vox y la Chunta. Por buscar una pauta, a ambos lados de la trinchera sufren los partidos de gobierno (que, no obstante, siguen recibiendo la confianza del 60% de los votantes) y son recompensados los que atraen el voto impugnatorio; lo que puede indicar el grado de frustración y malestar de los sectores sociales que se sienten fundadamente perdedores de las crisis.

Lo que no es intelectualmente correcto ni honesto es hacerse un lío con los datos objetivos y las expectativas subjetivas, frecuentemente manipuladas como herramientas de campaña. Hay que permitirse demasiados malabares y retorcimientos para convencerse de que el tercero es más vencedor que el primero o, como aseguró el candidato de IU, que quien salvó de milagro un solitario escaño es depositario único de los intereses de la clase obrera.

La elección tiene dos perdedores universales: por un lado el PSOE, que pierde por los cuatro costados: Contempla cómo su rival principal se le distancia irremisiblemente, se ve reducido al triste destino de pelear por la segunda posición, pierde grandes contingentes de votos y comprueba por primera vez -vendrán más- que la apuesta de enviar un pelotón de ministros a las candidaturas autonómicas fue suicida. Aunque tengo para mí que la verdadera misión de los Alegría, Montero, López, Morant y Torres no es competir dignamente en las urnas, sino actuar como cancerberos orgánicos del sanchismo cuando llegue el momento de adargarse en el poder partidario tras perder el del Gobierno.

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El otro perdedor es Podemos, que en 2015 rozó la gloria del sorpaso al PSOE con la misma pócima populista que ahora usa Vox. Entonces el partido de Iglesias tuvo cerca de 140.000 votos. En esta ocasión, 6.200. Descanse en paz.

Aragón es el segundo episodio de la serie de cuatro elecciones autonómicas, anticipatorias de las generales, destinada a mostrar que Frankenstein está muerto como fórmula viable de gobierno, aunque no necesariamente como instrumento de combate político. El sanchismo padece una crisis parlamentaria, una judicial, un colapso de las infraestructuras y servicios públicos esenciales; y por si la mezcla no fuera suficientemente explosiva, se le ha añadido una sucesión de derrotas electorales concentradas en un semestre.

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