¿Arde París? (Populismo, economía y política)

¿Por qué nos inventamos problemas? El ser humano tiene desde pequeño la necesidad de ser reconocido, de dotarse de una identidad y de pertenecer a un grupo

Foto: Un policía extingue un fuego en una de las manifestaciones en París (Francia). (Reuters)
Un policía extingue un fuego en una de las manifestaciones en París (Francia). (Reuters)

Poco antes de terminar la Segunda Guerra Mundial, cuando ya la entrada del ejército aliado en París era inevitable, Hitler dio la orden de dinamitar y quemar los monumentos principales de la ciudad antes de retirarse. Afortunadamente, el general responsable de hacerlo, Dietrich Von Choltitz, no ejecutó la orden. La pregunta que Hitler hacía a sus colaboradores en esos momentos, "¿arde París?", sirvió de título a un libro de Dominique Lapierre y Larry Collins que se hizo famoso.

Pues bien, si nos dejamos convencer por la realidad aumentada a la que nos tienen sometidos las redes sociales y muchos medios de comunicación que las siguen y alimentan, parece que lo que no pudo el Tercer Reich lo van a hacer ahora unos cuantos aficionados vestidos con el uniforme de arreglar pinchazos.

Hay veces que una imagen (en este caso dos) merece más la pena y argumenta mucho mejor una idea que las mil palabras que esperan de este blog. Estos días, un tuit comparando dos fotos sobre un mismo hecho (hoguera frente al Arco del Triunfo), pero con distinta perspectiva, se viralizó por redes sociales como elemento de crítica a la cobertura informativa realizada sobre los episodios violentos protagonizados por los chalecos amarillos.

Al final, un hilo explicativo de la agencia de fotos AFP desmontaba la tesis. La supuesta manipulación es un 'fake'. Sin embargo, existía una predisposición a creer que el mal uso del periodismo directo había propiciado esa mala praxis profesional. En el libro recién publicado de José Antonio Marina y Javier Rambaud, 'Biografía de la humanidad', definen la decadencia como el momento en que una cultura se empeña en crear más problemas de los que puede resolver, porque cuando esto pasa, los problemas vencen.

¿Y qué es lo que hace que nos dediquemos a inventarnos problemas? Pues, según el denostado Fukuyama, que acaba de publicar otro libro titulado 'Identity', lo hacemos por necesidad de reconocimiento. El ser humano tiene desde pequeño la necesidad de ser reconocido, de dotarse de una identidad y de pertenecer a un grupo. Una de las primeras cosas que decimos en nuestra vida es “mamá, mira lo que hago”, y cuando no nos mira lloramos para llamar la atención porque no soportamos no ser reconocidos. Que tengamos de todo no es suficiente.

[Salvar la democracia liberal]

En el año 1992, Bill Clinton le ganó unas elecciones al recientemente fallecido George Bush. Aparentemente, cuando empezó la campaña, Clinton tenía esas elecciones prácticamente perdidas, pero gracias a un mensaje sencillo, “es la economía ¡estúpido!”, consiguió darle la vuelta. Desde entonces, el lema se ha usado de forma recurrente muchas veces cambiando el foco de atención. Para mí, ya 'no es la economía' o, por lo menos, no solo la economía. La política se ha convertido, probablemente por desgracia, en la herramienta clave para superar la gran crisis de hace 10 años.

Jean-Claude Juncker, en una frase premonitoria, dijo ya hace unos años que todos los políticos en Europa entendían las medidas que había que aplicar para superar la crisis, pero lo que no sabían era cómo hacer para volver a ganar las elecciones después de aplicarlas. Por eso se han vuelto todos populistas y por eso les cuesta tanto obligar a que se apague una barbacoa delante del Arco del Triunfo o despejar una autopista cerrada por un piquete nacionalista.

Decía Serrat en una canción, “niño, deja ya de joder con la pelota”, y la cuestión es cómo conseguimos que el niño deje de hacer el idiota, y de molestar a todo el mundo, sin salir en la portada de un informativo. Eso sí, si se trata de China, el día que viene el nuevo emperador a visitarnos, el que se disfraza de Winnie de Poo no sale a la calle.


Humpty Dumpty

Hace un mes propuse elegir al político que hubiera hecho más méritos para ganarse la denominación de Humpty Dumpty del mes. Se trataba de premiar a aquel que hubiera torturado el diccionario de forma más manifiesta. (“Cuando yo uso una palabra, significa lo que yo quiero que signifique”).

La competencia ha sido muy intensa y, probablemente, antes de las elecciones andaluzas el desdoblamiento de personalidad atribuido al presidente del Gobierno y a Pedro Sánchez habría sido ganador indiscutible, pero después de las elecciones, el listón subió muchísimo con interesantísimas contribuciones.

Ha sido muy interesante ver cómo se argumentaba que en Andalucía debería gobernar la lista más votada o cómo se consideraba partidos constitucionalistas a aquellos cuyos representantes (alguno de ellos al menos y en algún momento) han jurado para estar en el parlamento, aunque luego quisieran cargarse la Constitución.

Pero, probablemente, el recuento particular de votos de Susana Díaz, descontando los de Vox para declararse con mayoría suficiente para gobernar, sea, por su sencillez argumentativa, el ganador virtual. Resuelve, además, una paradoja matemática que veníamos arrastrando desde hace años todas las noches electorales. Por alguna extraña razón, todos los candidatos habían ganado. Ahora sabemos por qué. Si solo cuentas los votos de los que te han votado a ti, has obtenido el 100% de los votos. Como para no estar contento.

Quedaremos a la espera de lo que sea capaz de inventar esta semana Theresa May que, de momento, para no perder una votación clave, ha decidido suspenderla hasta que consiga convencer a los que tienen que hacerlo que voten lo que ella quiera. Como dijo su paisano Lewis Carroll, el problema sigue siendo “saber quién manda”.

Desnudo de certezas
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