Pesimismo, un lujo que muy pocos inversores pueden permitirse

Mantener la calma ha sido una buena decisión: los que se pusieron nerviosos y vendieron abajo han hecho ganar dinero a los que vieron ese nerviosismo como una oportunidad

Foto: Los nervios cuestan caros... (Foto: iStock)
Los nervios cuestan caros... (Foto: iStock)

El mes pasado, al escribir esta columna, tuve la desvergüenza de, infringiendo alguna de mis reglas fundamentales, de aventurar una predicción respecto al futuro, que, como ya se sabe, son las más difíciles. En ese momento, la situación para los activos de riesgo, ahora mismo todos en los que se pretenda conseguir alguna rentabilidad, era muy comprometida.

El mes de diciembre se había cerrado con grandes caídas para acabar de rematar un mal año y los tres primeros días de enero no prometían nada bueno. Mi argumento principal era que, a pesar de todos los titulares apocalípticos que nos avasallaban, había que dominar los nervios. Que la percepción sobre los distintos problemas podía mejorar porque se estaban poniendo en precio escenarios muy extremos y que no se debía descartar una sorpresa en la evolución de las cotizaciones. “Espera lo inesperado”, fue el título y la recomendación final.

A día de hoy, tenemos noticias algo mejores, pero también precios más caros. Los riesgos no han desaparecido, pero ya no se les asigna tanta probabilidad a los peores escenarios. Los mercados han subido con fuerza y el índice de la bolsa mundial, solamente en enero, ha recuperado todo lo que había caído en 2018. Mantener la calma ha sido una buena decisión y, como anticipábamos, los que se pusieron nerviosos y vendieron abajo han hecho ganar dinero a los que vieron ese nerviosismo como una oportunidad de invertir.

Predecir ahora qué va a pasar será más o menos difícil que hace un mes dependiendo del plazo que contemplemos. A muy largo plazo, que es con el que tienen que verlo los inversores, es igual de sencillo. Los activos con riesgo nos darán más rentabilidad que los que tengan menos. Además, si el plazo es verdaderamente largo el momento de entrada impactará menos en la rentabilidad total.

Mantener la calma ha sido una buena decisión

Pero si pensamos en qué es lo que va a pasar el mes que viene lo lógico es que pueda pasar cualquier cosa. Es curioso que, visto ahora, era mucho más evidente la oportunidad de haber invertido hace un mes que el hacerlo en estos momentos. Sin embargo, si nos acordamos un poco de las emociones de los primeros días del año es fácil comprender por qué la mayoría de los inversores prefieren moverse cuando las cosas están un poco más claras.

Cuando te dedicas a esto, siempre aparece después de alguna corrección fuerte alguien que te cuenta que invirtió en el punto más bajo y lo está vendiendo ahora, igual que siempre hay quien viene todas las mañanas al centro de Madrid en hora punta desde Las Rozas en un cuarto de hora.

No descarto que se pueda intentar hacer timing con el mercado, pero la cuestión fundamental es que, si hay alguien capaz de hacerlo, ¿cuál fue el porcentaje de su patrimonio que decidió arriesgar en ese momento? ¿Un diez por ciento? ¿Un quince? ¿O ha sido un porcentaje irrelevante? Y si el porcentaje es demasiado pequeño, ¿estará adecuadamente diversificado el resto del patrimonio?

Mientras nos llega la respuesta, me interesa poner el foco en otro tema del que soy un gran damnificado. La mala reputación intelectual del optimismo. Me encanta cuando me dicen que no tiene mérito cuando acierto, porque yo tengo que pensar siempre que la bolsa va a subir ya que me dedico a esto. Es como si, por algún mal comportamiento en una vida anterior, los dioses olímpicos, como a Sísifo, me hubieran castigado a no poder dedicarme a otra cosa, o a no pensar de otra manera o, simplemente, es una manera sutil, pero no educada, de llamarme idiota.

Pues bien, les voy a hacer otra declaración subversiva. En inversiones, el pesimismo es un lujo que solamente se puede uno permitir desde una posición económica muy, pero que muy, saneada. Y, paradójicamente, en ese tipo de situaciones económicas, un pesimismo estructural se puede convertir en algo tremendamente insatisfactorio.

Aprender a convivir con el riesgo y con la incertidumbre es la asignatura fundamental que debería ser obligatorio aprobar lo antes posible cuando nuestra vida hace la transición por la mediana edad, cualquiera que sea esta cosa. Mientras nuestra economía personal depende de nuestra capacidad profesional, todo se ve más fácil, independientemente de cómo nos vaya. Pero es a medida que nos vamos dando cuenta de que nuestro mejor escenario es pasar mucho tiempo sin trabajar y viviendo de nuestros ahorros cuando la incertidumbre y el pesimismo van apoderándose de nosotros. Renunciar al riesgo a partir de ese momento sería de alguna manera renunciar a vivir, pero renunciar a la prudencia convertiría nuestra vida en un juego de ruleta.

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Probablemente optimistas y pesimistas, en general, compartamos el diagnóstico sobre la realidad y en cambio lo que sea distinto es nuestra visión respecto a las posibilidades que tenemos de influir en nuestro futuro. El optimista cree que sí puede y, además, que debe hacerlo y, en cambio, es probablemente más pesimista respecto a lo que pasaría si se elige la opción de no hacer nada. El pesimista seguramente se atreva a serlo porque de alguna manera maneja inconfesables esperanzas de que las cosas no acaben tan mal.

En un libro recientemente publicado, un profesor de filosofía del MIT, Kieran Setiya, analiza las claves de por qué existe una crisis en la mitad de la vida o en la mediana edad, cuando es, supuestamente, el momento en que mejor deberíamos estar.

Por lo visto, está bastante bien estudiado que nuestra sensación de felicidad a lo largo de nuestra vida dibuja una curva en forma de U bastante plana donde el momento peor estaría entre los 40 y los 60 años.

Y, como ya anticipó Ortega y Gasset, una de las conclusiones fundamentales del libro es que “lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa”; tampoco, lógicamente el autor, aunque el libro es interesante y una buena recomendación, como dice su publicidad, para cualquiera que se enfrente a la irreversibilidad del tiempo.

Desnudo de certezas
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