Hakim y la lección que la inteligencia artificial nunca aprenderá
La historia de Hakim revela cómo la autenticidad, la empatía y el compromiso cotidiano pueden transformar vidas y organizaciones en un mundo dominado por la tecnología y la inmediatez
Agotada. Ocho de la tarde. Después de grabar una entrevista con una de las líderes de la mayor compañía de consultoría tecnológica del mundo, tenía la cabeza llena de preguntas.
Hablamos de inteligencia artificial, del miedo a que desaparezcan millones de empleos, de la posibilidad de ser sustituidos por máquinas. Hablamos de ética, de personas, de cómo la tecnología —si de verdad quiere tener sentido— debe estar al servicio del ser humano. No para sustituirnos, sino para potenciar nuestra mente, nuestra creatividad y nuestra capacidad de pensar. Hablamos del futuro. De la responsabilidad de usar la inteligencia para construir un mundo mejor.
Horas antes había entrevistado a un presidente de una de las mayores empresas cotizadas de España. Presente en decenas de países, con proyectos de ingeniería y tecnología puntera. Hablamos de infraestructuras, innovación y desafíos empresariales, pero también —una vez más— de personas. De la complejidad de liderar equipos dispersos en un mundo cada vez más incierto.
A esas alturas del día, la presión de la televisión y la intensidad de las conversaciones me habían dejado sin energía. Volví al hotel, me duché, me vestí y salí a cenar. Elegí el mismo restaurante al que había ido un mes antes, una pequeña terraza en Tres Cantos —el Babia—, un barrio tranquilo de Madrid.
Y allí estaba Hakim. Su sonrisa amable me recibió como si me conociera de toda la vida. Acento marroquí, español perfecto. Se acordaba de lo que había comido la vez anterior, me recomendó los platos del día, me leyó el cansancio en la cara. No solo me atendía: me entendía.
Todo en él —su amabilidad, su atención, el tono, la delicadeza— hacía que aquel restaurante sencillo pareciera un tres estrellas Michelin. Pero no era el lugar, era él. Era su humanidad. Esa manera de cuidar los detalles, de observar, de anticipar. Esa vocación de servicio que no se aprende en un manual, sino en la vida.
Mientras me servía unas alcachofas perfectas, pensé que Hakim es irremplazable. Ninguna inteligencia artificial puede replicar su inteligencia emocional, su forma de leer a las personas, su empatía. Esa conexión humana —la que nace del respeto, la sensibilidad y el deseo genuino de servir— es lo que nos hace únicos.
Mientras lo observaba moverse entre las mesas, pensé en Robin Sharma y en su idea de los líderes sin cargo. Personas que no necesitan un título para dejar huella. Ǫue no mandan, pero influyen. Ǫue no buscan reconocimiento, pero inspiran. Sharma dice que el liderazgo no depende de un despacho ni de un organigrama, sino de una actitud ante la vida. De cómo eliges comportarte incluso cuando nadie te ve. De cómo te levantas cada día con el deseo de aportar algo bueno a los demás.
"El liderazgo no tiene nada que ver con el título, sino con la actitud", escribe Sharma. Y esa actitud se traduce en compromiso, empatía, respeto y coraje moral. En la decisión de hacer bien las cosas, aunque sea algo pequeño. De servir, de escuchar, de poner el corazón donde otros solo ponen prisa.
Son hombres y mujeres que no dirigen departamentos ni presiden consejos, pero influyen con su ejemplo. Sharma cuenta historias de un empleado de hotel que convierte cada recepción en una experiencia memorable, de una enfermera que devuelve esperanza con una palabra amable, de un jardinero que transforma su oficio en un acto de belleza y cuidado. Todos tienen algo en común: actúan como si su trabajo importara, porque saben que importa. Los líderes sin cargo crean conexiones y con ellas consiguen grandes resultados.
Tienen una cualidad invisible, pero poderosa: la capacidad de ver a las personas. Escuchan, acompañan, suman. No compiten, cooperan. Son quienes hacen que los equipos fluyan, que las empresas respiren humanidad, que la vida cotidiana tenga sentido.
Después, claro, viene la tecnología, la ingeniería, la complejidad. Vienen los grandes desafíos y la necesidad de esfuerzo, superación y aprendizaje continuo. Pero todo eso —por brillante que parezca— no se sostiene sin las personas que ponen alma en lo que hacen.
Son los médicos y las enfermeras que sostienen una mirada en mitad del cansancio; quien te atiende en la frutería y se acuerda de cómo te gusta la fruta; la mujer que limpia y deja impecable un espacio que otros ensucian sin pensar; el recepcionista que convierte un trámite en una bienvenida; el operario que se baja de la grúa en mitad de un accidente y, antes de actuar, te calma; el policía que primero te mira y te tranquiliza y después pregunta; mi peluquera, que desde que era adolescente sabe leerme sin palabras y, con una conversación, me devuelve la energía y las ganas de sentirme bien.
Todos ellos son los que hacen que la sociedad funcione cuando nadie mira. Los que no presumen, pero sirven. Los que, como diría Robin Sharma, no tienen cargo, pero tienen vocación.
Porque el verdadero valor —el que transforma vidas, empresas y comunidades— no nace del ego, sino del cuidado, la autenticidad y el amor por lo que se hace. Son ellos quienes nos recuerdan que el mundo no se mueve solo con algoritmos ni estrategias, sino con la bondad silenciosa de quienes hacen su trabajo con respeto, atención y una sonrisa.
Y así, mientras cenaba, me acordé de una frase que me dijo Xavier Marcet en una entrevista el día anterior: —Sonia, liderar es servir, no servirse. Marcet cree que la grandeza de una organización no se mide en balances, sino en cómo trata a su gente, en el sentido que da al trabajo y en la dignidad con la que se construyen los resultados.
