Libertad, igualdad y... ¿Fraternidad?

El término “democracia liberal” es una contradicción, ya que incorpora dos elementos antagónicos, igualdad y libertad, que solo son capaces de convivir no los llevamos al extremo

Foto: Europeas, autonómicas, municipales y generales. (EFE)
Europeas, autonómicas, municipales y generales. (EFE)

En los próximos meses, en casi todas las comunidades autónomas españolas, nos vamos a enfrentar a unas elecciones que nos afectan y que definirán cómo vamos a estar gobernados en los próximos años. Es un ejercicio de sincronización sorprendente que está suponiendo la radicalización de todo lo que es susceptible de tensionarse.

Lo fundamental que nos estamos jugando no es tanto quién gobierne en ayuntamientos, comunidades, España o Europa, sino, probablemente, el futuro del modelo de relacionarnos más exitoso de la historia, la democracia liberal.

El término “democracia liberal” es en sí mismo una contradicción, ya que incorpora dos elementos antagónicos, igualdad y libertad, que solo son capaces de convivir si somos capaces de no llevarlos a los extremos. La igualdad radical habría de ser impuesta y, por tanto, anularía la libertad y una teórica situación de libertad radical generaría importantes desigualdades. La existencia de un consenso, un acuerdo de no radicalizar las posiciones, ha permitido a las democracias occidentales un grado de prosperidad y de bienestar no igualado por ningún otro sistema a la vez que ha tirado de un montón de países que han prosperado al tratar de acercarse a este modelo.

El problema es que después de la crisis del 2008, ya “la Gran Recesión”, han surgido desde dentro del propio sistema enemigos del modelo. Los populismos, inspirados en las teorías de Ernesto Laclau que funcionaron en la toma del poder en algunos países latinoamericanos, han encontrado una población a la que la crisis le ha hecho perder la esperanza en el futuro y que, por tanto, puede estar dispuesta a dejarse seducir por soluciones simplistas.

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De todo lo que está pasando, me interesa destacar, sobre todo, dos cosas.

La primera es que la libertad es un valor mucho más complejo de garantizar que la igualdad y quizá, a la larga, también sea mucho menos peligroso en el sentido de su reversibilidad.

Estos días estamos viviendo la radicalización de casi todo, pero, en especial en la última semana, el feminismo ha protagonizado la contienda política y ha ocupado cualquier conversación pública o privada. A pesar de tanto protagonismo, sigue siendo difícil incluso para muchas mujeres contestar a la pregunta “¿eres feminista?”, sin hacer algún tipo de matización que defina mejor con qué y con qué no está de acuerdo. Esta matización será inadmisible por parte de quienes defiendan un planteamiento más radical. Digamos que estando de acuerdo en un 95% de la cuestión, las diferencias en ese 5% pueden ser tremendamente violentas.

La libertad es un valor mucho más complejo de garantizar que la igualdad

Otro tema que es complicado de entender y, por lo tanto, también asusta como ataque a la libertad es la prohibición de los colegios de educación especial. El argumento que dan los que pretenden prohibir es la integración de los niños, pero parece que esta sería a costa de que no desarrollen al máximo sus posibilidades. La libertad de elección de los padres debería ser un derecho superior a cualquier otro en este caso. A veces la libertad tiene que privilegiarse.

En el lema de la revolución francesa, junto con la libertad y la igualdad, se propugnaba un tercer valor que era la fraternidad. Aunque se ha interpretado de muchas maneras, para mí el sentido de este término tiene que ver con el deseo de entendernos y de llevarnos bien. Algunos filósofos han definido la fraternidad como la “amistad civil”, la vocación de vivir juntos y ponerse de acuerdo. El consenso no es más que una forma de “amistad civil”, de respeto de las diferencias siempre que haya igualdad de oportunidades.

Y con esta apología de la moderación que ya anticiparon los revolucionarios franceses conscientes de los líos que se podían montar, paso a desarrollar la segunda idea.

Vamos a votar en cuatro elecciones distintas y corremos el riesgo de que esta saturación nos lleve a una banalización del voto o de algún voto porque pensemos que alguna de las decisiones es menos importante. Había pensado proponer una encuesta y dar mi opinión después, pero creo que es más honesto hacerlo al contrario. La pregunta sería: ¿Cuál de los votos que vas a emitir consideras que es más importante?

¿Cuál de los votos que vas a emitir consideras que es más importante? (Foto: EFE)
¿Cuál de los votos que vas a emitir consideras que es más importante? (Foto: EFE)

Mi orden de prioridades es el siguiente, siendo todos muy importantes.

El más importante para mí es el voto en las elecciones europeas. Con el futuro de Europa nos jugamos el futuro de nuestro modelo político y de sociedad. Una involución en el proyecto europeo sería un problema grave y es necesario mantener una mayoría proeuropea suficiente en el parlamento europeo.

El segundo voto en orden de importancia sería el de las elecciones autonómicas. Es tal el número de competencias delegadas que lo que pase en la comunidad nos acabará afectando más a nuestra forma de vivir.

El tercero es el voto en las elecciones municipales. El Ayuntamiento nos tiene que gestionar nuestro entorno más cercano y de ese entorno depende nuestro día a día.

Las últimas serían las elecciones generales, que siguen siendo muy importantes, pero no tienen un efecto ni tan directo ni tan transcendente como las otras.

Podríamos preguntarnos si tiene sentido tener tantos niveles de administración, pero esa será otra pregunta. De momento y con tiempo todavía por delante, les propongo que hagan esta reflexión sobre cuál sería el orden de prioridades adecuado. El mío, ya lo saben, europeas, autonómicas, municipales y generales.

Desnudo de certezas
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