2020, el año de la prudencia

Probablemente los mercados, y los millones de inversores que los constituyen, sean capaces de aprender. Son adaptativos...

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Avanza ya el primer trimestre del año y sigue siendo difícil determinar qué tipo de año vamos a tener en los mercados financieros. ¿Será de cal o será de arena? Argumentos hemos tenido en tan solo mes y medio para testar los nervios de los inversores. En cualquier otro momento de mercado, situaciones como las tensiones entre Estados Unidos e Irán y la declaración de una epidemia como la del coronavirus, habrían supuesto correcciones en los precios de mucha más transcendencia, pero hasta ahora el mercado está haciendo gala de una insospechada tranquilidad.

Probablemente los mercados, y los millones de inversores que los constituyen, sean capaces de aprender. Son adaptativos. Y esto quiere decir que no van a reaccionar de la misma manera ante el mismo suceso, precisamente porque habrán integrado en su memoria el desenlace de la situación anterior.

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Los inversores temen a las crisis y siempre hemos oído que el dinero es miedoso. Por eso, desde la gran corrección del 2008, ante la más mínima amenaza de desestabilización, hemos pasado por periodos en los que sobre todo se ha buscado la protección. Los especialistas ya los han llamado periodos de risk off para clasificarlos y diferenciarlos del tipo de periodo contrario, el de risk on. En los primeros, sube de precio el bono alemán a diez años y baja la acción de Apple y en los segundos pasa justo lo contrario.

La cuestión interesante es que, habiéndose repetido muchas veces este comportamiento en los últimos años, tanto una como otra de estas dos inversiones extremas, y supuestamente opuestas, se encuentran en máximos de valoración o muy cerca de ellos. A diferencia de lo que pasaba antes, la renta fija de calidad y la renta variable de calidad no descorrelacionan. Lo cual parece algo sensato cuando de lo que se trata es de superar poco a poco los altos niveles de desconfianza alcanzados.

Llegados a este punto, surgen las soluciones sencillas. También tenía que pasar. Ya sabemos que todo problema complejo tiene una solución clara, simple y equivocada. La más recurrente es echar la culpa a los bancos centrales. Esto pasa por culpa de “la maquinita”.

Es evidente que, cuando se actúa sobre el dinero, y no solo sobre los tipos a corto plazo sino sobre toda la curva, se afecta directamente a la rentabilidad de los bonos de gobierno. De hecho, la “curva de tipos” se ha convertido ya en objeto de la política monetaria. Pero tampoco deberíamos sorprendernos de que el inversor al que estamos “animando” con esta precariedad de retornos a asumir riesgo, prefiera invertir en aquellas compañías en las que aprecie una mayor calidad.

¿Por qué están en máximos Amazon, Google y Apple y no Telefónica, Nokia o Deutsche Bank?

Pues, probablemente, porque, aunque el dinero sea barato, los inversores no están dispuestos a hacer tonterías con él y prefieren confiárselo a los potenciales ganadores. La libertad tiene esta forma tan caprichosa de materializarse.

En un mundo globalizado, los ganadores en cualquier categoría crean grandes diferencias con el resto de sus competidores. Pasa con las empresas, pero también con los cantantes, los actores o los deportistas. Y en el público, los consumidores o los inversores, genera una tendencia a seleccionar lo mejor que pone en peligro no solo a lo malo, sino también a lo mediocre.

¿Qué podemos esperar del 2020?

De momento, sea cual sea el efecto que le queramos atribuir, no parece que las políticas de los principales bancos centrales vayan a cambiar mucho. Y en este entorno de tipos bajos y altos niveles de liquidez, deberíamos ver una continuidad de lo que han sido los últimos meses. La circunstancia de que sea año electoral estadounidense añade un colchón adicional a las cotizaciones.

Pero no debemos olvidarnos de lo inesperado. “Espera lo inesperado” es la enseñanza de Heráclito que tanto me gusta y que también aplica en estas circunstancias. Conviene estar protegido, pero deberíamos hacerlo buscando planteamientos asimétricos.

Es un buen momento para apelar a la prudencia. A la sabiduría práctica que los griegos llamaron “fronesis” y que etimológicamente procedía de “comprender”, probablemente como opuesto a “saber”. Porque la prudencia sigue siendo, sin duda, la mejor forma de convivir adecuadamente con la incertidumbre.

“Estar en el mundo requiere comprenderlo”.

Desnudo de certezas
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