¿La bolsa o la vida?, como falacia lógica

Ya contamos con información suficiente, y sobre todo con la experiencia de los países que lo han hecho bien; si se toman ahora las decisiones incorrectas no habría justificación

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Llevamos ya casi tres meses desde que empezaron a aparecer casos de fallecimientos por el virus covid-19 en Italia, confirmando la expansión de la pandemia a Occidente. Al principio era muy difícil saber cuáles eran las estrategias más adecuadas para afrontar la epidemia, la información que llegaba de China era muy confusa y, de hecho, incluso entre las recomendaciones de los científicos había grandes diferencias. Ahora ya está claro que los gobiernos que acertaron fueron los que actuaron antes y que los confinamientos más radicales han sido menos efectivos que las políticas de aislamiento específico de las personas más vulnerables y el confinamiento radical solo de los contagiados.

No es el momento todavía de analizar porqué en España el Gobierno tomó las medidas que se tomaron e, incluso, cuando se haga, habrá que tener en cuenta la información de la que se disponía en ese momento, pero lo que está muy claro es que ya contamos con información suficiente, y sobre todo con la experiencia de los países de nuestro entorno que lo han hecho bien; si se toman ahora las decisiones incorrectas no habría ninguna justificación.

Pero va a ser imposible tomar las decisiones adecuadas mientras no se cambie el relato en el que seguimos atrapados desde el 14 de marzo, cuando se decretó el estado de alarma. La realidad es testaruda y cuando los hechos se empiezan a imponer no es tan fácil conseguir adecuar la historia o mantener la metáfora sin infringir el principio de contradicción.

Hay tres trampas de la lógica que me parece fundamental superar cuanto antes.

La primera es que no estamos en una guerra contra el virus, en la que el objetivo sea la eliminación total del enemigo. Vamos a tener que convivir con este virus igual que los seres humanos lo vienen haciendo, desde siempre, con un gran número de enfermedades. Hemos entendido bastante bien que el objetivo que se perseguía con el famoso aplanamiento de la curva era evitar, en la medida de lo posible, la concentración de los contagios en un periodo corto de tiempo y el consecuente colapso de los sistemas sanitarios. Esa etapa ya la hemos superado y ahora tenemos que manejar una situación distinta en la cual tendremos que liberarnos del miedo y enfrentarnos a la realidad, como hemos hecho siempre.

Lo que ya sabemos después de haber pasado por esta dramática experiencia es que los casos graves y letales en personas menores a 60 años son mínimos y tenderán a menos a medida que los hospitales estén menos ocupados y que las buenas prácticas en los tratamientos se vayan extendiendo.

La segunda trampa lógica es la de la apelación a los expertos para justificar cualquier tipo de decisión. Los clásicos la conocían como falacia “ad verecumdiam”. Los que nos dedicamos a la economía y a los mercados financieros sabemos, desde hace mucho tiempo, que expertos muy reputados pueden opinar perfectamente, cada uno, lo contrario y que incluso el mismo experto puede opinar distinto, en función, de las circunstancias.

En este contexto, la clave para poder tomar decisiones será hacer una buena síntesis y esta responsabilidad le corresponde, en este caso, al político que elige al experto o que no lo cambia una vez comprobado que los resultados de sus consejos no son los adecuados. Los expertos tienen que estar identificados y ser creíbles. Y a los ciudadanos que deben ser tratados como adultos se les debe respetar el derecho a conocer los criterios en función de los cuales se está decidiendo. De no ser así, es muy difícil mantener la confianza en las medidas, hecho que es tan necesario para el éxito como el acierto en las decisiones.

Destruir ahora la economía no va a mejorar el resultado de las decisiones pasadas, y difícilmente va a contribuir a que mejore el relato

La tercera falacia ha sido la de plantear la necesidad de elegir entre la salud y la economía. No solamente es falso que haya que hacerlo, sino que cuando ya, con un poco de perspectiva, se pueden analizar por un lado la efectividad de las medidas en relación con la salud en los distintos países y se compara con el deterioro económico provocado por la rigurosidad y la duración de los confinamientos, lo que se ve es que no hay ninguna relación entre ellas. Hay países que han tenido muy buenos resultados manteniendo bastante estable la actividad, mientras que otros, como nos ha pasado en España, han sido muy poco efectivos en la contención de la enfermedad (fallecidos por millón), a pesar de haber causado un daño mucho más grande a la economía.

La semana pasada conocimos los datos de PIB del primer trimestre en la eurozona y ya se confirma que habrá diferencias importantes entre los distintos países en función del éxito que hayan tenido en la gestión de la crisis. De hecho, frente a una caída del 3,8% del conjunto de Europa, destaca la cifra de retroceso en Alemania, de solamente un 2,2%. Con una quinta parte de personas fallecidas por millón que, en España, su economía ha sufrido prácticamente la mitad que la nuestra y ya están recuperando la actividad, mientras nosotros seguimos casi cerrados.

Es cierto que Alemania va por delante y que ha gestionado mucho mejor que el resto de los países grandes europeos esta crisis, pero Italia y Francia, que por distintas razones tampoco lo habían hecho bien, se están dejando guiar por las experiencias ajenas y están, una vez aplanada la curva, tomando a tiempo la decisión de relajar las medidas de aislamiento y de empezar a adaptarse a la convivencia con el virus.

Destruir ahora la economía no va a mejorar el resultado de las decisiones pasadas, y difícilmente va a contribuir a que mejore el relato, pero a diferencia de todas las decisiones que ha habido que tomar hasta aquí, este sí que sería un error perfectamente predecible y de muy difícil justificación.

Desnudo de certezas
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