El inversor emocional

El inversor es básicamente emocional, es decir, puede sufrir situaciones de euforia o pánico que afectan dramáticamente a su comportamiento inversor

Foto: Imagen de recurso de un inversor (Reuters)
Imagen de recurso de un inversor (Reuters)

Toda la teoría financiera moderna se basa en un supuesto: el inversor es un ser racional que trata de maximizar sus beneficios. No obstante, el inversor es básicamente emocional, es decir, puede sufrir situaciones de euforia o pánico que afectan dramáticamente a su comportamiento inversor.

Recientemente, están ganado importancia las teorías sobre el inversor emocional, que pretenden identificar los sesgos cognitivos que afectan con más frecuencia a los inversores. Estos estudios se enmarcan en el concepto denominado “behavioural finance” o economía conductual y se basan en trabajos realizados por algunos investigadores que han sido galardonados con el premio Nobel de economía en los últimos años, como Daniel Khaneman o Richard Thaler.
La economía conductual parte de la base de que el inversor no es racional, sino que se ve afectado por cuatro sesgos psicológicos básicos, que influyen negativamente en el resultado de sus inversiones.
• Exceso de confianza. El exceso de confianza es uno de los sesgos emocionales más comunes entre los inversores. Los que se ven afectados por este factor, opinan que tienen mayores habilidades que la mayoría de los participantes en el mercado y sobrevaloran su capacidad para predecir el futuro. Asimismo, este sesgo se ve reforzado por la creencia común de que las malas decisiones de inversión son fruto de la mala suerte y las buenas son atribuibles a nuestras destrezas. Las consecuencias más comunes del exceso de confianza son que se realizan excesivas transacciones de compra y venta, lo que incrementa los costes de forma innecesaria. Además, los afectados por este sesgo cognitivo no suelen diversificar correctamente sus inversiones, ya que tienden a concentrar su inversión en títulos en los que se creen expertos.
• Los juicios sesgados. Este efecto se produce cuando sobrevaloramos las experiencias recientes a la hora de invertir. Por ejemplo, tras una fuerte caída en bolsa, los inversores tienden a tener un posicionamiento más defensivo, olvidándose de que la caída ha tenido un efecto positivo en la valoración de los activos, que se encuentran a precios muy atractivos. Como consecuencia, no vuelven a aumentar exposición hasta que los mercados acumulan varios años de rendimientos positivos.
• La presión social. A lo largo de la historia, la génesis de las burbujas siempre ha respondido a patrones similares. Permanecer fuera del mercado mientras se hincha la burbuja es muy difícil para ciertos inversores, máxime cuando ven a personas de su entorno enriquecerse rápidamente. Este sentimiento puede llevar a muchos inversores a tomar posiciones en un mercado que ya no es atractivo desde un punto de vista fundamental.
• La fobia a las pérdidas. El convertir pérdidas potenciales en pérdidas reales es una experiencia ciertamente difícil para algunos inversores. El inversor especialmente sensible a las pérdidas, por lo tanto, tendrá una fuerte resistencia a deshacerse de las malas inversiones, manteniéndolas en cartera por más tiempo del razonable y corriendo el riesgo de perderlo todo. Las buenas inversiones, por otra parte, se venderán antes de lo necesario, cuando el inversor perciba una rentabilidad que considere suficiente. Las carteras del inversor afectado por este sesgo emocional están llenas de valores perdedores. Otro de los efectos indeseables de este sesgo psicológico es que el inversor afectado tiene tendencia a incrementar el nivel de riesgo más allá de lo razonable, para intentar recuperar las pérdidas con la mayor rapidez posible.
• El descuento hiperbólico. Básicamente, es la tendencia humana a valorar más intensamente el presente que el futuro. Este sesgo psicológico se ve claramente reflejado en muchos aspectos de nuestra vida, como por ejemplo en los propósitos de año nuevo. Los buenos propósitos como el régimen, el dejar de fumar o la visita al gimnasio, quedan enterrados a las pocas semanas, cuando los estímulos diarios aparecen para torcer nuestra voluntad. Del mismo modo, a la hora de planificar nuestras inversiones, el descuento hiperbólico predice que, pesar de que hayamos establecido inicialmente una estrategia de inversión de largo plazo muy bien estructurada, la evolución de los mercados en el día a día se encargará de poner en riesgo esta estrategia, al cambiar nuestros objetivos y nuestra tolerancia al riesgo.
Existen muchos otros sesgos cognitivos que nos afectan en mayor o menor medida y es conveniente identificarlos, para ser conscientes de cómo afectan a nuestra capacidad para la toma de decisiones de inversión. Ser conscientes de las trampas psicológicas que tenemos a la hora de invertir, puede ayudarnos a evitarlas y contribuir a que podamos alcanzar el éxito en el mundo de la inversión.
* Por Álvaro Manteca Gonzalez, CFA, miembro de CFA Society Spain y responsable de Estrategias de inversión Banca Privada, BBVA.
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