El fin de esta historia
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Santiago Satrústegui

Desnudo de certezas

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El fin de esta historia

Que las instituciones americanas vayan a ser capaces de superar su paso por la presidencia del país todavía más importante del mundo es una buena noticia para todos

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(Reuters)

Más allá de las fobias o de las afinidades políticas que nos pueda generar Donald Trump a cada uno de nosotros, que las instituciones americanas vayan a ser capaces de superar su paso por la presidencia del país todavía más importante del mundo es una buena noticia para todos. La clave en estas elecciones, como ocurre con todas las democracias, estaba en que pudiera producirse un cambio pacífico si así lo decidían los electores y el riesgo de que no fuera así venía alimentado por una larga campaña en la que se han estado sembrando dudas sobre el sistema y la fiabilidad de los votos por correo y de los recuentos.

El desenlace de los acontecimientos, en los que estamos todavía inmersos, no ha podido ser más exigente en cuanto a test de estrés para una democracia paradigmática como la estadounidense. Todos los presidentes populistas, que pueden ser de derechas y de izquierdas, coinciden en gobernar sin asumir la responsabilidad de sus decisiones y echándole la culpa a la oposición, al sistema, a los medios de comunicación o a los propios ciudadanos. La primera consecuencia y también el primer objetivo que persiguen es la radicalización. Les favorece porque moviliza a los suyos, pero también porque una mente o un colectivo radicalizado es mucho más proclive a la emoción, a la simplificación de los argumentos y, por tanto, a la manipulación.

Foto: Cartel de Donald Trump. (Reuters)

Con el enfrentamiento como contexto y con disturbios y altercados de orden público en todos los informativos, la posibilidad de que el presidente Trump no aceptara el resultado era un gran riesgo y esto iba a ser posible de darse un resultado ajustado. Y el guion se ha cumplido al pie de la letra. Hemos tenido récord histórico del voto por correo, que era el que habían puesto bajo sospecha, el resultado ha sido suficientemente ajustado, los republicanos han ido por delante en el recuento de algunos de los estados clave para luego perderlos por una diferencia mínima y el presidente saliente no está dispuesto a reconocer (conceder) la derrota y pretende agotar sus opciones en los tribunales.

A pesar de todo, las instituciones ganan y el populismo pierde. Pueden quedar todavía semanas de incertidumbre, pero Trump tendrá que aceptar el resultado. Y esto será muy buena noticia para el mundo, por muy mal que lo hagan Joe Biden y Kamala Harris, porque lo que es más relevante y esperanzador es pensar que, por mucho que se empeñen y a pesar de que hagan todo lo posible por pervertir el sistema a su favor, al final los populistas tendrán que marcharse.

El candidato republicano Mitt Romney ha dicho estos días que es una persona que tiene una “relación con la verdad relativamente relajada”

La pandemia por COVID-19 que estamos viviendo está permitiendo a los líderes políticos de casi todos los países coquetear con el aumento de su poder, que la apelación a la situación de excepción aparentemente justifica, y el riesgo es, precisamente, que esta situación pueda suponer una nueva normalidad de la que sea difícil desembarazarse en el futuro. El secreto de la democracia como sistema está en la limitación de los poderes, por eso funciona, pero la tendencia natural del gobernante es hacia lo contrario y por eso tiene riesgo que se acostumbren a no dar explicaciones en el parlamento o a controlar los medios de comunicación.

Sobre Trump, el candidato republicano Mitt Romney, que perdió las elecciones con Barak Obama, ha dicho estos días que es una persona que tiene una “relación con la verdad relativamente relajada”, que es una forma inteligente de apercibirnos de que solo le importa imponer la suya, como les sucede a todos los gobernantes con pretensiones totalitarias. Combatir la mentira, si pudiera de verdad hacerse, es precisamente lo opuesto a defender la verdad. Daniel Innerarity, en su “Teoría de la democracia compleja”, sostiene “que en una democracia el combate contra la falsedad solo puede llevarse a cabo en un entorno de pluralismo garantizado” y que “una cierta debilidad ante los manipuladores es el precio que hemos de pagar para proteger esa libertad que consiste en que nadie pueda agredirnos con una objetividad incontestable”.

No va a ser el “fin de la historia”, como no lo fue hace 31 años, pero, así como fue muy positivo que terminara aquella historia

Un 9 de noviembre de hace 31 años caía el muro de Berlín, que servía para impedir que la gente saliera (no que la gente entrara) en una parte del mundo donde no se podía pensar distinto al régimen sin tener importantes problemas. Hoy estamos también un poco más cerca de que termine la pesadilla de la pandemia de COVID-19 y de que, además del miedo por el riesgo sanitario, se nos quite el vértigo que está suponiendo la aleatoriedad con la que se está decidiendo sobre las libertades de una población que ya no entiende nada.

Madrid, que hace poco más de un mes era una amenaza vírica para el resto de España, de repente, sin tener que llegar al confinamiento, se ha convertido en la capital con mejores cifras de Europa. La empresa americana Pfizer ha anunciado este lunes que tiene una vacuna en un estado muy avanzado de prueba y que podrá tenerla terminada para finales de año. Boris Johnson ha cambiado totalmente el tono de su discurso respecto al acuerdo de salida de la Unión Europea que está negociando. Y, salvo catástrofe ahora mismo muy poco probable, en Estados Unidos vamos a asistir a una transición pacífica del poder, que deberá servir de ejemplo para todos aquellos países que quieran ser considerados serios dentro de Europa.

No va a ser el “fin de la historia”, como no lo fue hace 31 años, pero, así como fue muy positivo que terminara aquella historia, esperemos que la efemérides del 9 de noviembre nos anime a ver que esta historia que estamos viviendo también tendrá fin, y será pronto.

Joe Biden Test de estrés Boris Johnson Mitt Romney