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Iberia, BA, IAG: tiempo de bajarse del avión
ENTRADILLA: Las ineficiencias del grupo británico-español contrastan con la disciplina operativa y el potencial bursátil de sus rivales low-cost
El otro día comentaba con un amigo lo difícil que resulta escribir todas las semanas y mantener viva esta conversación con ustedes: decir algo nuevo, interesante, y lo bastante relevante como para que sigan al otro lado.
A veces uno tiene clarísimo de qué quiere hablar, y otras, es la propia vida la que decide por uno. Hoy es uno de esos días.
Iberia, British Airways… o IAG —porque aunque lleven más de una década fusionadas, siguen operando como tres compañías distintas, y así te lo hacen saber sus empleados—, decidió arruinarme los pocos días de vacaciones que tenía con mi hijo.
Como algunos saben, este año mi hijo obtuvo una beca deportiva para estudiar en uno de los colegios más prestigiosos del Reino Unido. Una alegría inmensa, pero también una separación dolorosa: me he despedido de mi mejor amigo.
Esperaba con ilusión sus vacaciones de otoño. Sin embargo, por motivos de trabajo tuve que asistir a una conferencia, así que decidimos que viajara con su madre a España y volviera el sábado noche para compartir de domingo a martes, último día de vacaciones.
El problema vino a la vuelta. Una de las patas del vuelo era operada por Iberia y la otra por British Airways. Resultado: no pudieron facturar ni hacer el check-in online y fueron colocados en lista de espera. Cuando aterrizaron en Londres no sabían si podrían llegar a casa esa noche.
Resulta inverosímil que en 2025 una aerolínea del tamaño de IAG —que cotiza en bolsa, presume de integración tecnológica y se define como "grupo global"— no permita hacer el check-in online de un vuelo comprado en la web de BA solo porque un tramo lo opere Iberia. Una prueba más de las ineficiencias internas de un conglomerado que sigue sin volar sincronizado.
Mi familia, por suerte, llegó sana y salva. Yo, confiado, confirmé mi vuelo de las 6:30 de la mañana desde Zúrich, con escala en Londres, con la esperanza de desayunar juntos a las nueve en Jersey, ya que por más que intente volver vía Milán con uno de mis compañeros de trabajo la aplicación solo permite cambio de fechas no de aeropuerto y en el teléfono no me garantizaban la plaza.
Pensé que la diferencia entre llegar a las 10 de la noche o a las 9 de la mañana no cambiaba nada
¡Grave error!. El vuelo de Zúrich, el primero del día, acumuló cinco horas y media de retraso por un problema mecánico. Uno pensaría que, por motivos obvios, el personal de mantenimiento podría haberlo detectado la noche anterior.
Tras múltiples promesas de "solo treinta minutos más", acabamos desembarcados sin información clara y con las pantallas en blanco. Nadie se atrevía a alejarse de la puerta por miedo a perder el embarque.
A los pasajeros a Edimburgo les ofrecieron volar al día siguiente. A mí me negaron que hubiera asientos en el siguiente vuelo… hasta que demostré que podía comprar uno en la web. Una sensación maravillosa tras seis horas de espera.
Ni una disculpa. Ni un gesto. Solo soluciones parciales y rostros cansados.
Si esto lo hicieran Ryanair o easyJet, habría un escándalo mediático. Pero la realidad es que, aunque las low-cost son inflexibles, sabes a qué atenerte, y su puntualidad supera con creces la de IAG.
Desde el Brexit, las cancelaciones y retrasos de British Airways se han multiplicado. Ya no está sujeta a la normativa europea que obliga a compensar a los pasajeros, lo que reduce drásticamente las indemnizaciones.
Y mientras tanto, el efecto post-Covid ha disparado la demanda: viajamos más, más lejos y —en muchos casos— en clases superiores (premium economy o business).
IAG ha aprovechado el tirón: ha subido los precios a niveles nunca vistos. Hoy, un Londres–Madrid de fin de semana difícilmente baja de £400.
Con los niveles de ahorro en mínimos históricos, cuesta imaginar cuánto más puede durar esta tendencia, sobre todo si consideramos la estructura de costes y deuda del grupo.
Hace años recomendé en esta columna invertir en IAG. Hoy recomiendo bajarse del avión cuanto antes y subirse a easyJet
Ambas cotizan con múltiplos similares en PER y EV/EBITDA, ambos por debajo de la media del sector. Sin embargo, IAG sube más de un 30 % este año, mientras easyJet cae un 10 %.
La diferencia está en su capacidad de crecimiento, eficiencia de costes y en que la debilidad de la libra convierte a easyJet en un objetivo natural de adquisición.
Además, su política de precios sigue siendo razonable, y su puntualidad, notable.
O si está dispuesto a algo más de riesgo a cambio de mayor crecimiento , les recomiendo revisar Ryanair.
En un sector donde la experiencia del pasajero cuenta tanto como la rentabilidad, easyJet parece volar con rumbo claro, mientras IAG —sea Iberia, BA o la sigla que elijan— sigue atrapada en turbulencias internas.
Y lo digo con conocimiento de causa: pocas cosas arruinan más un domingo que una compañía aérea que olvida que, antes que inversores, somos pasajeros.
El otro día comentaba con un amigo lo difícil que resulta escribir todas las semanas y mantener viva esta conversación con ustedes: decir algo nuevo, interesante, y lo bastante relevante como para que sigan al otro lado.