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Lo que mi hija me enseñó de Bad Gyal… y del liderazgo femenino
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Sonia Pardo

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Lo que mi hija me enseñó de Bad Gyal… y del liderazgo femenino

Un perfil reivindica a Alba Farelo como símbolo de autenticidad y liderazgo: de orígenes humildes a referente juvenil, rompiendo moldes patriarcales con colaboraciones arriesgadas, letras empoderadas y una coherencia que inspira nuevas generaciones

Foto: Bad Gyal. (EFE/Bienvenido Velasco)
Bad Gyal. (EFE/Bienvenido Velasco)

La primera vez que entendí quién era realmente Bad Gyal no fue en un estadio ni leyendo una crítica cultural. Fue en la carretera. De viaje, cuando mi hija puso una canción: Orilla. La voz de ella, inconfundible, entró cortando el aire. Y entonces apareció él: una voz masculina, grave, menos pulida.

—¿Quién es? —pregunté.

—Se llama 8belial —respondió mi hija—. No es muy conocido. O no lo era.

Mi hija se llama Alba. La artista también. Y en ese tramo del viaje, Alba me explicó que Bad Gyal la reina del género, la que llena el WiZink Center— no necesitaba grabar esa canción. No necesitaba los números ni el empujón de un chico que empezaba en la escena underground de Madrid. Podría haber llamado a cualquier superestrella mundial, pero eligió a 8belial. Eligió bajar al barro para subirlo a él.

—Lo hizo porque le molaba el tema, mamá. Porque es auténtica.

Ahí dejé de escuchar un simple reguetón y empecé a escuchar lo que mi hija realmente estaba oyendo: generosidad. Porque hay referentes que se cuelan en la vida de nuestros hijos mucho antes de que los adultos sepamos descifrarlos. Y cuando eso ocurre, conviene callar y observar: algo importante está pasando ahí dentro.

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Bad Gyal no es un producto de laboratorio. Alba Farelo no llegó en limusina ni venía avalada por ninguna dinastía de la industria. Llegó desde Vilassar de Mar, amasando pan en una panadería de barrio, sirviendo copas y contestando teléfonos en un call center. Se pagó sus primeros vídeos con propinas y con una convicción que asusta. Lo dice en Sin Carné con una claridad brutal: "Los que no me quisieron, a toditos los callé. Porque yo solo sé hacerlo, yo no sé intentarlo". Yo no sé intentarlo. No hay duda: hay ejecución.

Entró en el dancehall y en lo urbano —territorios históricamente dominados por hombres— sin pedir permiso. No quiso sentarse a la mesa: se construyó su propia silla. Y el precio fue alto. Soportó el juicio de la industria y un escrutinio feroz. La juzgaron por el cuerpo, por la ropa, por las uñas, por la voz. Cualquiera se habría encogido. Ella subió el volumen.

Desde el principio, sus canciones no suenan a súplica. Suenan a decisión. "No me digas lo que tengo que hacer". La frase dura un segundo, pero explica una vida entera. Sirve para un jefe abusivo, para una relación tóxica o para una sociedad que exige perfección constante. En otra letra lo deja aún más claro: "Si yo quiero, me voy". Sin drama. Sin culpa. Me voy. Punto. Eso —dicho así, seco— es dinamita cultural.

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Cuando le dijeron que solo servía para ser mirada, lanzó Pussy y soltó una de las frases más claras de economía feminista en formato pop: "Tú me querías pa' ti solo y yo tengo un negocio". En un segundo desmontó el romanticismo tóxico y puso el dinero y la independencia sobre la mesa.

Bad Gyal ha reescrito el deseo desde la primera persona. No canta desde la herida de la víctima, sino desde el control de quien manda. Convirtió insultos como "zorra" en himnos de batalla, desactivando la ofensa al apropiarse de ella. El efecto es inmediato: millones de adolescentes no ven en ella a una ídolo inalcanzable. Se ven a sí mismas.

