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Una muerte que cambió la ley: la historia de Jack y las nuevas epidemias digitales
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Sonia Pardo

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Una muerte que cambió la ley: la historia de Jack y las nuevas epidemias digitales

La adicción digital afecta a miles de jóvenes y familias, impulsada por plataformas, bonos y marketing, mientras expertos alertan sobre sus graves consecuencias y la importancia del autocuidado y la prevención

Foto: Joven con un móvil. (EFE/Mariscal)
Joven con un móvil. (EFE/Mariscal)

Jack Ritchie tenía 24 años. Era de Sheffield, Reino Unido. Hijo único, estudió Historia y soñaba con enseñar. Pero una noche de noviembre de 2017, en un hotel de Hanoi, se quitó la vida. En su ordenador quedó abierta la página de apuestas donde había pasado sus últimas horas.

Jack no era jugador de casino ni apostador profesional. Era un joven corriente que había aprendido a apostar antes de aprender a protegerse. A los 17 descubrió las máquinas electrónicas de su barrio; a los 20 ya apostaba desde el móvil, con notificaciones que lo llamaban por su nombre: "Jack, tu apuesta gratuita te espera."

Sus padres, Liz y Charles, tardaron meses en entender qué había pasado. Cuando lograron acceder a su cuenta, descubrieron que había perdido miles de libras en las semanas previas a su muerte. Nadie le advirtió. Nadie lo llamó. Nadie lo detuvo.

Una investigación judicial —la primera en Reino Unido que reconoció una muerte "contribuida por el juego"— reveló algo escalofriante: el sistema había fallado. El juez describió las medidas de prevención e información como "lamentablemente insuficientes". Era un diagnóstico y una acusación.

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La muerte de Jack fue el punto de inflexión que obligó al Reino Unido a mirarse al espejo. Liz y Charles Ritchie fundaron Gambling with Lives, una organización que hoy acompaña a más de 150 familias que han perdido a un ser querido por la misma causa: el juego digital, rápido, invisible y legal.

Desde su creación en 2018 la entidad se ha convertido en la voz del duelo colectivo que el Estado no supo escuchar. El Departamento de Salud Pública del Reino Unido —a través de su Oficina para la Mejora y las Desigualdades en Salud (OHID)— elevó en 2023 la estimación a unas 496 muertes por suicidio al año en Inglaterra directamente relacionadas con el juego. Dos años antes, en 2021, la Agencia de Salud Pública británica (Public Health England) ya había calculado una media de superior a los 400 suicidios anuales por esta misma causa.

En términos humanos, esto significa que cada día, al menos una persona en el Reino Unido pierde la vida por culpa del juego, y cientos de familias quedan marcadas para siempre. Gambling with Lives nació para poner nombre a esas muertes silenciosas. Desde entonces, su historia se ha leído en el Parlamento británico, se ha citado en debates sobre las reformas de la Ley del Juego y ha forzado a un gobierno entero a admitir lo que hasta entonces negaba: que la adicción al juego no es un fallo moral, sino una epidemia silenciosa alimentada por el marketing, la tecnología y la dopamina.

Las nuevas adicciones del siglo XXI

En el caso de Jack, todo empezó con unas máquinas tragaperras en un barrio obrero. Ahora se ha convertido en un ecosistema de adicción global. Hablamos de todo lo que estimula el cerebro como una ruleta digital —videojuegos, redes sociales, operar compulsivamente con criptomonedas, notificaciones que saltan como pequeñas descargas de placer anticipado—.

La neurociencia nos explica que cuando algo nos gusta, el cerebro reacciona igual que con una droga. Cada vez que sentimos placer o emoción —una victoria, un mensaje, una apuesta ganada—, se activa un circuito que aporta un sistema de recompensa, encargado de regular la motivación y la sensación de logro. Su mensajero químico es la dopamina, la sustancia que nos impulsa a repetir lo que nos hace sentir bien.

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Los científicos están de acuerdo en algo muy importante: la adicción no depende de la sustancia, sino del mecanismo. Lo que nos engancha no es el objeto —una copa, un juego o una pantalla—, sino el "quizá": "Quizá gane." "Quizá alguien me escriba." "Quizá suba el precio del Bitcoin."

