Los demócratas utilizan su reciente victoria electoral en Nueva York para retrasar la reapertura del gobierno, mientras Trump, sigue inmóvil, marcando el paso del partido
Decía mi padre: “juegos de manos, juegos de marranos”. Pues bien, esa frase podría definir perfectamente lo que está ocurriendo hoy en la política estadounidense. Resulta fascinante observar cómo los demócratas utilizan su reciente victoria electoral para retrasar la reapertura del gobierno, pidiendo ahora más de lo que estaban dispuestos a aceptar hace apenas una semana, mientras Trump —aunque sin estar en la papeleta— sigue inmóvil, marcando el paso del partido.
Cada uno a lo suyo, jugando al póker político, sin considerar el impacto no solo en el PIB o en las matrices económicas, sino en el día a día del votante americano, que hace cola en aeropuertos y sufre retrasos y cancelaciones muy por encima de lo normal.
Pero revisemos la situación. ¿Cuántos de ustedes la entienden realmente? Antes de escribir este artículo, confieso que yo mismo solo tenía una idea general.
El shutdown comenzó el 1 de octubre de 2025, cuando expiró la autorización de gasto del año fiscal y el Congreso no aprobó ni los presupuestos ni una resolución temporal (continuing resolution) para mantener financiadas las agencias federales. Desde entonces, se ha convertido en el cierre gubernamental más largo de la historia de EEUU (el anterior, también bajo Trump).
Cuando el Congreso no aprueba fondos, las agencias “no esenciales” deben suspender operaciones o enviar a sus empleados a casa sin sueldo (furlough). Este escenario, sin duda, ha pesado en los resultados electorales de esta semana, donde los candidatos de Trump se llevaron un severo correctivo.
La Cámara de Representantes, controlada por los republicanos, ha aprobado varios proyectos de financiación temporal, pero el Senado, con mayoría demócrata, los ha bloqueado. Para aprobar una ley de gasto se necesitan 60 votos en el Senado para superar el filibuster, esa táctica parlamentaria que permite a una minoría bloquear el avance de una ley. Hoy, el filibuster no consiste en hablar horas interminables, sino en alcanzar ese umbral de 60 de los 100 senadores: una forma sofisticada de bloqueo que, en el fondo, los españoles conocemos bien.
El cierre no se debe a una falta de dinero, sino a una batalla ideológica: los demócratas quieren incorporar medidas sociales, como la extensión de los créditos de salud delAffordable Care Act, mientras los republicanos rechazan mezclar política social con financiación básica. Ambos usan el shutdown como instrumento de negociación para forzar concesiones del otro.
El liderazgo republicano, mientras tanto, ha preferido mantener recesos o no convocar votaciones, midiendo el impacto político. Pero los resultados electorales de esta semana podrían hacerles reconsiderar su estrategia.
A medida que se prolonga el cierre, los efectos se sienten: aeropuertos colapsados, suspensión de programas alimentarios, parques nacionales cerrados. Y detrás de todo, la Antideficiency Act, la ley que prohíbe a las agencias federales gastar dinero no aprobado por el Congreso o hacer trabajar a empleados sin garantía de pago. Solo los considerados “esenciales” —controladores aéreos, militares, policías, bomberos, médicos de hospitales federales— siguen trabajando sin cobrar, a la espera de su sueldo retroactivo.
1️⃣ Presión económica y financiera: si el cierre empieza a afectar a los mercados o al crédito del Tesoro, Wall Street y los grandes donantes presionarán al Congreso.
2️⃣ Presión institucional: el Senado podría aprobar una resolución bipartidista que fuerce a la Cámara a actuar.
3️⃣ Presión política y de opinión pública: cuando las encuestas empiecen a castigar a los republicanos en distritos competitivos, su propio partido les obligará a ceder.
Al final, el shutdown no es solo un cierre administrativo: es el espejo de un país que ha perdido su punto de encuentro.
Washington ya no discute sobre cifras, sino sobre símbolos: quién manda, quién cede, quién se atreve a reconocer que gobernar es negociar. Mientras los aeropuertos se saturan y las familias esperan sus cheques, el verdadero bloqueo no está en el Capitolio, sino en la cultura política que ha convertido la discrepancia en guerra y la cesión en traición.
Quizá el día que un político norteamericano se atreva a decir que el consenso no es debilidad, sino madurez, ese día se reabra no solo el gobierno, sino la idea misma de América. Mientras tanto… juegos de manos, juegos de marranos.
Decía mi padre: “juegos de manos, juegos de marranos”. Pues bien, esa frase podría definir perfectamente lo que está ocurriendo hoy en la política estadounidense. Resulta fascinante observar cómo los demócratas utilizan su reciente victoria electoral para retrasar la reapertura del gobierno, pidiendo ahora más de lo que estaban dispuestos a aceptar hace apenas una semana, mientras Trump —aunque sin estar en la papeleta— sigue inmóvil, marcando el paso del partido.