Los unos contra el todo

Todo queda enmarcado por la vieja máxima latina "E pluribus unum", que fue su lema nacional hasta 1956 y que les sirvió para ser "grandes" cuando lo fueron

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Por la convención de atribuir efectos mágicos a cada cambio de año, lo que estoy escribiendo en estos primeros días de 2021 debería incluir, aparte de buenos deseos, una dosis de resumen, o de cierre, del año anterior y un esfuerzo por anticipar lo que viene. Que, por cierto, viene muy deprisa. Los sesenta segundos por minuto y sesenta minutos por hora a los que se nos suele acercar el futuro parecen haberse acelerado y tan solo en diez días hemos tenido ya tiempo de experimentar, o asistir como espectadores, varios eventos históricos.

Siendo un momento adecuado para hacer una recapitulación, las esperanzas que se habían puesto en que con la última hoja del calendario del año 2020 se fueran todos los problemas eran bastante infantiles. Una actitud positiva siempre es buena, pero si establecemos hitos o metas poco realistas, de corto plazo y basadas en argumentos débiles y voluntaristas, la realidad tardará poco tiempo en terminar de triturarnos.

En el año 2020 se han producido eventos que han tensionado hasta límites desconocidos los modelos políticos, económicos y de convivencia de las sociedades más exitosas del planeta. Pero, de momento, como dijo Groucho Marx, parece que los titulares sobre la definitiva defunción de lo que habíamos definido como “democracias occidentales” están resultando excesivos.

La crisis del modelo de las sociedades abiertas, que hacen convivir democracia y libertades, se viene poniendo de manifiesto desde principios del siglo XXI, aunque parece claro que los desajustes del sistema que han llevado a esta crisis existían desde mucho tiempo antes. Probablemente, estas contradicciones sean estructurales y, como saben muy bien los populistas, también imposibles de resolver de una manera definitiva. Pero, precisamente, el éxito de lo que hemos vivido en las últimas décadas radique en haber sido capaces de hacer convivir, sin enfrentarlas ni radicalizarlas, a las ideas de libertad y de igualdad.

Los revolucionarios franceses inventaron un tercer término, la fraternidad, que llevaba a la concordia y que suponía la voluntad de vivir juntos. De convivir. Para que esto fuera posible, era muy importante la educación y la ilusión por la promesa de bienestar para todos que prometía un futuro basado en las promesas de la razón y de la ciencia. Y, aunque nos han dado mucho, no podían darnos todo y ante unas expectativas tan altas, y, sobre todo, después de haber perdido la necesidad de competir contra el otro sistema propuesto por la autodestrucción a la que el socialismo avocó a los países que lo abrazaron, nos habría llegado una vez más la decepción.

Desde la crisis financiera del año 2008, ha sido el enemigo interno quien más daño ha hecho al propio sistema. Sin nadie que lo defienda y sin la amenaza de un modelo alternativo que suponga una opción realista, la contienda política ha hecho que, en muchos de los principales países, las posiciones políticas se hayan radicalizado hasta extremos ridículos, como forma de movilizar y atraer por la vía de la emoción y de la exaltación de su individualidad a los descontentos de uno y otro extremo.

Desde la crisis financiera, ha sido el enemigo interno quien más daño ha hecho al propio sistema

Si bien la pandemia por covid-19 llegó a ponernos en el límite a principios del año pasado, la gran cuestión a resolver desde la sorpresa en las elecciones americanas del año 2016 ha sido, sin que a día de hoy este resuelta del todo, si la democracia estadounidense, 'proxy' de todas las demás y la más influyente en el mundo, y, sobre todo, sus instituciones iban a ser capaces de superar el paso por su presidencia de un populista como ha sido Donald Trump.

Estamos a punto de que se consume dentro de unos pocos días la transición pacífica del poder del perdedor saliente al ganador entrante, que es la esencia fundamental de la limitación del poder que el sistema requiere. Quizá sea lo más valioso y esperanzador que tenga el sistema. Por muy malo, torpe o ineficaz que sea el que ostente el poder en un momento determinado, si pierde las elecciones, tendrá que irse. Y cualquier movimiento dirigido a adulterar ese proceso, de demostrarse, deberá perseguirse con la máxima contundencia.

En Estados Unidos, ha sido necesario soportar las imágenes de la invasión del Capitolio por una horda de individualidades enloquecidas para que los políticos hayan empezado a renegar de la radicalización que ellos mismos habían producido. Y, poco a poco, el presidente saliente ha ido quedándose más solo, hasta el punto de haber verbalizado ya la aceptación, no de su derrota, sino de la transición ordenada del poder. El ridículo de ver encaramado en la mesa presidencial del Congreso al “lobo de Yellowstone” con cuernos de búfalo americano es un colofón insuperable a estos últimos cuatro años y, a la vez, una forma de dar la victoria definitiva a las instituciones americanas digna de un guión de Tarantino.

Pero, en el colmo del esperpento, cuando el ímpetu de los revolucionarios postmodernos termina al hacerse el selfie definitivo encaramados en la mesa presidencial del Congreso americano, ese desparrame de individualidades mal enfocadas, que es el signo de los tiempos que vivimos, queda enmarcado por la vieja máxima latina “E pluribus unum”, que fue su lema nacional hasta 1956 y que les sirvió para ser “grandes” cuando lo fueron.

Desnudo de certezas