Qué ocurre en el cerebro cuando jugamos

Cuando jugamos —ya sea en una ruleta, en un videojuego o al revisar una app de apuestas—se mueve química cerebral. Cada vez que aparece la posibilidad de ganar, el cerebro libera dopamina, el neurotransmisor del deseo y la motivación.

Y lo más sorprendente es que esa dopamina no se activa cuando ganamos, sino cuando creemos que podemos ganar. Es la promesa del premio, no el premio en sí, la que mantiene la maquinaria encendida. Por eso las casas de apuestas y las aplicaciones diseñan sus sistemas para que el resultado sea imprevisible: un giro más, una mano más, un mensaje más.

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Ese principio —llamado refuerzo variable— es el mismo que usan las redes sociales. El "scroll" infinito, los "likes" que nunca llegan a tiempo o los vídeos que se encadenan sin fin provocan el mismo estímulo cerebral. El cerebro se queda atrapado en un bucle buscando sin descanso la próxima chispa de placer.

A corto plazo, esa química produce euforia y excitación. Pero con el tiempo, el efecto se invierte: llegan el agotamiento, la irritabilidad, el insomnio y la ansiedad. Y si el ciclo se repite lo suficiente, la mente termina reprogramada.

De ahí que las adicciones conductuales —al juego, a las pantallas o a las redes— son tan reales en el cerebro como las químicas. No hay humo, pastillas ni jeringas, pero el proceso biológico es el mismo: un estímulo, una dosis de dopamina y la sensación de que parar ya no depende sólo de la voluntad.

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Un metaanálisis de la Universidad de Toronto, que revisó 160 estudios sobre adicción a videojuegos, estimó que hasta un 57 % de los jóvenes presenta algún grado de uso problemático. Esa adicción se asocia directamente con depresión, ansiedad, impulsividad y Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH).

El equipo del Instituto de Psiquiatría de la Universidad de São Paulo, uno de los más reconocidos de América Latina en adicciones conductuales, quiso comprobar si el trading (comprar y vender en segundos) y la inversión en criptomonedas podían parecerse, en realidad, más a una adicción que a una estrategia financiera.

Lo que descubrieron fue alarmante. Analizando los datos de miles de inversores pequeños y entrevistando a operadores activos, hallaron que el 97 % de quienes operaban a diario perdía dinero, incluso después de meses o años de práctica. Y, aun así, muchos seguían conectados durante horas, convencidos de que la próxima jugada compensaría las anteriores.

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El estudio —publicado en una de las revistas científicas de mayor impacto— concluye que trading diario y el comercio compulsivo de criptomonedas presentan los mismos mecanismos emocionales y neuronales que el juego patológico.

Los pequeños traders describían sensaciones de euforia, ansiedad y vacío idénticas a las de los jugadores compulsivos: el subidón de una operación ganadora, la culpa tras una pérdida, la urgencia por "recuperar" lo perdido. Muchos reconocían niveles elevados de angustia, aislamiento social y dificultad para desconectarse, a pesar de las pérdidas constantes.

Los investigadores lo resumen de manera sencilla: la mayoría de los traders no busca beneficios, sino emoción. Su cerebro se engancha al mismo ciclo de dopamina y frustración que sostiene una ruleta o una tragaperras digital. En lugar de fichas, usan criptomonedas; en lugar de luces de neón, gráficos en verde y rojo. Pero el mecanismo es idéntico: una dosis rápida de esperanza seguida de una caída lenta en la desesperación. El patrón es el mismo: placer rápido, vacío lento.

El lado más oscuro de las adicciones digitales

Una revisión del Instituto de Helsinki sobre suicidios dibuja un panorama difícil de asumir: entre el 22 y el 81 % de las personas con adicción al juego han tenido pensamientos suicidas, y entre el 7 % y el 30 % han intentado quitarse la vida.

