Soñamos como dioses, cantamos como mendigos

Llevo insistiendo, desde que empecé a escribir aquí, en que nuestro mejor futuro depende de ser capaces de no caer en la comodidad de los planteamientos extremos

Foto: Fue Platón el primero en avisarnos de que había que separar el mundo de las ideas de su reflejo borroso en esta caverna en la que estamos recluidos... (Foto: iStock)
Fue Platón el primero en avisarnos de que había que separar el mundo de las ideas de su reflejo borroso en esta caverna en la que estamos recluidos... (Foto: iStock)

Cerrado el primer trimestre del año parece ya evidente que el futuro (la realidad) nos ha vuelto a sorprender a todos. Sin haberse solucionado ninguno de los problemas fundamentales que hicieron claudicar a muchos inversores a finales del año pasado, hemos asistido a una recuperación histórica de las cotizaciones. El índice mundial de bolsa, que en 2018 había caído un seis por ciento, se ha revalorizado un catorce por ciento en lo que va de 2019.

Ya, pero ¿qué va a pasar ahora?... me dirán con razón. Pues habrá que ir viendo. De momento, mejor no descartar las sorpresas. Incluida la sorpresa de que no haya sorpresa. Algunos de los temas fundamentales, como la guerra comercial entre Estados Unidos y China, parece que evolucionan mejor y otros, como encontrar una buena solución para el Brexit, han alcanzado niveles de esperpento. En conjunto, el tono es algo más positivo, pero las diferencias son muy de matiz.

Ahora nos vuelve el vértigo de las valoraciones, nos lamentamos de la oportunidad perdida y seguimos esperando a que llegue “el momento”. El futuro es incierto por naturaleza y nuestra única posibilidad es aprender a relacionarnos con la incertidumbre.

Por eso, probablemente, la pregunta implícita no sea tanto qué va a pasar, sino qué debo hacer. Y la respuesta adecuada tiene más que ver con nosotros mismos que con el resultado. Lo que nos pasa, eso que Ortega decía que “es que no sabemos lo que nos pasa”, se llama vivir. Y siendo estupendo vivir, y muy preferible a cualquier otra alternativa, siempre va a estar sujeto a las limitaciones de nuestra condición.

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Estos días me he encontrado varias veces con la idea de Friedrich Holderlin de que “soñamos como dioses y racionalizamos como mendigos”, que viene a decir, más o menos, que nuestra realidad proyectada, por ejemplo, cómo pensamos que somos capaces de cantar una canción en un escenario, no se parece nada a cómo luego pasan las cosas en realidad, el papelón que hacemos cuando salimos a cantarla. Mucho peor si, como pasa ahora, encima te graban en un vídeo y lo ves al día siguiente.

Lo mismo pasa con nuestro proyecto vital, siempre cautivo de “la circunstancia”. Siempre molesta y culpable, pero siempre necesaria. Vivimos en un mundo nunca tan bueno como nos gustaría, pero, al menos, no tan malo, o lo suficientemente bueno, para que una versión más de andar por casa de ese proyecto sea posible.

Fue Platón el primero en avisarnos de que había que separar el mundo de las ideas de su reflejo borroso en esta caverna en la que estamos recluidos: lo ideal de su existencia práctica. Pero, al final, en lugar de servirnos para valorar lo que tenemos, nuestra capacidad de acceder a la perspectiva de los dioses nos convierte en seres carenciales, a los que siempre les falta algo.

Y este es el secreto del enfoque populista que se ha apoderado de la forma de estar en política en Occidente. Si consigo convencer a la gente de que le faltan muchas cosas que se merecen y les corresponden y que yo (el Estado) puedo dárselas si me dan el poder, es posible que consiga el poder. El secreto a partir de ese momento será encontrar a alguien o a algo al que pueda culpar de que lo prometido no se cumpla.

La propuesta es creíble porque en las películas que seguimos viendo la cantante primeriza que sale al escenario a cantar lo hace mucho mejor que el profesional y se lleva al público de calle. Da lo mismo que sepamos que la actriz es Lady Gaga y que lleva toda su vida cantando y triunfando, probablemente gracias a una combinación brutal de compromiso, trabajo y talento.

Preocupado, como estamos todos, por la campaña electoral que nos embarga, esta semana leía un interesante artículo de Manuel Arias Maldonado que alertaba de la pérdida de la idea del bien común como centro del discurso político y su sustitución por un sumatorio de demandas individualizadas. La promesa es que estas demandas individuales de cada colectivo van a ser atendidas no porque formen parte de un proyecto global, sino porque significan un derecho inalienable que un avispado director de campaña ha identificado y para el que siempre habrá un futuro presidente del gobierno que esté dispuesto a defenderlo a toda costa. ¿Para qué, si no, están los impuestos?

Si consigo convencer a la gente de que le faltan cosas que les corresponden y que yo puedo dárselas si me dan el poder, conseguiré el poder

El mes pasado propuse dar un orden de prioridad a las distintas elecciones que tenemos por delante. En mi razonamiento, las generales eran probablemente aquellas en las que nos jugábamos menos. Durante el mes, he encontrado algunas opiniones coincidentes y, por supuesto, también otras contrarias a las mías.

Mi punto ahora es que, a pesar de que habrá otras, lo que vamos a votar de una forma inmediata, las generales, es lo único que verdaderamente importa en este momento. Cómo decidir a quién se vota se presenta bastante complicado. Lo tienen fácil solamente aquellos que son muy forofos. La radicalidad acrítica dará una base de soporte a los partidos, pero los resultados finales se van a decidir paradójicamente en la marginalidad crítica de los indecisos.

Llevo insistiendo, desde que empecé a escribir aquí, en que nuestro mejor futuro depende de ser capaces de no caer en la comodidad de los planteamientos extremos. Lo estamos viendo en Reino Unido, donde la democracia más antigua y más respetada hasta ahora del mundo no se apea del ridículo. Votar también tiene sus limitaciones y ganar una votación por un voto, o empatarla, será siempre mucho más débil que un consenso. Hace muy pocos años John Carlin nos dio una explicación etimológica de por qué no sabíamos pactar los españoles. Sería un buen momento para reescribir ese artículo en el Financial Times.

En estos días, cuando sale el tema político en una conversación (esto es casi siempre), surge la pregunta de cómo votar. El repertorio es amplio: tapándote la nariz, cerrando los ojos, con el corazón, la cabeza o las tripas... También está el sistema de la cartera o la pensión. Otra pretensión tremendamente cándida es la de aquellos que pretenden mandar un mensaje con su voto individual.

Yo daría dos argumentos para que cada uno haga su propia reflexión. Los dos son muy pragmáticos, porque, probablemente, la toma de decisiones es lo único que nos enfrenta con la verdad.

[¿Arde París? (Populismo, economía y política)]

El primero es que, a pesar de que la dialéctica política se haya despistado en los últimos tiempos, y ya no se debata sobre modelos de sociedad, eso es sobre lo que realmente estamos decidiendo. Un voto más radical nos llevará a una sociedad más dividida. De alguna manera cada uno nos vemos más en una parte del espacio político que es donde más acertaremos con nuestro voto.

La segunda tiene que ver con la correcta gestión de los recursos comunes, que son muchos. La economía tiene un papel fundamental en cómo nos organizamos y los planteamientos inviables no conducen a ningún sitio. Si el dinero público no es de nadie al final termina por no ser dinero.

Como el aludido Holderlin ponía en boca de Hiperión:

“Siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su cielo, lo ha convertido en infierno”.

Desnudo de certezas
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