Bitcoin sí, Coinbase no
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Javier Molina

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Bitcoin sí, Coinbase no

En 'COIN' se pueden quedar muchos de los principios originales que pueden terminar eliminando el sueño original

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(Reuters)

Desde que en 2016 empecé a escribir en esta misma tribuna sobre los activos digitales y bitcoin (BTC) en particular, he intentado explicar las razones que me llevaban a buscar un posicionamiento limitado y controlado a nivel de infraestructura, en este ecosistema. Bitcoin como ese nuevo asset class que diversifica un portfolio tradicional, mejorando la rentabilidad y riesgo del mismo, puede tener sentido como esa reserva de valor a modo de oro digital (sin ser excluyente de aquel), como obtención de utilidad en la forma en que propone el intercambio de valor, como una alterativa para protegerse frente la inflación, como puerta de entrada a los nuevos modelos de negocio que van apareciendo en este entorno de la criptoeconomia, a modo de “Sound Money” como comentaba el profesor Daniel Díez, o como simple tendencia que no podemos dejar de investigar a poco que tengamos inquietudes en temas de mercados, de tecnología o de nuevas formas de negocios en un entorno cada vez más digital.

Una de las líneas iniciales que he venido manteniendo desde el inicio, es que el proceso de adopción (base para el triunfo de cualquier cambio) del que tanto se habla en este entorno cripto y de bitcoin (BTC) en particular, pasa por tres puntos principales. En primer lugar y ante la falta de confianza generalizada que la población mundial tiene en sus gobiernos y en la élite dominante, el ecosistema pretende establecer una alternativa sin intermediarios y utilizando la verdad matemática como punto de partida viable para enfrentarse a ciertos campos. En España por ejemplo y para 2020 según datos de la OCDE, sólo el 38% de sus habitantes confían en el sistema, y países como Italia, UK, USA o Japón quedan en lecturas muy similares. En segundo lugar, estamos asistiendo a un trasvase de riqueza de unas generaciones a otras donde, por cierto, los millennials son el grupo más numeroso en términos absolutos en las economías más desarrolladas. Esto supone que unos 16 billones de USD cambiarán de manos en los próximos 30 años (fuente Wealth-X LLC), cayendo aquella en esa parte de la población que ya son 100% digitales, cuyos hábitos de vida y necesidades son totalmente distintos a generaciones analógicas o hibridas anteriores, y que entienden el futuro tanto del dinero como de la inversión, de forma heteróclita a como lo hacen sus padres. Por último, siempre he mantenido la idea de que, en cuanto Wall Street viera la oportunidad de generar ingresos en todo el entorno de los activos digitales, la adopción pasaría al siguiente nivel.

Foto: (Reuters) Opinión

Estos puntos anteriores se van cumpliendo poco a poco y, flujo de ese incremento de demanda asistimos al aumento de precio de bitcoin (BTC). Al ser este un activo escaso, que cumple con alguna de esas utilidades mencionadas para cada vez más gente, tener una oferta limitada por su protocolo (sí, no hay incentivo económico alguno para que esto cambie) genera un desequilibrio entre oferta y demanda cuando esta última empieza a incrementarse por la utilidad que genera (o puede generar) para quien lo adquiere y, hasta que no se logre el equilibrio entre esas fuerzas, el precio es la variable de contrapeso de la ecuación (lo que explicaba bajo el nombre de “trinidad imposible”). Si asumimos la curva de demanda en S para una tecnología, podemos obtener ciertas analogías con lo que puede suceder en el caso del bitcoin (BTC). Comparando la evolución de ambas variables, la proyección de un precio de equilibrio puede ser el centro de una buena aproximación.

En este contexto, fueron primero los visionarios los que adoptaron la criptoeconomia y lo que ésta aporta, les siguieron los especuladores en busca de dinero fácil y, en este último ciclo, se han añadido además los inversores institucionales, generando un nuevo tensionamiento de los precios al alza por simple desproporción de la ecuación anterior.

Sin embargo, los cambios producidos en este último año son de mayor y profundo calado pues, más allá de los precios, los nuevos negocios que se abren bien sean del lado de las finanzas programables (DeFi), de lado de la tokenización, o de la explosión de los derechos de propiedad en el entorno digital (NFT), han hecho converger los tres puntos anteriores en una especie de nueva revolución del valor que, regulación mediante en algún momento futuro, ha llegado para quedarse.

Foto: EC Diseño

Es por todo esto, que no es poco, por lo que siempre he sugerido el estudio y la comprensión de bitcoin y de su unidad de cuenta (más allá de las razones por las que debe tenerla en un portfolio diversificado), como una de los grandes hitos en la historia de la tecnología, de los mercados y de cómo un activo emanado desde la base, consigue llegar hasta la parte superior de la pirámide organizacional.

Y como no podía ser de otra manera, en un momento donde los tipos de interés permanecen bajos empujando a los inversores a asumir más riesgo en búsqueda de rentabilidad, donde nos encontramos con el mayor “momentum” nunca visto antes en los criptoactivos, con jugadores de la talla de Tesla, PayPal, Fidelity, Visa o Microstrategy (convertida, esa sí, en una versión cotizada de bitcoin) tomando parte, de una u otra forma, en el ecosistema de los activos digitales, con las cotizaciones de bitcoin (BTC) o el ether (ETH) en máximos históricos y con un hype de duración y magnitud que está superando todas las expectativas, la primera Exchange de criptoactivos, cuya materia prima es todavía alegal, sale a cotizar en mercado oficial regulado con una valoración, por supuesto, digna del actual momento de euforia.