La línea que separa el juego, las criptomonedas o las apuestas digitales del colapso personal es tan fina como invisible. Los datos, recogidos en más de 20 estudios de Europa, Asia y Oceanía, confirman que el juego es uno de los factores de riesgo de suicidio más subestimados del mundo. En Suecia, las personas diagnosticadas con ludopatía presentan una tasa de mortalidad por suicidio 15 veces superior a la población general; en Italia, el riesgo se dispara hasta 93 veces más alto. Detrás de estas estadísticas hay una familia rota. Los padres pierden a sus hijos, los hijos pierden a sus padres, y la culpa queda flotando entre los dos.

El patrón es siempre el mismo: deudas imposibles de pagar, vergüenza, aislamiento y desesperanza. Los investigadores concluyen que el vínculo entre deuda, culpa y suicidio es consistente en todos los países analizados. Primero se pierde dinero, luego se pierde la autoestima. La deuda económica se convierte en deuda moral, y la vergüenza —esa emoción que inmoviliza— impide pedir ayuda.

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Por eso Gambling with Lives insiste: la adicción no es un vicio. Es una respuesta al dolor, a la ansiedad, a un entorno que nos sobrestimula sin permitirnos descansar. Un sistema que promete placer y solo deja cansancio.

¿Y qué pasa en España?

En España, el fenómeno sigue la misma trayectoria silenciosa. Según el Plan Nacional sobre Drogas, 1 de cada 5 adolescentes ha apostado dinero en el último año, y casi 1 de cada 10 lo ha hecho en internet. El estudio de la Universidad Miguel Hernández revela que un 16 % de los jóvenes adultos combina inversión y apuestas, y que 1 de cada 4 presenta síntomas de ludopatía. Y mientras, según el último informe de la Dirección General de Ordenación del Juego (DGOJ), el juego online en España mueve más de 2.000 millones de euros al mes en apuestas.

¿Cómo funciona este proceso para enganchar a los adolescentes?

Detrás de cada "apuesta gratis" hay una trampa bien diseñada. Los bonos de bienvenida —esas ofertas que prometen duplicar tu dinero o regalarte una partida sin riesgo— son el motor oculto del negocio del juego online. A simple vista parecen un gesto amable, una invitación a probar suerte. Pero cuando un jugador acepta un bono, también acepta unas condiciones que casi nunca lee: los llamados requisitos de apuesta.

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Para poder cobrar ese supuesto regalo, el usuario debe apostar el dinero del bono muchas veces antes de poder retirarlo: 20, 30 o incluso 50 veces. Es decir, un bono de 20 euros puede obligarte a mover hasta 1.000 euros en apuestas antes de poder recuperar un solo euro real. Durante ese proceso, el jugador pasa horas jugando, convencido de que todavía está "aprovechando el bono", cuando en realidad está atrapado en el circuito del gasto y la emoción.

El estudio del economista Ángel García-Pérez, junto con Andrea Krotter y Gema Aonso-Diego, publicado en 2024, estimó que la inversión en publicidad y promociones del juego online en España multiplica directamente la actividad de los jugadores. Analizando una década de datos oficiales, de 2013 a 2023, el equipo concluye que, por cada euro gastado en bonos o patrocinios, los usuarios terminan apostando entre 6 y 40 veces más. Dicho de otro modo: cada euro "regalado" se multiplica por 6 en dinero real apostado.

El estudio analizó a 1.429 adultos españoles y descubrió que, para muchos jóvenes, invertir en los mercados se ha vuelto casi tan emocionante —y adictivo— como apostar. En lugar de acudir a un bróker o comprar acciones a largo plazo, ahora operan desde el móvil, comprando y vendiendo activos financieros —acciones, divisas o criptomonedas— en cuestión de minutos. A esta práctica se le llama trading: especular con los altibajos del mercado para intentar ganar dinero rápido.

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Los investigadores clasificaron a los participantes en 3 grupos: los que invierten sobre todo en criptomonedas (crypto-traders), los que compran y venden acciones con prudencia (stock-traders) y los llamados gambling-traders, el grupo más vulnerable. Estos últimos —jóvenes, hiperconectados y movidos por la adrenalina— mezclan la inversión de alto riesgo con las apuestas deportivas, los casinos online o los videojuegos con dinero real, convirtiendo el mercado financiero en una nueva forma de juego.

