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Ciberacoso: cuando la mentira digital destruye la identidad y la salud mental
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Sonia Pardo

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Ciberacoso: cuando la mentira digital destruye la identidad y la salud mental

Tras la condena en París, la primera dama francesa convierte su caso en advertencia: combatir la difamación digital protege a adolescentes, expuestos a acoso amplificado por IA y normalizado por silencios y reenvíos

Foto: Distintas 'apps' de redes sociales. (EFE/Edurne Morillo)
Distintas 'apps' de redes sociales. (EFE/Edurne Morillo)

Después del veredicto del tribunal de París, Brigitte Macron no se limitó a celebrar la condena por el ciberacoso que sufrió durante años. En declaraciones a medios franceses explicó que su decisión de llevar el caso hasta el final tenía un sentido que iba más allá de lo personal. Quería dar ejemplo.

Sabía que, si una figura pública adulta no se defiende frente a la mentira y la difamación, resulta mucho más difícil que los jóvenes se atrevan a hacerlo cuando son víctimas de acoso o violencia en internet. "Si no doy ejemplo, será difícil", afirmó, pensando en los adolescentes que crecen bajo el juicio constante del entorno digital.

Para ella, aquella batalla judicial es un mensaje social. Una forma de subrayar que nadie —sea adulto, joven o adolescente— debería sentirse solo o impotente ante el acoso digital. "La gente juega con mi árbol genealógico, afirma cosas falsas… pero una identidad no es un juego: un certificado de nacimiento no es una broma", dijo durante el proceso.

Defender la verdad, insistió, no es un acto de vanidad, sino una responsabilidad colectiva, especialmente en un momento en el que niños y adolescentes construyen su identidad en un entorno digital donde la mentira puede viralizarse en segundos y causar un daño profundo y duradero.

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Ciberacoso: cuando el daño entra en la mente y no encuentra salida

El ciberacoso no es una discusión mal llevada en redes ni un conflicto puntual entre jóvenes. Es una forma de violencia psicológica persistente, especialmente dañina en la adolescencia, una etapa en la que la identidad aún se está formando. Desde el punto de vista psicológico, el impacto afecta a los cimientos mismos del bienestar emocional.

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Los especialistas coinciden en que el ciberacoso golpea tres pilares clave del desarrollo adolescente: la identidad, la pertenencia y la seguridad. En una etapa marcada por la necesidad de reconocimiento y aceptación, el rechazo social y la humillación pública no se viven como episodios aislados, sino como amenazas directas al propio valor personal. No es solo "me han atacado", sino "algo está mal en mí".

El entorno digital amplifica ese impacto. Un rumor, una burla o una imagen no desaparecen con el tiempo: pueden repetirse, compartirse y reaparecer una y otra vez, muchas veces fuera del control de quien los sufre. Esa repetición genera vergüenza, miedo anticipatorio y una vigilancia constante, una sensación de alerta continua que machaca la autoestima y la confianza. El adolescente no sólo sufre por lo que ocurrió, sino por lo que podría volver a ocurrir en cualquier momento.

Con el tiempo, muchos jóvenes desarrollan una estrategia de autoprotección silenciosa: retirarse. Dejan de participar en clase, de opinar, de mostrarse en redes, de probar cosas nuevas. No porque no tengan ideas, talento o ganas, sino porque han aprendido que equivocarse, destacar o ser visible puede tener un coste emocional demasiado alto.

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La investigación psicológica advierte de que este repliegue daña el presente —rendimiento escolar, relaciones sociales, motivación— y condiciona el futuro emocional y social. Jóvenes que aprenden a esconderse acaban convirtiéndose en adultos inseguros, hipervigilantes o con dificultades para confiar.

Por eso el ciberacoso no es un problema individual ni una exageración generacional. Es un problema social de primer orden, con consecuencias reales sobre la salud mental de quienes crecen en un mundo digital donde el daño puede ser inmediato, público y difícil de reparar. Minimizarlo es ignorar que, para muchos adolescentes, la herida no está en la pantalla, sino en cómo empiezan a mirarse a sí mismos.

Un problema colectivo: datos, presión y desgaste psicológico

El ciberacoso no aparece de forma aislada ni afecta sólo a quienes lo sufren directamente. Los datos confirman que no estamos ante casos excepcionales. Una revisión científica internacional que analizó más de 60 estudios sitúa la victimización por ciberacoso entre el 14 % y el 57 % de los adolescentes, con una media cercana a uno de cada tres jóvenes afectados de forma directa. A estas cifras se suman quienes no son víctimas visibles, pero conviven con el acoso como testigos, dentro de grupos donde el daño circula, se comenta o se comparte.

