¡Pío! ¡Pío! ¡Que yo no he sido!

Vivimos un momento, especialmente en España, en el cual absolutamente todo es político, y que en ningún momento ha dejado de serlo, a pesar de la coincidencia temporal con la pandemia

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, conversa con la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, conversa con la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. (EFE)

Resulta difícil asumir que se pueda disfrutar del poder y al mismo tiempo ejercerlo evitando ser afectado por las responsabilidades que este lleva aparejadas. Este es el gran secreto del populismo y es, también, la razón última de la batalla política en la que nos vemos envueltos en los últimos días.

En los principios de la pandemia, el gran mantra fue “seguir las recomendaciones de los expertos”. De esta manera, los responsables de tomar decisiones dejaban fuera la responsabilidad, que quedaba supeditada a facilitar la labor de la ciencia. Pero, desde entonces, nos hemos ido dando cuenta de dos cosas. La primera, que la ciencia se enfrenta a un problema desconocido, donde las soluciones posibles son diversas y muchas veces contradictorias. Y, la segunda, y más importante, que cualquier decisión que se tome será inevitablemente política. Lo hubiera sido, incluso si los científicos hubieran tenido las ideas claras y lo es mucho más en un contexto en el que los supuestos expertos están divididos en cuanto a las soluciones y donde el grado de conocimiento de las dinámicas de contagio sigue siendo muy bajo.

No se ha demostrado, para nada, que los confinamientos y las limitaciones a la libertad de movimientos hayan sido las estrategias más efectivas para frenar los contagios y, en general, en aquellos países donde sus gobiernos han tratado a sus ciudadanos como seres adultos y responsables, los resultados están siendo bastante mejores que en aquellos donde se les ha infantilizado.

Vivimos un momento, especialmente en España, en el cual absolutamente todo es político, y que en ningún momento ha dejado de serlo, a pesar de la coincidencia temporal con la pandemia. Por un lado, siguen siendo inexistentes los expertos a los que continuamente se apela y no ha habido ninguna revisión de los efectos de las decisiones que se han ido tomando, ni ningún interés por analizar cuáles han sido las mejores prácticas que han permitido a otros países tener unos resultados muchísimo mejores que los nuestros.

Uno de los grandes enigmas que sigue sin estar explicado es la falta de controles en los aeropuertos a los viajeros que llegan a nuestro país, cuando es una práctica casi generalizada cuando se vuela, en el otro sentido, a cualquier país desarrollado. En China, la circunstancia de haberse mantenido libres de una segunda ola solo se explica por su rigurosidad con las cuarentenas de los viajeros que acceden a su territorio.

En Madrid es especialmente difícil de comprender que, cuando el Gobierno de la nación está imponiendo importantes restricciones a la movilidad de los madrileños, en el aeropuerto, que es responsabilidad suya, no exista ninguna medida de control sanitario que proteja a la ciudad y, consecuentemente, a toda su área de influencia.

En el mes de junio ya mencioné, en este mismo blog, las circunstancias tan favorables que se daban en esta crisis para la aparición o creación de “víctimas propiciatorias” o “chivos expiatorios” en la terminología de René Girard. Una de las mejores maneras de librarse de la responsabilidad es encontrar algo o alguien a quien la sociedad esté dispuesta a castigar en el convencimiento colectivo (mimético dice Girard) de que ese sacrificio purgará las culpas de todos, restablecerá la concordia y reiniciará una (nueva) normalidad. Y ahora ya parece claro que el elegido en España para asumir ese sacrificio es el Gobierno de la Comunidad de Madrid y, por extensión, todos sus ciudadanos, que actuamos irresponsablemente como una “bomba nuclear vírica”, según declaraciones recientes de un presidente de una comunidad vecina.

Una de las mejores maneras de librarse de la responsabilidad es encontrar algo o alguien a quien la sociedad esté dispuesta a castigar

Desunir, ya lo decía también entonces, es una estrategia muy peligrosa y la radicalización a la que nos está llevando una política que lo propicia todos los días, está llegando ya a las familias y a los grupos de amigos. Volver atrás será muy difícil y, por eso, conviene recordar que donde debemos ser más radicales es en mantener nuestra moderación. Muy pronto nos vamos a necesitar todos a todos y habrá que reconstruir los consensos que muchos políticos presumen abiertamente de dedicarse a dinamitar. “Buscamos las grietas del sistema para hacer más débil al Estado”, decía esta semana una líder independentista.

Y el problema es que el daño va siendo cada vez mayor y que esa debilidad que se marcan como objetivo nos va a poner en una situación muy difícil dentro del contexto de la Unión Europea, donde esperamos que nos presten ayuda y que cuenten con nosotros. España empieza a ser el problema de Europa y así se han referido a nosotros esta semana dos periódicos de prestigio, uno alemán y otro suizo. El argumento es que, si no somos capaces de cumplir con nuestra propia Constitución y se rompe el Estado de Derecho, sería muy arriesgado por parte de los países que tienen que hacer el esfuerzo, empezar a mandarnos las ayudas que están comprometidas.

Vamos a vivir tiempos únicos en los que forzosamente necesitaremos revalidar de alguna manera nuestra vocación de tener un futuro común. Dejar de hablar a un amigo o a un familiar o darse de baja de un chat, que es su versión cibernética, por visiones políticas distintas serán algunas de las pequeñas derrotas que irán propiciando las estrategias de radicalización, que ya, de una forma totalmente reconocida y descarada, operan sobre todos nosotros.

Desnudo de certezas
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