No existen las bolas de cristal: espera lo inesperado en 2019

La dificultad de explicar todavía lo que ha pasado este año hace que nos invada a todos un fervor escéptico de proporciones socráticas. Solo sé que no sé nada

Foto: Bola de cristal
Bola de cristal

Normalmente, todos los primeros de año, a los que se nos supone, por alguna excesivamente generosa razón, expertos en los mercados financieros se nos pide que recurramos a nuestra bola de cristal y digamos que es lo que va a pasar durante el año siguiente. Normalmente también, en ese compromiso, lo más socorrido es pronosticar una subida de la bolsa que sea de un diez por ciento. Suele quedar bien y, además, es un porcentaje que debería coincidir con la media histórica.

Este año, salvo despiste, no veo muchas previsiones y, si las hay, tienden a aspirar a mucha menos precisión que en años pasados. Probablemente, la dificultad de explicar todavía lo que ha pasado este año hace que nos invada a todos un fervor escéptico de proporciones socráticas. Solo sé que no sé nada.

Pues bien, para llevar la contraria y desde la protectora “desnudez de certezas” con la que se titula este blog, les voy a dar mi opinión de lo que está pasando y de lo que creo que va a suceder.

Por un lado, ya he comentado aquí que lo que ha ocurrido este año con el precio de prácticamente todos los activos cotizados tiene que ver mucho más con la falta de confianza que ha generado la política que con razones estrictamente económicas.

En Europa, donde las valoraciones llevan siendo desde la gran crisis del 2008 mucho más bajas que las del mercado estadounidense, han vuelto las incertidumbres sobre el futuro de la moneda única por una acumulación de torpezas políticas debidas, fundamentalmente, a la influencia “transversal” del populismo, de la que tanto el Brexit, como el gobierno de los extremos en Italia o la situación en Francia o en España son consecuencias directas. Aunque se sabía, según Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, cómo arreglar la economía, pero no como ganar unas elecciones después, no ha habido responsabilidad suficiente para hacer lo primero y lo segundo cae por su propio peso. Si no se arregla la economía, tampoco se ganan las elecciones. Probablemente se ganarán menos.

En Estados Unidos la historia ha sido un poco distinta y su situación relativa es mejor. Por eso las valoraciones son mucho más altas. Las medidas que se tomaron, aunque heterodoxas, si esto quiere decir algo, si devolvieron la economía a niveles de pleno empleo y a una senda de fuerte crecimiento, pero la fractura social que se puso de manifiesto entre la América profunda y las costas, unida a la concatenación de factores que ya conocemos, posibilitó el acceso de Donald Trump a la presidencia y esto ha complicado mucho la gestión adecuada de un aterrizaje suave.

En estos momentos, los problemas principales en Estados Unidos son tres: una política interna muy radicalizada (ellos lo llaman partisanismo), la compleja gestión por parte de la Fed de las expectativas respecto a la política monetaria y el efecto distorsionador que está teniendo para el crecimiento mundial la guerra comercial con China.

Desde diciembre, los estadounidenses (y consecuentemente el resto del mundo) tienen un cuarto problema, consecuencia de los anteriores, que es la caída de las bolsas. Los mercados son instrumentos de descuento de expectativas y, si los políticos dicen o hacen tonterías, las cotizaciones acaban reflejando la falta de confianza que esas actitudes producen. Y el problema no es solo que todo valga menos. Algún idiota podría alegrarse de que el patrimonio de Bill Gates o Warren Buffet valga un 30% menos, porque eso reduce la desigualdad, pero ellos siguen estando igual de bien mientras que el empeoramiento de las expectativas que esos precios reflejan llevarán a una reducción de las inversiones y a un aumento del paro. A esto es a lo que llama George Soros reflexividad.

Algún idiota podría alegrarse de que el patrimonio de Bill Gates o Warren Buffet valga un 30% menos, porque eso reduce la desigualdad, pero ellos siguen estando igual de bien


Vamos a ver qué puede pasar empezando por Estados Unidos.