Foto: Pablo Duchement. (Foto cedida)

Esta exposición repetida a la violencia digital, incluso como observador, incrementa los niveles de ansiedad, estrés e inseguridad. No se trata de lo que le ocurre a uno, sino del clima emocional que se genera. Cuando el acoso se normaliza en un entorno —un instituto, un grupo de amigos, una red social—, el miedo se extiende y el silencio se convierte en una estrategia de supervivencia.

Todo esto se suma a una mochila emocional que muchos adolescentes ya cargan: incertidumbre sobre el futuro, presión por acertar, dificultad para encajar y una sensación creciente de soledad, junto a la expectativa constante de que algo puede salir mal en cualquier momento.

Cuando el entorno digital se vuelve imprevisible y cualquiera puede perder el control sobre su identidad, la ansiedad se instala en el día a día. Vivir en alerta permanente genera insomnio, bloqueo emocional, dificultad para concentrarse y una pérdida progresiva de confianza. El desgaste no siempre se ve, pero es profundo. Y cuando se prolonga, condiciona la forma en que una persona se relaciona consigo misma y con los demás. Y por esta razón, una sociedad que normaliza este clima educa en el miedo y en la retirada.

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Cuando la mentira se vuelve perfecta

La llegada de la inteligencia artificial ha transformado el ciberacoso de una manera profunda. Ya no se trata sólo de insultos o rumores. Ya existe la posibilidad real de crear identidades falsas, manipular audios o generar imágenes y vídeos que nunca ocurrieron, pero que parecen reales. La frontera entre lo verdadero y lo falso se ha vuelto frágil.

Por ejemplo, a comienzos de 2024, y en cuestión de horas, comenzaron a circular en redes sociales imágenes sexuales falsas generadas con inteligencia artificial de Taylor Swift en las que aparecía su cara. No existía ninguna base real. Todo era completamente inventado. Y, sin embargo, parecía real. Las imágenes eran hiperrealistas. Esto hizo que antes de ser retiradas se difundieron de forma masiva y alcanzaron millones de visualizaciones. El daño ya estaba hecho. La desmentida llegó después. Como casi siempre.

Lo más relevante de este episodio es lo que nos enseña sobre el nuevo equilibrio de poder en el entorno digital. Taylor Swift es una de las artistas más conocidas del mundo, con equipos legales, de comunicación, capacidad de presión sobre plataformas y una visibilidad que le permite defenderse. Y aun así, durante horas, no pudo controlar lo que se decía ni lo que se mostraba sobre ella.

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Ese es el verdadero punto de inflexión. Si algo así puede ocurrirle a una figura pública global, ¿qué le ocurre a alguien sin nombre, sin abogados y sin altavoz en los medios de comunicación? ¿Qué margen de defensa tiene un adolescente cuando una imagen falsa empieza a circular por su instituto, su barrio o su grupo de amigos?

Este caso mostró con crudeza que la inteligencia artificial ha eliminado una de las últimas barreras que contenían el daño: la necesidad de que algo fuera mínimamente creíble para hacerse viral. Ya no hace falta que sea cierto. Basta con que lo parezca durante unos minutos. Y esos minutos pueden marcar una vida.

Desde el punto de vista psicológico, este tipo de ataques introduce una sensación nueva y profundamente desestabilizadora: la imposibilidad de demostrar la propia inocencia en tiempo real. Aunque la mentira se desmonte después, el dolor emocional permanece. La vergüenza, el miedo y la pérdida de control no desaparecen con la rectificación. El cerebro no funciona como un comunicado oficial.

Foto: (istock)

Para los adolescentes, que construyen su identidad a partir de cómo creen que los ven los demás, este escenario es especialmente devastador. La idea de que cualquiera puede fabricar algo falso sobre ti —y que eso puede circular sin que tengas forma inmediata de detenerlo— genera una ansiedad de fondo difícil de sostener. No es paranoia. Es una lectura racional del entorno.

El caso de Taylor Swift actuó como una alarma global porque hizo visible algo que hasta entonces parecía lejano o exagerado. Mostró que la frontera entre lo verdadero y lo falso es una línea muy fina. Y que, en ese terreno, la reputación es frágil y la reparación siempre llega tarde.

En definitiva, la inteligencia artificial no crea el odio, pero sí introduce algo inédito: la facilidad de fabricar pruebas falsas. Reduce el esfuerzo necesario para hacer daño, amplifica su alcance y diluye la responsabilidad. El impacto es duradero, porque cuando alguien siente que su identidad puede ser manipulada en cualquier momento, la ansiedad se convierte en una forma de vivir.

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Salud mental: tratar el ciberacoso como lo que es

Una de las conclusiones más claras de la investigación internacional es que el ciberacoso debe tratarse como un riesgo real para la salud mental, no como un problema menor o exclusivamente educativo. La evidencia científica vincula de forma consistente la victimización digital con ansiedad, depresión, problemas de sueño, aislamiento social e incluso ideación suicida.

