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Ignacio Varela

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Vox pasará al PSOE antes de alcanzar al PP

Diga lo que diga la propaganda gubernamental, no es la izquierda sino el PP de Feijóo quien está frenando a duras penas la escalada de la extrema derecha

Foto: El presidente de Vox, Santiago Abascal, participa en un acto electoral en Arroyo de la Encomienda (Valladolid). (EFE/Nacho Gallego)
El presidente de Vox, Santiago Abascal, participa en un acto electoral en Arroyo de la Encomienda (Valladolid). (EFE/Nacho Gallego)
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Este fin de semana, Borja Negrete sacó a pasear una cifra de impacto: desde que Sánchez formó su primera coalición Frankenstein, el PSOE ha perdido 69 diputados en los distintos parlamentos autonómicos. Su sangría de poder y representación territorial es colosal, porque a ello hay que añadir la legión de alcaldías socialistas que se quedaron por el camino (sólo en capitales de provincia, pasaron de 30 a 10).

Se señala esa cifra como síntoma de una presunta estrategia perversa de Pedro Sánchez, que estaría dispuesto a dilapidar el poder territorial de su partido a cambio de salvar el suyo en las generales. No se entiende de qué manera un desmantelamiento electoral del PSOE en los territorios ayudaría a Sánchez a preservar su propio poder en el Gobierno de España, considerando que sus pérdidas masivas en comunidades autónomas y municipios no benefician en nada a sus socios políticos, que mayormente decaen al mismo ritmo que el PSOE, como Sumar y Podemos, o se mantienen a duras penas, como los nacionalistas.

La cifra que da Borja Negrete crecerá a medida que se sucedan las votaciones autonómicas que están en lista de espera: inmediatamente Castilla y León y Andalucía, y después las que votarán en mayo de 2027 -salvo que haya otros adelantos- Es previsible que, al completarse el ciclo, los 69 escaños perdidos hasta ahora por el PSOE en los parlamentos regionales superen de largo el centenar, y que haya que buscar con lupa los alcaldes socialistas en las capitales y núcleos urbanos más poblados.

El cuadro se completa si calculamos los parlamentarios autonómicos extraviados por la ultraizquierda asociada al PSOE y los ganados por el PP y, sobre todo, por Vox. Por si las encuestas no fueran suficientes, los resultados electorales señalan uniformemente el camino de un vuelco electoral en España de naturaleza geológica. Un cambio consistente en el establecimiento de una sólida hegemonía de la derecha y, dentro de ella, de un ascenso vertiginoso de la ultraderecha. Tratar de invertir eso a base de conejos extraídos de una chistera agujereada es un estéril ejercicio de melancolía; y hacerlo agudizando hasta el paroxismo la confrontación bipolar, un acto inútil de suprema irresponsabilidad.

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Todo indica que la sociedad española se suma progresivamente, aunque con retraso, a la corriente prevalente en Europa. La izquierda clásica se hunde en el pantano de su desorientación ideológica y desconexión con la realidad, sin que aparezca una izquierda alternativa que sea algo más que un relámpago inconsistente y fugaz.

Pese a la deriva derechista de la mayoría social, los partidos del centro derecha convencional sufren lo indecible para mantener sus posiciones anteriores. Los tories británicos ya son el tercer partido de su país, los republicanos franceses ni sueñan con competir con los de Le Pen, la CDU alemana se aferra a una gran coalición con el SPD mientras Alternativa por Alemania ya la ha superado en la intención de voto, Chega representó a la derecha portuguesa en la segunda vuelta de las presidenciales… y qué decir de Italia, donde la ultraderecha puede permitirse el lujo de fragmentarse en dos (el partido de Meloni y el de Salvini) para repartirse cómodamente cerca del 50% del voto anunciado.

