Navegando las olas pandémicas
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Santiago Satrústegui

Desnudo de certezas

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Navegando las olas pandémicas

Volvemos a vivir la situación paradójica, tantas veces descrita, y que se resume en una frase: "los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes llenos de dudas"

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El mar de fondo, en su acepción no metafórica, es un fenómeno que se produce en el oleaje cuando el viento y el mar no están de acuerdo. Consiste en una sucesión de olas que vienen de una dirección distinta de la que produce el viento. Normalmente, han sido originadas en otro lugar por algún evento distinto a la realidad que estamos percibiendo en ese momento.

En general, estas olas de través son un reflejo de algo que ya ha pasado, un temporal de viento, pero que, por su dimensión, ha dejado en forma de recuerdo un desajuste que el sistema tardará algún tiempo en absorber.

Parece ser que la consecuencia más importante de esta circunstancia para los navegantes es que hace muy incómodo el estar parado, o fondeado, que es como hay que referirse a un barco cuando está aparcado. En esta situación, aunque los vientos podrían estar ya siendo propicios, no nos libraremos de esa sensación que nos produce angustia y mareo si no nos ponemos en marcha.

Foto: David Lipton y Christine Lagarde (Reuters) Opinión

Con la pandemia y sus sucesivas olas, la situación empieza a ser un poco parecida. Seguimos concentrados informativamente en el detalle de evidencias que fueron útiles cuando era el momento de la anticipación y la prevención, pero que ahora no aportan mucho de cara al futuro y nos dejan anclados en una experiencia que solamente superaremos cuando, como sociedad, decidamos decretar su final. Y, en este caso, siendo muy concretos, el final será el momento en el que definitivamente nos quitemos la mascarilla. Nos la pusimos tarde y mal aconsejados, y nos la estamos ya quitando tarde y sin ningún criterio.

Con mascarilla obligatoria recuperar la normalidad se presenta bastante difícil y repetir el error de aspirar a una “nueva normalidad” nos condenará, por definición, a instalarnos en algo anormal que, aunque pudiera ser algo nuevo, no será necesariamente algo bueno. Sin obligatoriedad en el uso de la mascarilla, pero con falta de claridad científica sobre su conveniencia, estamos también sentenciados a que la opción de ir o no embozado sea otra forma más de división de la sociedad y el nuevo signo externo de la batalla cultural.

Necesitamos recuperar cuanto antes la confianza en la evidencia científica y restituir la reputación de una ciencia que nos ha sorprendido muy positivamente con su capacidad de aportar soluciones, sobre todo con las vacunas, pero que ha fallado estrepitosamente en la comunicación al mezclarse y confundirse los expertos con los políticos.

Foto: (iStock) Opinión

El filósofo Josep María Esquirol (que ha publicado un nuevo libro: “Humano, más humano”) nos prevenía en uno de sus libros anteriores (“La resistencia íntima”) contra la “amenaza de los enterados”, y nos animaba a distinguir, igual que hacía Montaigne, entre la ignorancia rudimentaria, que precede a la ciencia. Y la ignorancia docta y sabia, que la propia ciencia genera. Lo peor, como casi siempre, es quedarse en el terreno intermedio donde parasitan los enterados, a los que el filósofo francés describía muy gráficamente como los que tienen “el culo entre dos sillas”. Y de estos, desgraciadamente, la pandemia nos ha producido una epidemia paralela.

Volvemos a vivir la situación paradójica, tantas veces descrita, y que se resume en una frase que se atribuye a Bertrand Russell, en la que “los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes llenos de dudas”.

Nos urge reconciliarnos con el mérito cuanto antes y devolver el respeto a aquellos que más nos pueden ayudar a entender las cosas y a separarnos de esta realidad distópica y virtual, además de falsa, en la que estamos inmersos.

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