Su magnetismo reside en una autenticidad radical. En no suavizar el discurso para resultar cómoda. En no rebajar la ambición para caer simpática. "Yo no cambio por nadie", repite. Parece simple, pero no lo es: la coherencia es una forma suprema de valentía. Ha construido un estilo que no pide perdón, que reivindica que te puedes comprar tus propias joyas —"Los diamantes no le fían, sé que puedes pagarlo", canta en Blin Blin— y que nadie tiene derecho a decirte cómo vestirte o cómo moverte.

Foto: Portada del disco 'Lux' de Rosalía. (Instagram/@rosalia.vt)

Ese mensaje cala. Llega a chicas jóvenes —y también a chicos— que aprenden, sin manuales ni consignas, que para avanzar hay que ser fiel a una misma. Que habrá críticas, incomprensión y envidia, pero que detenerse para agradar a todo el mundo tiene un coste que no siempre merece la pena pagar.

Alba lo dijo con una lucidez increíble al recoger un premio de La Vanguardia: "Se me ha puesto en duda y no se me ha considerado merecedora de mis éxitos". No lo dijo con rabia, sino con la calma de quien ya ha ganado. Como quien entiende que cuando una mujer rompe el techo desde abajo, el examen suele ser doble. Y aun así, sigue.

Como madre, observar todo esto desde el otro lado es revelador. Mi hija no necesita una charla teórica sobre empoderamiento femenino. Lo está escuchando a todo volumen. Lo está bailando. Está creciendo con referentes que no hablan de libertad: la ejercen.

Foto: fraude-amor-estafa-sentimental-victimas-1hms Opinión

Los adultos solemos mirar a los adolescentes con escepticismo. Nos quejamos del precio de los conciertos, fruncimos el ceño ante letras que no entendemos y creemos que están perdidos. Nos equivocamos. Están construyendo a sus propios líderes. Y esta no es solo la historia de una cantante de éxito. Es la historia de cómo una chica de pueblo, armada con talento y carácter, conquistó un mundo de hombres sin pedir perdón. De cómo el éxito femenino, cuando es valiente, generoso y real, no solo llega: lo cambia todo.

Cuando el éxito femenino incomoda

Aquí aparece una pregunta incómoda. Cuando una mujer lidera, decide, manda o destaca sin pedir permiso, a menudo se activa una resistencia automática. No siempre consciente ni explícita, pero real. La psicología lo denomina incongruencia de rol: no significa que lo haga mal, sino que no encaja con lo que todavía esperamos —a veces sin darnos cuenta— de cómo “debería” comportarse una mujer.

Por eso el éxito femenino se mira de otra manera. Se analiza con más lupa, se comenta más y se somete a una fiscalización constante. A los hombres se les suele evaluar principalmente por los resultados; a las mujeres, por los resultados y por la forma en que los alcanzan. El listón no es el mismo, aunque lo parezca. Si una mujer es firme, se la percibe como dura; si duda, como insegura; si muestra ambición, como amenazante. Si se cuida, frívola; si no lo hace, descuidada. No es una cuestión de justicia ni de mérito individual, sino de una percepción colectiva profundamente arraigada que sigue operando incluso cuando creemos haberla superado.

Exigir excelencia… y algo más

Hay datos que no gritan, pero insisten. Año tras año, informe tras informe. El estudio Women in the Workplace, elaborado por McKinsey & Company junto a Lean In, lleva más de una década analizando miles de empresas y millones de trayectorias profesionales. No es una fotografía fija: es una película larga. Y la escena se repite.

El primer gran corte llega muy pronto. En el salto inicial hacia los puestos de mando —cuando se pasa de ejecutar a liderar personas— el talento femenino empieza a perderse de forma sistemática. Los datos más recientes muestran que, por cada 100 hombres promovidos a manager, solo entre 81 y 93 mujeres dan ese mismo paso, según el año y el sector. En una tabla parece poco; en una carrera profesional es decisivo. El efecto es acumulativo: si menos mujeres entran al primer escalón, la cantera se vacía desde abajo. No es solo un techo de cristal al final del recorrido; es una grieta al principio.