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En España, los dos partidos tradicionalmente mayoritarios lo siguen siendo, si bien su parte del pastel desciende consistentemente. En las generales del 23, PP y PSOE agruparon el 65% del voto. En las encuestas más recientes están en torno al 58%. Con una participación equivalente a la de entonces y sin considerar el aumento del censo, ello significa que los dos grandes habrían perdido cerca de dos millones de votantes desde 2023, aunque no en proporciones iguales: es mucho más cuantiosa la hemorragia del PSOE que la del PP.

De hecho, resulta meritorio que el partido de Feijóo vaya consiguiendo mantener su posición, aunque ya con visible desmayo, pese a la subida en flecha de Vox. Hoy los dos partidos de la derecha suman el 52% de la intención de voto (frente al desfalleciente 37% de la izquierda), del que algo más del 60% corresponde al PP y casi el 40% es ya de Vox.

Medido en nuestra historia electoral, el dato es más que alarmante; comparado con lo que sucede en el resto de Europa, España es una muy estimable excepción. Diga lo que diga la propaganda gubernamental, no es la izquierda sino el PP de Feijóo quien está frenando a duras penas la escalada de la extrema derecha.

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La mayoría de los analistas coincide en que el objetivo prioritario de Abascal no es echar del Gobierno a Sánchez (con quien mantiene una muy productiva cooperación), sino sobrepasar al PP al frente de la derecha, emulando lo que en la izquierda intentó y casi consiguió Pablo Iglesias en 2016. Quizá por eso los portavoces del oficialismo jalean con entusiasmo digno de mejor causa las crecidas electorales de Vox, que reducen drásticamente la probabilidad del PP de formar gobiernos políticamente autónomos y no sometidos al chantaje de la extrema derecha.

Pero olvidan algo que sus correligionarios han aprendido en el resto de Europa. Para que el tercer partido supere al primero, antes tiene que superar al segundo. Y eso es lo que se está anunciando cada vez con mayor claridad. Vox está al borde de alcanzar la barrera psicológica del 20% del voto, mientras el PSOE, en su continuado descenso, se aproxima peligrosamente al 25%. Considerando las votaciones previstas para el año 27, puede decirse que en este momento ignoramos el suelo electoral del PSOE y el techo de Vox.

En la actualidad, el partido de Abascal está mucho más cerca de alcanzar y rebasar al de Sánchez que al de Feijóo. No sólo porque la distancia es menor, sino porque la tipología del elector que se está sumando aceleradamente a Vox responde sociodemográficamente al retrato robot del votante tradicional de la izquierda: hombres jóvenes de clase media baja y empleo precario, habitantes de núcleos urbanos con gran densidad poblacional situados en la periferia de las capitales. Es decir, perdedores objetivos y subjetivos de la crisis con proyectos vitales truncados. En Cataluña, esos votantes están llevando en volandas a la Aliança Catalana de Orriols; en el País Vasco harán posible el sorpaso de Bildu al PNV; en el resto de España, son la clientela favorita de Abascal.

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Según el solvente análisis de José Antonio Gómez Yáñez en The Objective, Vox es ya la segunda fuerza en cuatro provincias del sudeste español: Almería, Málaga, Murcia y Alicante; y se aproxima en Granada, Cádiz, Baleares y varias provincias de las dos Castillas. Según encuesta de Sigma Dos para El Mundo, más de 300.000 votantes de Sánchez en 2023 anuncian hoy su intención de apoyar a Vox. Según encuesta de GESOP para El Periódico, el PSOE y Vox empatarían a votos en las autonómicas de Andalucía. Impresiona imaginar al que se autodenominó "El gran partido de los andaluces" luchando por no ser tercero en esa tierra, pero la dupla Sánchez-María Jesús Montero es capaz de cualquier hazaña.

Este fin de semana, Borja Negrete sacó a pasear una cifra de impacto: desde que Sánchez formó su primera coalición Frankenstein, el PSOE ha perdido 69 diputados en los distintos parlamentos autonómicos. Su sangría de poder y representación territorial es colosal, porque a ello hay que añadir la legión de alcaldías socialistas que se quedaron por el camino (sólo en capitales de provincia, pasaron de 30 a 10).

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