Esto tiene implicaciones muy concretas. Cuando un adolescente acude a consulta por ansiedad, insomnio, tristeza persistente, cambios bruscos de conducta o bajadas repentinas de rendimiento escolar, el acoso digital debería formar parte del cribado habitual. No preguntarlo es dejar fuera una de las causas más frecuentes y menos verbalizadas del malestar adolescente.

La intervención psicológica también debe adaptarse al tipo de daño específico que provoca el ciberacoso. No se trata únicamente de reducir la ansiedad o el insomnio, sino de comprender qué es lo que realmente se ha roto. Los especialistas coinciden en que este tipo de violencia deja tres heridas profundas: la vergüenza, que lleva al joven a pensar que hay algo defectuoso en él; la pérdida de control, al sentir que su imagen o su historia ya no le pertenecen; y la inseguridad constante, la sensación de que el ataque puede reaparecer en cualquier momento.

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Por eso, una intervención eficaz no se limita a "hacer que el adolescente se sienta mejor", sino que busca reconstruir aquello que el ciberacoso ha erosionado. Recuperar la pertenencia, para que vuelva a sentirse aceptado y no aislado; restaurar la seguridad, para que el miedo deje de gobernar su día a día; y reforzar la identidad, para que la mentira, la humillación o la exposición no definan quién es.

El objetivo final es devolver al joven la sensación de ser dueño de sí mismo y de su lugar en el mundo, justo lo que el acoso digital pone en cuestión.

Si se puede falsificar a alguien, hay que protegerlo

La irrupción de la inteligencia artificial introduce un principio ético ineludible: si una tecnología permite falsificar identidades, la sociedad tiene la obligación de proteger a las personas falsificadas. Especialmente cuando se trata de menores.

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La Unión Europea (UE) ya ha empezado a poner una regla muy simple: si un vídeo, una imagen o un audio han sido creados o manipulados con inteligencia artificial, debe avisarse. La lógica es evidente: si la gente no puede distinguir lo real de lo fabricado, la mentira se convierte en un arma.

Por eso la UE exige transparencia para que estos contenidos no circulen como si fueran "pruebas" auténticas y no puedan usarse para engañar, suplantar o destruir reputaciones.

Además, Europa está impulsando medidas prácticas para que esos avisos funcionen de verdad: etiquetas claras y sistemas de marcado que permitan identificar el contenido artificial en la vida real, no sólo en teoría. Y, en paralelo, también está reforzando la protección de menores en el entorno digital, con la idea de que la seguridad no puede depender únicamente de decirles a los adolescentes "ten cuidado", sino de normas y responsabilidades para plataformas y servicios.

Aun así, cuando hablamos de menores, hace falta ir más allá: cada vez se piden protocolos de cero tolerancia con la suplantación de identidad. Retirar rápido el contenido falso, guardar pruebas, avisar a la plataforma y apoyar a la víctima.

En internet, el tiempo importa: cuanto más tarda la respuesta, mayor es el daño. Y la prevención pasa también por una educación sencilla pero decisiva: aprender a detectar lo manipulado, sí, pero sobre todo aprender a no reenviar. Porque cada reenvío multiplica la humillación. Y cuando estas herramientas ya se están usando en casos de acoso escolar, la ignorancia tecnológica deja de ser neutral: se convierte en parte del problema.

Qué podemos hacer

Llegados a este punto, la pregunta es inevitable: ¿qué se puede hacer? Y, sobre todo, ¿quién debe hacerlo?

La escuela debe detectar pronto, intervenir rápido y reparar bien. La familia debe ofrecer vínculo, no solo vigilancia. Las plataformas deben asumir que no son neutrales y actuar en consecuencia. Las instituciones públicas deben regular para proteger, no para llegar tarde. Y existe, además, una responsabilidad cultural. El ciberacoso no se sostiene sólo por quien ataca, sino por quienes miran, callan o reenvían. Lo que compartimos, lo que toleramos y lo que normalizamos define el entorno en el que crecen los jóvenes.

Cuidar a los adolescentes implica asumir que viven más expuestos, más observados y con menos margen de error que nunca. Implica reducir la presión innecesaria, acompañar más y exigir mejor a los adultos, a las instituciones y a la tecnología.

Porque la salud mental de los jóvenes no se protege con discursos, sino con entornos más humanos. Y esa no es una responsabilidad individual, sino colectiva. Una sociedad que no cuida cómo crecen sus jóvenes acaba pagando el precio, tarde o temprano, en silencio.

Después del veredicto del tribunal de París, Brigitte Macron no se limitó a celebrar la condena por el ciberacoso que sufrió durante años. En declaraciones a medios franceses explicó que su decisión de llevar el caso hasta el final tenía un sentido que iba más allá de lo personal. Quería dar ejemplo.

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