El contraste con el punto de partida es aún más revelador. Las mujeres representan más del 50 % de la población y obtienen cerca del 60 % de los títulos universitarios. El talento está ahí. La preparación también. Lo que falla no es la ambición ni la capacidad, sino el acceso temprano a la oportunidad.

Las mujeres representan más del 50 % de la población y obtienen cerca del 60 % de los títulos universitarios

El propio estudio desmonta además un mito persistente. Cuando mujeres y hombres reciben el mismo apoyo, la brecha de ambición desaparece: quieren ascender en la misma proporción. Aspiran a lo mismo. El problema no es que ellas no quieran llegar; es que llegar cuesta más.

Hay un dato que explica buena parte de ese desgaste. Los empleados con patrocinadores —alguien en una posición superior que apuesta por ellos de forma explícita— tienen casi el doble de probabilidades de ser promovidos. Sin embargo, las mujeres, especialmente al inicio de su carrera, cuentan con menos patrocinadores que los hombres. Es decir: menos red, menos margen y más examen.

A partir de ahí, todo pesa más. El error masculino suele interpretarse como aprendizaje, como parte natural del proceso. El error femenino, en cambio, se vive a menudo como confirmación de una duda previa: no es “ha fallado”, sino “ya lo sabíamos”. Ese matiz invisible convierte el liderazgo en un examen permanente y ayuda a explicar por qué, en los niveles más altos, ellas reportan mayores niveles de agotamiento y desgaste.

El sistema rara vez las expulsa de golpe: las cansa. Y eso conecta con algo que ya hemos visto en la cultura, en la música, en historias como la de Bad Gyal: no basta con ser buena. Hay que ser excelente. Y además, no equivocarse. Y además, caer bien. Los datos no hacen discursos, pero cuando se miran de frente cuentan exactamente la misma historia.

El coste invisible del éxito

La investigación muestra un patrón tan persistente que ya no puede atribuirse a la casualidad. A las mujeres no solo se les exige competencia; se les exige algo más difícil de definir y mucho más difícil de sostener: agradar. Ser excelentes, sí, pero sin incomodar; ambiciosas, pero sin parecerlo demasiado; seguras, pero sin ocupar demasiado espacio. El margen es estrecho y el equilibrio, inestable.

La psicología social lleva años poniendo palabras a este fenómeno. Madeline Heilman lo explicó de forma sencilla: a veces no es que una mujer no encaje en el puesto, sino que no encaja en la idea cultural de cómo “debería” comportarse una mujer. Cuando muestra rasgos tradicionalmente asociados al poder —decisión, autoridad, ambición— aparece una incomodidad silenciosa. No porque no sea competente, sino porque rompe una expectativa muy arraigada. Hace lo que se espera de un líder, pero no lo que todavía muchos esperan de una mujer.

Otros investigadores, como Laurie Rudman y Peter Glick, pusieron nombre a lo que suele venir después: la reacción en contra. El castigo social que aparece cuando una mujer hace exactamente lo que se espera de un líder… pero no lo que se espera de una mujer. El resultado es paradójico. Se reconoce su capacidad, sí. Pero se la juzga peor en lo personal. Se la ve menos cercana, menos simpática, menos “agradable”. Y eso importa, porque en muchos entornos la simpatía sigue funcionando como una moneda invisible: abre puertas, suaviza errores, concede segundas oportunidades. Cuando esa simpatía se pierde, el precio del éxito sube. No cambia lo que hace una mujer; cambia cómo lo interpretamos.

Bad Gyal rompe ese contrato no escrito desde el primer minuto. No se suaviza, no se explica, no se disculpa

Bad Gyal rompe ese contrato no escrito desde el primer minuto. No se suaviza, no se explica, no se disculpa. No compensa su ambición con sonrisas tranquilizadoras ni con relatos que la hagan más aceptable. Esa decisión genera admiración, pero también resistencia.