Me dirá el lector muy acertadamente que, puestos a destacar las altas valoraciones, en el caso del bitcoin (BTC) la burbuja en la que se puede encontrar es de dimensiones épicas. Y no le falta razón. Pero existe una diferencia no menor, entre cómo podemos valorar un activo cuya utilidad se está descubriendo, que cuenta con las propiedades de escasez antes expuestas y cuya valoración efectivamente es subjetiva hasta cierto punto y, de otro lado, un activo totalmente valorable por métodos clásicos establecidos que, simplemente, se aprovecha (como tantos otros) del actual momento dulce de los mercados clásicos.

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Coinbase (COIN) es, en esencia, una plataforma regulada de negociación de criptoactivos. Su modelo de negocio depende de las comisiones que ingresa, del volumen negociado y del grado de adopción que se va generando. Convertida en una de las Exchanges más conocidas del mundo, con una aplicación sencilla y muy intuitiva enfocada a facilitar la operativa a nuevos clientes, ha ido incorporando nuevos servicios centrados en la generación de comisiones. Desde una plataforma avanzada (Pro) hasta servicios para clientes institucionales, la oferta que COIN mantiene actualmente es percibida por los usuarios como suficiente, relativamente segura en un entorno complejo y cuyo seguimiento de la regulación vigente (hasta donde ésta alcanza) queda fuera de toda duda. Si yo tuviera que empezar ahora a invertir en bitcoin (BTC) esta sería, sin duda, una de las opciones sencillas que me plantearía (en su versión profesional).

COIN ha salido a bolsa con una capitalización que, en los dos primeros días de cotización, ha llegado a superar los 100.000 millones de dólares, con un total de 261,3 millones de acciones (clases A y B). No podemos negar que dicho evento marca un hecho histórico para los criptoactivos. Que una plataforma (a modo de entidad financiera de ese espacio) cripto se ponga de largo en un mercado clásico, a esos precios y con ese interés es, cuando menos, digno de estudio y una manifestación clara del cambio de paradigma al que estamos asistiendo.

Sin embargo, ni los principios que llevan a que muchos inversores compren bitcoin (BTC), ni los que están empujando a comprar COIN ahora, son fundamentalmente correctos. En el primer caso, los argumentos que los nuevos “bitcoiners” manifiestan poco tienen que ver con crear una revolución monetaria, un sistema de pagos descentralizado o una moneda del pueblo (objetivo inicial de Satoshi Nakamoto). Tampoco responden al deseo de diversificar una cartera, cubrirse contra una potencial inflación o querer participar en el nuevo software que se comerá al viejo software. Los motivos mayoritarios que actualmente empujan a los inversores responde más bien a un único deseo de pretender vender mucho más caro el activo adquirido, con independencia de la existencia de unas u otras razones. Es por eso que, como decía un autor el otro día, no son esas palabras las que alcanzan tendencia en redes sociales, sino más bien otras del tipo “BTCToTheFrickingMoon”. Y eso está bien mientras que, como sucede con las acciones, los bonos o el inmobiliario, lo “irracional siga siendo racional” pero, para quien aplique un mínimo de seriedad inversora, creo que no hace falta explicar que esas situaciones, tarde o temprano, terminan mal y solo el aplicar un sistema de inversión seria, evita a la larga, caos como el experimentado en 2018 en ese entorno.

"En COIN se quedan principios originales que pueden acabar con el sueño original"

En el caso de COIN, con una capitalización de 100.000 millones de USD a día de hoy, el inversor está asumiendo que la empresa mantiene un beneficio neto después de impuestos del 25%, con un aumento compuesto de los ingresos del 50% en los próximos 7 años. Todo ello suponiendo que son capaces de mantener las comisiones actuales (de las más altas del sector), que no entran nuevos competidores y que la actividad frenética que viven ahora los criptoactivos se mantiene, por lo menos, en similares porcentajes de crecimiento. Solo con un vistazo a lo que ha sucedido en el mercado clásico, con bróker y hasta ETFs que aplican nulas o casi cero comisiones, podemos intuir que algo no cuadra en esta promesa implícita en la valoración actual. La guerra que han vivido los jugadores clásicos se trasladará al ecosistema cripto, entrarán nuevos competidores y solo aquellos que sean capaces de innovar y generar valor más allá de ser uno de los primeros (que sin duda tiene su valor) terminarán siendo rentables. En cualquier caso, quien compra COIN no invierte en bitcoin (BTC) pese a que, a día de hoy la correlación puede ser alta. Puede darse el caso de que la pérdida de cuota de mercado de una Exchange coincida con el aumento de la actividad de los activos digitales, generando ventas de las acciones de ese participante de mercado. O que la capacidad de innovar y adaptarse a las nuevas corrientes que surjan sea insuficiente, provocando igual desazón inversora.

En cualquier caso, temas de valoración aparte y a pesar de reconocer el gran hito que la salida a bolsa de COIN supone, que sea una entidad regulada y cotizada en un mercado financiero organizado el mayor exponente de la “cripto revolución”, no deja de ser una incoherencia absoluta con respecto a los principios arriba comentados. Entiendo que es un “sacrificio” que hay que hacer para, pasada la “irracionalidad racional” volver sobre los pasos y lograr el fin último, pero en el camino se pueden quedar muchos de los principios originales que pueden terminar eliminando el sueño original. Es por eso que sigo pensando que bitcoin (BTC) sí y COIN como inversión, no.

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