Esa visión conecta con las ideas de Tom Peters, otro gran pensador, cuando recuerda que "la excelencia no es una aspiración, es lo que haces en los próximos cinco minutos." Y eso se traduce en gestos sencillos: en cómo escuchas a un cliente, cómo saludas a un compañero o cómo cuidas un detalle que nadie ve. Peters sostiene que la verdadera estrategia está ahí, en lo cotidiano. Ǫue eso es lo que construye cultura — en una empresa, en una sociedad, en un hogar—. Y que la cultura nace del respeto, la energía y la dignidad con que las personas hacen las cosas, incluso cuando nadie las observa.
Por eso, lo verdaderamente difícil —y al mismo tiempo lo más valioso— es construir relaciones basadas en la confianza, la empatía y la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Ahí está la esencia de lo que recuerda Peters: "la amabilidad, la curiosidad y la gratitud son ventajas competitivas."
Esos médicos, esos camareros como Hakim, mi peluquera o la enfermera que habla con mi madre para calmarla… son quienes hacen que las organizaciones sean realmente diferenciales. Porque, en un mundo que idolatra la tecnología, la diferencia sigue estando en lo humano: en quienes ponen el alma en lo que hacen, incluso en los pequeños gestos que nunca salen en los informes, pero sostienen el éxito de todo.
Por eso Xavier Marcet insiste en el poder de la mente humana. "ChatGPT puede darnos muchas respuestas, pero las preguntas, el criterio y lo que hacemos con esa información siguen siendo cosa de personas." Y tiene razón. Porque no se trata solo de saber, sino de pensar con criterio. De tener la capacidad de discernir, de detenerse un segundo antes de reaccionar, de conectar los datos con la vida real. No es cuestión de algoritmos, sino de criterio, humildad y servicio.
Marcet me recuerda —y Hakim me lo demuestra— que la humildad es una forma de inteligencia. Esa humildad que no se exhibe, pero que se nota. Esa humildad conectada con la pasión, sin la cual no ocurre nada. Porque de ahí nace la ambición sana de crecer, de construir resultados, de avanzar sin negociar nunca con la dignidad de las personas.
Esa forma de entender la vida —y el trabajo— es la que distingue a quienes piensan, sienten y cuidan. Por eso, ninguna inteligencia artificial podrá sustituir a quien mira a los ojos, se esfuerza y da lo mejor de sí.
Vivimos rodeados de ruido y crispación. De algoritmos que predicen, de redes que prescriben, de discursos vacíos que se multiplican sin alma. Un tiempo en el que sobran los egos y falta empatía, donde el brillo del yo ha sustituido al valor del nosotros. Donde el postureo pesa más que la coherencia y la inmediatez se confunde con la profundidad.
Pero, en medio de ese ruido, la comunicaciónme permite abrir una ventana a lo mejor del ser humano. Detrás de cada historia —de grandes líderes con cargo, pero también de millones de personas sin cargo— hay trabajo, sacrificio, superación, valores y vocación. Y ahí está la verdadera belleza: en quienes no buscan ser vistos, pero iluminan.
Hakim me devolvió esa certeza. Me recordó por qué elegí el periodismo: para contar historias que rescaten la belleza de lo humano, la inteligencia emocional, el valor de los vínculos y del propósito compartido. Porque la tecnología puede acelerarlo todo, sí, pero el progreso solo tiene sentido si no pierde el alma.
Hakim, sin saberlo, volvió a cargarme de energía y acabé haciendo la última entrevista del día. Una más, una muy importante. Y aquí tienes un resumen de su historia. Su pasaporte dice que se llama Abdelhakim Louragli Faghloumi. Nació en Chauen, una ciudad azul en el norte de Marruecos. Un día decidió cruzar el mar en busca de un futuro mejor. Y llegó a Madrid con una maleta llena de esperanza y un idioma que no dominaba, pero que fue aprendiendo entre cafés, amistades y risas compartidas con españoles y latinos que lo acogieron como a uno más.
Empezó trabajando en la hostelería, sin saber que ese empleo se convertiría en su escuela de vida. Al principio fue duro: nuevas costumbres, miradas frías, días interminables. Pero Hakim resistió. Aprendió a observar, a escuchar, a entender los silencios. Se formó también como auxiliar de geriatría, cuidando a mayores con la misma paciencia con la que la vida lo estaba moldeando a él. Y más tarde volvió a los restaurantes, esta vez con la serenidad de quien ha aprendido a mirar a los demás con respeto y a servir con orgullo, sabiendo que en cada gesto pequeño también se construye un mundo mejor.
Hoy Hakim es padre, marido, camarero y anfitrión. Pero, sobre todo, es una lección de humanidad. Y así fue como me di cuenta de que, en ese pequeño rincón de Madrid, con un plato de alcachofas y la sonrisa amable de Hakim, la tecnología quedaba en silencio.
Hakim tiene dos hijos, y estoy segura de que, cuando lo miran, ven en su ejemplo algo mucho más poderoso que cualquier algoritmo: la actitud positiva ante la vida, la fortaleza de resistir y la dignidad de quien se levanta cada día para hacer bien su trabajo. Ǫuizá todavía no lo sepan, pero están creciendo junto a un padre que, con su esfuerzo, su alegría y su forma de mirar al mundo, ya está construyendo, sin saberlo, un mundo con más humanidad.
Agotada. Ocho de la tarde. Después de grabar una entrevista con una de las líderes de la mayor compañía de consultoría tecnológica del mundo, tenía la cabeza llena de preguntas.