Los resultados son preocupantes. Uno de cada cuatro presenta síntomas de ludopatía, y 4 de cada 10 muestran signos de adicción al trading. La mayoría abre y cierra operaciones en el mismo día, revisa los precios cada pocos minutos y vive pendiente de la próxima subida, como quien espera que caiga la bola en su número. Buscan control y emoción, pero acaban atrapados en una montaña rusa de euforia, ansiedad y culpa. Al final, lo que los mueve no es la rentabilidad, sino la necesidad de sentir algo, el mismo motor invisible que alimenta todas las adicciones del siglo XXI.

España, país de pequeños traders

Los investigadores situaron este fenómeno en contexto nacional: el 13,3 % de los españoles participa en algún tipo de trading, pero solo un 1 % lo hace de forma profesional. Casi la mitad invierte en criptomonedas, aunque menos del 2 % afirma entender bien cómo funcionan.

En otras palabras, millones de personas están jugando a un juego que no comprenden del todo, pero que ofrece las mismas recompensas psicológicas que una apuesta. Y las plataformas lo saben. Estas aplicaciones presentan sus productos con un lenguaje casi idéntico al de las casas de apuestas: "gana", "supera", "duplica", "tu próxima oportunidad". Colores brillantes, confeti digital, notificaciones que celebran cada operación. Es la gamificación de las finanzas: convertir la inversión en un videojuego.

Cuando España aprobó el Real Decreto de Publicidad del Juego para limitar los anuncios y patrocinios, el sector no tardó en adaptarse: cerró la puerta de la televisión, pero abrió la del móvil. Hoy los bonos y las promociones llegan por correo electrónico, por notificación o dentro de las propias apps, de forma personalizada, directa y silenciosa. La publicidad ya no interrumpe los programas de televisión: vive en nuestros bolsillos.

El truco del juego online: los expertos distinguen entre depositar y apostar, porque no es lo mismo ingresar dinero que jugarlo

El truco del juego online es más sutil de lo que parece. Los expertos distinguen entre depositar y apostar, porque no es lo mismo ingresar dinero que jugarlo. Depositar es sólo poner fondos en tu cuenta —por ejemplo, transferir 20 euros desde el banco—, pero apostar es usar ese dinero una y otra vez. Quien apuesta 2 euros diez veces seguidas habrá movido 20 euros, aunque solo ingresó 20 una vez. Ese dinero puede circular decenas de veces dentro del sistema antes de salir de la cuenta, y ese movimiento constante es el que genera beneficios para la casa.

Los bonos funcionan igual: no te regalan dinero, te compran tiempo, y ese tiempo —el que pasas dentro del juego— es el que acaba costando caro.

En conjunto, los datos confirman que el mismo modelo de adicción que destroza vidas en otros países se ha instalado también en España, impulsado por la publicidad, las plataformas digitales y la ilusión de ganar rápido en un entorno donde cada clic vale más que el control.

El autocuidado: la última frontera del equilibrio

Después de todo lo que hemos visto —el juego, la dopamina, las pantallas, los bonos, los traders, las vidas que se apagan en silencio—, queda una pregunta inevitable: ¿cómo se sobrevive en un mundo diseñado para no dejarnos parar? La respuesta no está en desconectarse del todo, sino en aprender a cuidarse para recuperar la soberanía sobre el cuerpo y la mente. Porque no es sencillo plantar cara a un sistema cuyo negocio consiste en mantenernos siempre encendidos: un poco excitados, un poco ansiosos, eternamente conectados. Y cuanto menos descansamos, cuanto más nos arrastra ese ritmo, más vulnerables somos.

Las organizaciones que trabajan contra las adicciones lo saben bien. En sus informes, Gambling with Lives propone medidas que podrían salvar miles de vidas: campañas de salud pública al estilo del tabaco, que informen sobre los riesgos reales del juego y no sobre la "responsabilidad personal"; la prohibición total de bonos, apuestas gratuitas y publicidad cruzada entre deportes y casinos; una educación independiente para los jóvenes, libre de la influencia de las empresas del juego; y un sistema nacional de apoyo psicológico para las familias afectadas y la prevención del suicidio.

