La suimanga palestina es uno de los pájaros más bellos de Oriente Medio. Su área de distribución incluye los frágiles ecosistemas de la franja de Gaza, arrasados ahora por los constantes bombardeos de Israel
Macho de suimanga palestina. (SEO BirdLife/Salva Solé)
En las tierras de Gaza vive una pequeña ave, casi invisible para quienes solo ven con ojos destructivos: la suimanga palestina (Cinnyris osea), también conocida como ave del sol de Palestina. Una especie que no tiene ejército, ni sabe de fronteras, pero que lleva en sus alas la memoria de una tierra que resiste, donde el mar besa sus codiciadas playas con una ternura que contrasta con el estruendo aterrador que retumba en sus cielos.
Cada mañana, cuando el humo de los bombardeos aún no ha terminado de disiparse, el ave del sol de Palestina vuela entre los restos de sus campos devastados, buscando alguna flor que se abra a la esperanza. Su canto es breve, pero profundo. No canta por amor a la belleza, canta para dar testimonio: porque en Gaza, hasta el aire debe ser defendido de la barbarie.
Acuarela de suimanga palestina pintada al natural por Juan Varela: artista, biólogo y vicepresidente de SEO/BirdLife.
Los niños la dibujaban en sus cuadernos -es el ave nacional de Palestina- pero con colores que ya no existen en sus calles. Las gentes la consideran un símbolo de lo que fue su pueblo, de lo que podría ser. Y el ave también sufre. Cada bomba que cae destruye hogares, arrasa campos y jardines, contamina el suelo, envenena el agua, acaba con la vida de sus habitantes y le roba sus paisajes. La injusticia humana y ambiental se dan la mano en Gaza, como dos sombras inseparables.
El ave del sol no entiende de política, pero sí de pérdida. Observa cómo los campos se vuelven invivibles, cómo las aguas se oscurecen, los olivos centenarios se derrumban y los cantos de otras aves se apagan. Sin embargo, sigue sobrevolando su amada tierra: la tierra herida de Gaza. Su vuelo es el más bello ejemplo de resistencia. Cada vez que se posa en una rama destruida y empieza a cantar parece anunciar al mundo: “Aquí aún hay vida, pongamos fin a este sufrimiento”.
Hembra de suimanga palestina. (SEO BirdLife/Salva Solé)
Adoptemos al ave del sol como símbolo ecologista y pacifista. No solo por su belleza, sino porque representa la lucha por una tierra sana, libre y viva. En Gaza, defender el medio ambiente es también defender el derecho de su pueblo a existir. No hay justicia ambiental sin justicia social. No hay paz para los árboles, para las aves y para el resto de plantas y animales sin paz humana.
Por todo ello, en esta tierra herida, a orillas del Mediterráneo, la bellísima suimanga palestina se convierte ahora en cronista, en poema, en bandera, en protesta. La injusticia en Gaza se multiplica, pero el ave del sol de Palestina no dejará de cantar mientras haya una flor que se atreva a abrir.
Sumemos nuestras voces a su canto. Reclamemos el fin del genocidio y el ecocidio en Gaza.
Asun Ruiz es bióloga y directora ejecutiva de SEO/BirdLife
En las tierras de Gaza vive una pequeña ave, casi invisible para quienes solo ven con ojos destructivos: la suimanga palestina (Cinnyris osea), también conocida como ave del sol de Palestina. Una especie que no tiene ejército, ni sabe de fronteras, pero que lleva en sus alas la memoria de una tierra que resiste, donde el mar besa sus codiciadas playas con una ternura que contrasta con el estruendo aterrador que retumba en sus cielos.