Ecogallego
Por
Perdidos los bosques, a ver si somos capaces de salvar los suelos
La emergencia no acaba tras apagar las llamas. Los expertos urgen a las administraciones a activar medidas para evitar la erosión del suelo forestal en las zonas afectadas por los incendios
El impacto visual de un bosque quemado es escalofriante. La sensación de angustia que transmite ese paisaje vacío y ennegrecido, carente de vida, amplificado por el silencio de las cenizas, es insoportable. Ni un solo trino, ningún croar, cesó el murmullo de las ramas al viento. Todo parece haber desaparecido para siempre. Sin embargo no es así. Todavía nos queda el suelo.
La vida en el bosque se desarrolla de abajo a arriba y tiene su origen en uno de los mayores aljibes naturales y almacenes de carbono que existen en el planeta: el suelo forestal. De él se deriva todo lo que conforma el paisaje vivo. Hongos y líquenes, plantas y árboles, insectos y arácnidos, reptiles y anfibios, mamíferos o aves: todo cuanto late deriva de ese laboratorio químico que la naturaleza mantiene en el primer palmo de suelo.
En ese mundo oculto los pequeños microorganismos, como bacterias y protozoos, y la fauna edáfica, como ácaros, colémbolos o lombrices, actúan como un eficaz obrador: procesando las sustancias de desecho orgánico para transformarlas en nutrientes y alimentar al resto. Todo depende de ese sustrato básico: si lo perdemos, el resto del ecosistema se desmorona.
Opinión Por eso es tan urgente protegerlo ahora, tras el paso de las llamas, cuando se muestra desnudo e indefenso. Porque aún siendo grave la pérdida de buena parte de nuestra cubierta forestal, aún resultaría más grave malograr ese laboratorio natural que la sustenta. Ese primer palmo de tierra que, aún bajo las cenizas, sigue obrando para levantar el próximo bosque.
Los expertos en gestión forestal, las instituciones científicas y organizaciones ambientales señalan la erosión del suelo como el daño ecológico más grave que ocasionan los incendios. Tras su demostrada incapacidad para dejar a un lado el enfrentamiento político y luchar juntas contra el fuego, esta semana la oenegé conservacionista SEO/BirdLife apelaba a las administraciones públicas a “coordinarse y tomar medidas inmediatas para proteger el suelo, los cursos fluviales y las masas de agua tras los incendios forestales”.
Tras perder más de 400.000 hectáreas de superficie forestal en lo que llevamos de año, esta organización apela a la responsabilidad de los gobiernos locales para no perder ahora los suelos afectados por las llamas. En ese sentido llama a sus responsables a “mantener la atención y la actividad en las áreas quemadas para prevenir los efectos adversos del post-incendio, tanto en las poblaciones locales como en los ecosistemas y las especies”.
El ingeniero forestal Celso Coco es el responsable del Observatorio de la Red Estatal de Montes Públicos. En conversación con El Confidencial aclara que el fuego puede impactar en el territorio en diferente grado, dependiendo de la intensidad y la persistencia del incendio, hasta provocar alteraciones que van mucho más allá de la impactante desaparición de la vegetación, como la erosión del piso forestal.
Según este experto “el incendio consume la vegetación y la materia orgánica del suelo, que es fundamental para su fertilidad, y descompone una parte importante de los nutrientes, especialmente el nitrógeno. Otra parte queda en forma de cenizas, que aunque inicialmente pueden enriquecer el suelo con algunos minerales, son extremadamente vulnerables”. Por ejemplo a la acción del viento y las tormentas otoñales.
“La combinación de un suelo desnudo, alterado y a menudo hidrofóbico, unido a las altas pendientes, lo hace extremadamente vulnerable”, añade. “Las primeras lluvias torrenciales posteriores al incendio provocan una escorrentía superficial masiva que arrastra las cenizas y las partículas del suelo, causando una erosión acelerada que puede eliminar en pocos años capas de suelo que tardaron siglos en formarse”.
Además, las cenizas y los sedimentos arrastrados por las lluvias acaban acumulándose en el cauce de los ríos y en los embalses, contaminando las aguas por el exceso de carbono orgánico o la presencia de metales pesados, entre otros. Unos contaminantes que no solo afectan a los ecosistemas acuáticos, sino que corrompen los recursos hídricos. El temor de SEO/Birdlife es que las consecuencias de los post-incendios “tengan efectos invisibles cuando la atención mediática ya no esté en los montes quemados”.
Celso Coco subraya también el importante papel del suelo como elemento vertebrador del paisaje “pues la vegetación que acoge, con sus raíces, actúa como anclaje estabilizando el terreno”. Sin ese amarre y con un suelo debilitado por el fuego “el riesgo de deslizamientos y desprendimientos aumenta significativamente, sobre todo en aquellas zonas con pendientes altas, lo que supone una amenaza para las infraestructuras y la seguridad de las personas”.
Respecto a las medidas de restauración que se deben poner en marcha para proteger ese patrimonio oculto, este experto coincide con el resto en apelar a la responsabilidad de las administraciones para que lleven a cabo “de manera urgente, prioritaria y adaptativa: centrándose primero en mitigar los riesgos y luego en facilitar la recuperación del ecosistema”.
Y lo prioritario ahora es evitar que las lluvias torrenciales arrastren la tierra quemada de las laderas multiplicando los daños del incendio, provocando un vertido masivo de amoniaco y nitratos en las aguas que reciban la escorrentía de las cenizas. Algo que provocaría cambios en el pH, un incremento en la turbidez y una disminución del oxígeno, dando lugar a procesos de eutrofización. Todo ello sin olvidar la alta contaminación generada por los pirorretardantes empleados durante las labores de extinción de los incendios.
Para evitarlo, este experto recomienda instalar fajinas, albarradas (pequeños diques de troncos, piedras y otros materiales disponibles en la zona) y acolchados. Unas estructuras que frenan la escorrentía, retienen sedimentos y favorecen la infiltración. El acolchado, por ejemplo, puede ser un elemento muy oportuno para empezar con las labores de prevención y recuperación. Esta medida, conocida como ‘mulching’, también ha sido propuesta estos días por el Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales como una primera respuesta, "eficaz y económica", para evitar la erosión.
Por último, los técnicos forestales recuerdan que antes de poner en marcha cualquier plan de reforestación, es necesario evaluar la capacidad de regeneración natural de las áreas afectadas por los incendios. Para Celso Coco, “en muchos casos es más oportuno evaluar y monitorizar la aparición de brinzales (plantones procedentes de semilla) y chirpiales (brotes de cepa o raíz) que empezar a plantar”.
Además también puede darse una respuesta natural excesiva, “con masas muy espesas que compiten por el agua y la luz, estancando su crecimiento y mostrándose extremadamente vulnerables a las sequías y a nuevos incendios”. En tal caso la actuación debería ser exactamente la contraria, “eliminando pies jóvenes para reducir la densidad y garantizar la resiliencia y el crecimiento sano del nuevo bosque. Y en todo caso, si finalmente es preciso recurrir a la reforestación, “se deberán priorizar las especies mejor adaptadas a los escenarios de mayor aridez y estrés hídrico hacia los que nos está conduciendo el cambio climático”.
El impacto visual de un bosque quemado es escalofriante. La sensación de angustia que transmite ese paisaje vacío y ennegrecido, carente de vida, amplificado por el silencio de las cenizas, es insoportable. Ni un solo trino, ningún croar, cesó el murmullo de las ramas al viento. Todo parece haber desaparecido para siempre. Sin embargo no es así. Todavía nos queda el suelo.