Pero su recomendación más simple sigue siendo la más profunda: hablar. Romper el silencio de la vergüenza, nombrar el problema, cuidar antes de curar. Eso —en esencia— es también lo que he intentado hacer en este artículo. Porque los estudios más recientes en neuropsicología y salud pública demuestran que los hábitos cotidianos pueden reparar los mismos circuitos cerebrales que las adicciones deterioran. A esto se le llama autocuidado activo.

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Dormir, por ejemplo, es mucho más que descansar. Un metaanálisis internacional publicado mostró que las personas con trastornos del sueño tienen 3,7 veces más probabilidades de sufrir problemas de salud mental, como depresión o ansiedad. Y otra investigación recién publicada reveló que dormir menos de 7 horas aumenta un 65 % el riesgo de depresión, mientras que quienes duermen entre 7 y 8 horas son los más protegidos.

Dormir bien reordena el cerebro. Mientras dormimos, la parte del cerebro que nos ayuda a pensar con calma y tomar decisiones —la que actúa como un "freno" frente a los impulsos— se restablece. Un sueño profundo y regular también mantiene en equilibrio dos sustancias clave, la dopamina y la serotonina, que influyen directamente en el ánimo y la motivación. Por esta razón, descansar bien devuelve al cerebro su capacidad de elegir con claridad, en lugar de reaccionar por impulso.

Por otro lado, muchos estudios demuestran que la actividad física regular puede reducir el riesgo de depresión hasta en un 30 %. Moverse ayuda a estabilizar los niveles de dopamina, refuerza la autoestima y combate el estrés acumulado. Y si a eso sumamos la conexión social, el círculo se completa: hablar, compartir, reír o simplemente sentirse parte de algo actúa como antídoto contra la soledad, una de las causas más frecuentes de malestar emocional.

Practicar la autocompasión o el mindfulness fortalece la capacidad de observar el impulso antes de actuar, lo que en psicología se conoce como metacognición. Y no hay que olvidar el gesto más sencillo de todos: desconectarse digitalmente. Apagar las notificaciones, dejar el móvil fuera del dormitorio, caminar sin auriculares. Volver, aunque sea unos minutos al día, a un ritmo humano. El autocuidado es una intervención de salud mental basada en evidencia, tan necesaria como lavarse las manos antes de una cirugía.

Cuidar la mente antes de que el mercado la consuma

Jack Ritchie no murió por debilidad, sino por creer que podía controlar un sistema diseñado para no dejar de ganar. Su historia —la de un joven que apostó por diversión y acabó atrapado— tiene ecos en cada notificación que promete un premio, en cada pantalla que no podemos soltar, en cada adolescente que confunde adrenalina con éxito. Sabemos que las adicciones no nacen de la falta de voluntad, sino de entornos que manipulan la atención, el deseo y la química del cerebro.

Sabemos que el sueño, el movimiento, la conexión humana y el descanso son mecanismos biológicos de reparación. Y sabemos que lo que está en juego no es solo nuestro dinero, sino nuestra serenidad, nuestra capacidad de pausa y nuestra salud mental colectiva.

Las políticas públicas pueden —y deben— limitar la publicidad, frenar los bonos y proteger a los más jóvenes. Pero la parte más difícil —y más urgente— nos corresponde a nosotros: aprender a cuidar la mente con la misma atención con la que cuidamos el cuerpo. Dormir suficiente. Moverse un poco cada día. Escuchar. Hablar del dolor sin miedo. Apagar el teléfono.

Jack tenía 24 años. Su historia cambió leyes y movió conciencias. Ojalá también nos recuerde que, frente a un sistema que convierte la atención en moneda y el riesgo en espectáculo, el verdadero triunfo no es ganar, sino conservar la serenidad. Cuidar la mente —en silencio, con constancia, con ternura— es, quizás, el último acto de libertad que nos queda.

Jack Ritchie tenía 24 años. Era de Sheffield, Reino Unido. Hijo único, estudió Historia y soñaba con enseñar. Pero una noche de noviembre de 2017, en un hotel de Hanoi, se quitó la vida. En su ordenador quedó abierta la página de apuestas donde había pasado sus últimas horas.

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