Por un lado, a Trump le interesa que suba la bolsa estadounidense. Ha sido para él el barómetro de su éxito. La política interna va a depender menos de él dado que no cuenta con apoyo parlamentario suficiente. Es muy importante conocer quién será el próximo candidato demócrata que aspirará a la presidencia en el 2020. Lo preferible es un perfil moderado, pero la radicalidad será una baza política en las primarias que nos ocuparan una parte larga del año.

Respecto a la Fed, no debemos descartar la sorpresa. De momento, las expectativas de subida de tipos se han reducido bastante y, aunque existe un desalineamiento claro entre Jerome Powell y Trump, debemos prever una política monetaria más laxa, aunque solo sea porque los mercados le están haciendo parte del trabajo.

Donde Trump tiene más margen y depende más de si mismo es en la solución del conflicto comercial con China. A las dos partes les interesa una tregua en estos momentos. Sin un fuerte crecimiento económico interno, el proyecto imperial chino quedaría comprometido y los datos que se van conociendo apuntan a una ralentización de su economía. A esta noticia, que sería muy positiva, le doy una probabilidad alta en el primer trimestre.


Respecto a la bolsa estadounidense, una de las grandes dudas durante el año pasado era el nivel de las valoraciones y la otra, la excesiva duración temporal del ciclo alcista. La corrección sufrida en el último trimestre del año, lógicamente, elimina el argumento del tiempo (si hubiera sido de peso) y matiza el de las valoraciones, ya que, salvo que veamos una gran contracción de los beneficios, los precios son ahora muchos más atractivos y la comparación con los bonos mucho más favorable.

Sin expectativas en Europa

En Europa no hay expectativas de buenas noticias tan inmediatas y la ralentización de la economía parece más clara, pero a cambio las empresas están mucho más baratas. Hoy el Euro Stoxx 50 y el Ibex 35 cotizan a niveles de hace 20 años y, aunque han pasado muchas cosas, las empresas europeas y españolas se han vuelto mucho más globales.

Respecto a los líos políticos, el hito más relevante son las elecciones europeas de mayo. Una mayoría de sensatos en el parlamento europeo sería un resultado muy importante y dejando las frivolidades de los votantes aparte también parece que es el escenario, aunque ajustado, más probable. Con el Brexit, a corto plazo, cualquier desenlace es posible, aunque no preveo que tenga una gran incidencia más allá del posible “autosuicidio” británico. Y en el largo plazo tenderemos a una cronificación, otra más, del problema sin llegar a la ruptura con Europa, porque nos necesitan, aunque no les gustemos mucho.

El euro no se va a romper y quizá haya sido la aparición de una contraparte común a todos, la mejor noticia respecto a las posibilidades de avanzar en una mayor integración política en Europa. Frente a la afición por las distopías que nos embarga conviene recordar que fuera hace mucho frío.

Los mercados son un mecanismo de descuento de expectativas, decía, y como ya hemos escrito aquí también, un instrumento de transmisión de riqueza de aquellos que se ponen más nerviosos hacía los que se ponen menos. Nervios ahora mismo hay muchos y son consustanciales con la inversión como lo son también con la vida. El futuro es incierto por definición, pero, paradójicamente, cuanto mayor sean los nervios y la percepción de riesgo que tengamos menor será el riesgo escondido en los precios y, por tanto, mejor la oportunidad para estar invertido o aumentar la inversión. Ya sabemos que es imposible tener a la vez buenas noticias y buenos precios, dado que estos son la contrapartida de las malas noticias, que es con lo que hemos terminado el año.

Para darles mi previsión de la revalorización de las bolsas para el 2019, voy a tirar de Heráclito, uno de los primeros filósofos, a quién apodaban “El Oscuro” por la gran capacidad que tenía de no mojarse mucho. “Esperen lo inesperado”. Que, en este caso, a lo mejor acaba siendo mucho más que el famoso diez por ciento.

Desnudo de certezas
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