Aquí entra en juego otro factor profundamente humano: la envidia. No como pecado moral, sino como reacción psicológica automática. Las investigaciones de Richard Smith y Sung Hee Kim muestran que la envidia se intensifica cuando el éxito del otro amenaza una jerarquía implícita, cuando alguien ocupa un lugar que creíamos reservado para otro perfil.

La envidia no distingue género, pero sí responde al contexto. Se activa cuando el éxito altera el reparto simbólico del poder y obliga a revisar quién “merece” estar arriba. Entonces el éxito deja de celebrarse y empieza a examinarse con lupa: se buscan explicaciones adicionales, se cuestiona la legitimidad, se pone en duda el mérito. No siempre con hostilidad abierta, sino con algo más sutil y persistente: la sospecha.

La ciencia no lo formula en términos emocionales, pero lo que describe es exactamente eso: cuando una mujer no solo tiene éxito, sino que no pide permiso para tenerlo, el sistema reacciona. Y esa reacción —hecha de exigencias extra y envidia silenciosa— sigue siendo una de las barreras invisibles más persistentes del liderazgo femenino. Conecta, además, con lo que aprenden quienes miran desde abajo: que para avanzar no basta con hacerlo bien. A veces, hay que atreverse a no caer bien.

Por qué necesitamos más Bad Gyal

Llegados a este punto, la pregunta ya no es si Bad Gyal es una excepción brillante. La pregunta es por qué siguen siendo excepciones. Porque una sociedad que penaliza a las mujeres por ser firmes, ambiciosas o libres no solo es injusta: es ineficiente. Pierde talento, pierde liderazgo, pierde referentes y, en última instancia, pierde futuro.

Necesitamos más mujeres como Bad Gyal porque rompen el guion desde dentro. Porque demuestran que se puede llegar sin pedir permiso, sin pedir perdón y sin tener que justificarse constantemente. Porque enseñan algo esencial: que el liderazgo femenino no tiene por qué parecerse al masculino, pero tampoco tiene por qué disculparse por no hacerlo.

Las claves no son abstractas. La primera es permitir el error. Mientras sigamos tratando el error femenino como una prueba de incapacidad y el masculino como una fase de aprendizaje, la cantera seguirá vaciándose desde abajo. El talento necesita margen. Y el margen también es confianza.

La segunda es dejar de exigir simpatía como peaje. A las mujeres no se les puede seguir pidiendo que, además de excelentes, resulten agradables. El liderazgo no siempre cae bien. Y cuando una mujer incomoda, muchas veces es señal de que está haciendo algo relevante.

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La tercera pasa por entender el poder como algo que se comparte. Bad Gyal lo hace cuando colabora, cuando sube a otros, cuando no protege su posición como si fuera un trono. Ese modelo —menos jerárquico y más generoso— multiplica el liderazgo.

La cuarta consiste en cambiar los referentes antes que los discursos. Las adolescentes no aprenden liderazgo leyendo informes. Lo aprenden mirando, escuchando, imitando. Necesitan espejos donde verse sin tener que encogerse. Y aquí volvemos al principio. Mi hija no necesita que le explique qué es la incongruencia de rol, el backlash o la teoría de la envidia. Lo está aprendiendo de otra manera. A todo volumen. En el coche. En su habitación. En canciones que dicen, sin rodeos: “No me digas lo que tengo que hacer”.

Eso es educación emocional. Eso es transmisión de valores. Eso es liderazgo cultural. Y quizá por eso el cambio no vendrá solo de leyes, ni de cuotas, ni de discursos bienintencionados. Vendrá de mujeres que no negocian su autenticidad. Y de sociedades que aprendan, por fin, a no castigarlas por ello.

Porque cuando una mujer llega sin pedir permiso, el sistema se tensa. Pero también avanza. Y ahí —exactamente ahí— empieza el futuro que estamos enseñando a nuestros hijos.

La primera vez que entendí quién era realmente Bad Gyal no fue en un estadio ni leyendo una crítica cultural. Fue en la carretera. De viaje, cuando mi hija puso una canción: Orilla. La voz de ella, inconfundible, entró cortando el aire. Y entonces apareció él: una voz masculina, grave, menos pulida.

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