El viernes 10 de octubre, el presidente Trump anunciaba nuevas tarifas para China y descartaba cualquier posibilidad de reunirse con el presidente Xi para negociarlas. Sin embargo, apenas una semana después, su discurso cambió por completo: afirmó que las tarifas vigentes eran insostenibles y que esperaba alcanzar un acuerdo con China en su próxima reunión.
Más allá de una leve caída en las bolsas, la bofetada de la semana pasada fue especialmente dura en las criptomonedas, donde —a día de hoy— muchos de los más cercanos al presidente concentran buena parte de sus inversiones. Ante semejante desplome, el cambio de tono presidencial no sorprendió a nadie.
El mercado sigue reaccionando como un títere a los comentarios del hombre más poderoso del mundo. Pero todo tiene un límite: incluso el más astuto —título que, sin duda, el señor Trump se ha ganado— puede cometer un error, y las consecuencias pueden ser peligrosas.
El posicionamiento en renta variable estadounidense se mantiene en niveles extremos. Las posiciones largas de los CTA (fondos de tendencia) están muy cerca de su límite máximo, y cualquier movimiento a la baja podría generar un efecto "bola de nieve". Por ahora, las compras de minoristas en las caídas sostienen al mercado, mientras los inversores profesionales —en especial los hedge funds— dudan a la hora de anticipar un techo para abrir nuevas posiciones cortas.
Esta dinámica, sumada a los factores técnicos extremos y al reciente nerviosismo en crédito, deja a la renta variable expuesta a una posible corrección en los próximos meses. Sin embargo, como recordó Paul Tudor Jones el pasado miércoles en Bloomberg, en los tres últimos meses de 1999 el mercado mostró un patrón muy similar y no fue hasta enero de 2000 cuando "se la pegó", tras una subida monstruosa en las semanas finales del año.
Personalmente, me preocupa cuando el mejor banquero del mundo, Jamie Dimon, advierte que cuando se ve una cucaracha (First Brands) suele haber más detrás… y al mercado le da absolutamente lo mismo.
Un colega me decía: "Jamie lleva dos años pronosticando una recesión". Tal vez su lectura macro haya sido errónea, pero si de algo sabe es de crédito, bancos y riesgo. Por eso, yo no tocaría ni de lejos los bancos regionales estadounidenses. Y vistos los movimientos de cripto, oro, plata y uranio en los últimos días, creo que, como mínimo, toca reducir exposición.
Durante meses —incluso años— desde esta columna hemos recomendado invertir en oro. Pero ahora creo que es momento de recortar posiciones. El activo amarillo ha entrado en un movimiento parabólico que, a mi juicio, no es más que una rotación —alimentada por la expectativa de bajadas de tipos de la Fed— hacia activos físicos y descorrelacionados del mercado: una cobertura ante una posible crisis del sistema.
Déjenme explicarlo de forma matemática, tal y como me lo resumía mi amigo D la semana pasada:
"La oferta monetaria global se ha triplicado desde 2008, mientras la producción de oro apenas ha aumentado un 25 %. El poder adquisitivo real del dólar ha caído un 17 % solo desde 2020. Los inversores perciben la asimetría: en términos reales, los activos de rendimiento cero están superando a los que rinden algo, por pura aritmética. Si el crecimiento anual de la oferta de oro —en torno al 2 %— se enfrenta a un crecimiento del dinero fiduciario del 8 %, la escasez relativa del oro se amplía ~6 % anual y compone ("compound") en el tiempo.
Como el franco suizo o el bitcoin, el oro es un seguro frente a crisis financieras.
Los bancos centrales poseen más de 35.000 toneladas; las bóvedas suizas guardan cerca del 10 % de la riqueza privada mundial. El mercado prefiere los activos cuya escasez aumenta, no la deuda. Oferta finita, demanda infinita. Si la riqueza global crece al 5 % anual y la oferta de estos activos crece menos del 2 %, sus precios relativos, matemáticamente, deben subir. La trayectoria exacta es incierta, pero la dirección la dicta la aritmética: escasez compuesta es apreciación compuesta."
Y es precisamente esa trayectoria la que ahora me inquieta: el consenso es excesivamente optimista, y eso suele ser señal de que hay que tomar beneficios. Por ahora he vendido el 70 % del oro de mi cartera, y he hecho algo similar con el uranio —tema que abordaré en un próximo artículo.
En bolsa, el ritmo de las compras oportunistas ("buy the dip") de los pequeños inversores ha disminuido en las últimas semanas, un buen termómetro de la actividad especulativa. A la vez, la venta masiva de criptomonedas en el último mes —que en parte alimentaba el poder de compra del minorista— sugiere que la demanda se acerca al agotamiento.
Si es así, podemos entrar en aguas revueltas de aquí a fin de año. Los excesos se pagan; la pregunta no es "si", sino "cuándo".
El viernes 10 de octubre, el presidente Trump anunciaba nuevas tarifas para China y descartaba cualquier posibilidad de reunirse con el presidente Xi para negociarlas. Sin embargo, apenas una semana después, su discurso cambió por completo: afirmó que las tarifas vigentes eran insostenibles y que esperaba alcanzar un acuerdo con China en su próxima reunión.