Una verdad incómoda: debemos consumir menos
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Kike Vázquez

Perlas de Kike

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Una verdad incómoda: debemos consumir menos

 En mi opinión la crisis que vivimos en España no es debido al desempleo, tampoco al déficit del Estado, ni siquiera al sistema financiero, dichas variables

 

En mi opinión la crisis que vivimos en España no es debido al desempleo, tampoco al déficit del Estado, ni siquiera al sistema financiero, dichas variables son solo síntomas que esconden la verdadera causa. El matiz es importante porque solucionando los síntomas podemos provocar efectos positivos o negativos, pero solo curando la enfermedad subyacente terminaremos con la crisis. ¿Y cuál es esa enfermedad subyacente, ese principio de todos los males? Mi enfoque se reduce a una única variable: la competitividad. Es decir, no tenemos en sí mismo una crisis fiscal, ni bancaria, tenemos una crisis en la balanza de pagos aunque sus efectos nos hagan pensar lo contrario.

 

El hecho de entrar en una moneda como el euro, que es más fuerte de lo que nos correspondería, hizo que de un día para otro perdiésemos competitividad a la vez que países como Alemania la ganaban. Sus superávits comerciales fueron a financiar nuestros déficits, a la vez que el BCE aceleraba la situación con su política de “dinero gratis” para ayudar a la “Europa Core” a salir de la recesión. El aumento de nuestra deuda externa era su crecimiento gracias a nuestra voracidad importadora, basada en deuda, consumo y ladrillo. Las familias se sienten más ricas, las empresas y los bancos ganan más, el Estado recauda como nunca y Europa sale de la recesión. Todos contentos.

 

El círculo virtuoso llega a su fin cuando alguien inteligentemente se percata de que las deudas hay que pagarlas y que nuestra deuda externa neta, de las mayores del mundo, pone en riesgo nuestra solvencia. Nos cierran el grifo, por lo que la banca no es capaz de renovar su deuda con los acreedores internacionales sin que medie el BCE, y el Estado ve como se evaporan unos ingresos que otrora lo hacían sonreír mientras presumía de superávit. Parece una crisis bancaria, lo es, parece una crisis fiscal, lo es, pero solo solucionando nuestra balanza de pagos se resolverá el problema originario: la competitividad.

 

Pero he aquí el gran problema, ¿cómo mejoramos la competitividad? Para saberlo una primera dificultad es definir dicha variable. Partamos de la base de que ser competitivo es “ser elegido”, no mejor ni peor, elegido, y en el caso que nos ocupa es ser elegidos en el comercio internacional, esto es, conseguir que nuestra balanza comercial tenga superávit. ¿Y cómo conseguimos que nuestra balanza comercial tenga superávit? Solo hay dos formas, o bien aumentando nuestras exportaciones, la opción más difícil de alcanzar, o bien reduciendo nuestras importaciones, doloroso pero más sencillo.

 

Exportaciones: Para aumentar las exportaciones el “santo grial” parece estar escondido en la bajada de sueldos, si antes hubiésemos devaluado la moneda un 20% ahora nos proponen que hagamos una devaluación interna de dicho importe. ¿Cuál es el problema? Pues el problema es que, además de dificultar el repago de la deuda, la relación no es tan directa como a priori pudiésemos pensar. Al devaluar es el precio final el que sufre una modificación, pero con una bajada de salarios solo afectamos a una variable que es la mano de obra y no a otros costes como los aprovisionamientos, el transporte, la maquinaria o la eficiencia en el working capital entre otros.

 

Recordemos además que hoy por hoy los productos con alta carga de mano de obra ya no se fabrican en los países desarrollados salvo excepciones, ahora están en China, Vietnam o Marruecos, pero no en España. Por ello si aplicamos una bajada de salarios en un producto en el cual la mano de obra es el 80-70% del coste obtenemos una mayor competitividad inmediata, pero ¿y sí el producto tiene un mayor valor añadido y los salarios solo representan por ejemplo un 30%? En dicho caso la competitividad a mayores solo sería del 6% y eso sin tener en cuenta los efectos secundarios como podrían ser la desmotivación del personal.

 

Es obvio que en muchos casos sí será solución y que hay factores que pueden obligar a ello como una mala situación financiera de la empresa, pero la bajada de sueldos indiscriminada no va a hacernos exportar más como ocurría hace un siglo y de hacerlo sus efectos sociales serían mucho más perniciosos que sus beneficios. Existe otro enfoque y es el enfoque del valor. Si en lugar de pensar cómo reducir costes pensamos también cómo transmitir un mayor valor al cliente obtendremos no solo una solución sino también una ventaja competitiva para el futuro. Hoy por hoy las empresas que saben diferenciarse, escoger y segmentar bien su mercado no tienen crisis.

 

El no saber dar valor a un producto no es un defecto actual de nuestra economía, viene de tiempo atrás, pero no se ha manifestado claramente hasta que ha “bajado la marea”. Ahora toca ponerse a trabajar en ello, pero obviamente tampoco veremos cambios de un día para otro, salvo en aquellas empresas que han conseguido adelantarse a la tendencia o aquellas que siempre han practicado la excelencia. Y ya que con la bajada de salarios tampoco veremos notables mejoras en las exportaciones toca, inevitablemente, fijarse en las importaciones.

 

Importaciones: Nuestras exportaciones han mostrado un comportamiento mucho mejor de lo esperado recientemente, pero no lo suficiente como para conseguir una balanza comercial con superávit. De hecho, si nos hemos acercado al equilibrio es en gran parte gracias a una moderación de las importaciones, y es con esta realidad con la que tendremos que convivir en el futuro. ¿Por qué se reducen las importaciones? La reducción que hemos visto se debe principalmente a una disminución de la demanda interna, y eso teniendo en cuenta que un porcentaje importante de las mismas se usan para productos que nuevamente se vuelven a exportar y por tanto no pueden ser eliminadas (aunque sí substituidas si lo nacional recupera competitividad).

 

Así que si las exportaciones tienen un techo, y más en un mundo como el actual en donde todo el mundo quiere exportar, solo nos queda como solución importar menos, e importar menos no se consigue con proteccionismo, ya que nos engañaríamos a nosotros mismos y seguiríamos sin empresas competitivas, sino con menor consumo. Ceteris paribus un menor consumo nos lleva a un mayor ahorro y por tanto a un mayor equilibrio en nuestra cuenta corriente. Es decir, que mal que nos pese, más tarde o más temprano, nuestra crisis se resolverá cuando tengamos una mayor propensión al ahorro. Lo que quiere decir que el PIB se resentirá, cierto, pero es el peaje a pagar, peaje que habrá que pagar antes o después porque sin equilibrio no hay final de la crisis.

 

 

De hecho observen esta gráfica de CLSA, uno de los brokers con más fama de Asia especialmente por su “research”, que analiza lo sucedido agregadamente en la crisis asiática de los años noventa con las importaciones y exportaciones de los diferentes países afectados. Sacan varias conclusiones en dicho informe pero la fundamental es que los países no exportan de repente tras una recesión deflacionaria como esta, en realidad lo que ocurre es que la demanda interna colapsa y eso lleva al equilibrio. Es más, los países que se resisten a dicho ajuste suelen ser los que más tarde consiguen salir del bache, rompan o no su tipo de cambio fijo.

 

Es cierto que la política monetaria o fiscal es útil para evitar ajustes irracionales que puedan causar daños irreversibles así como también de estímulo “anticíclico”, pero no menos cierto es que el ajuste debe producirse y cuanto antes mejor. Les dirán que no, que mejor consumir, y es cierto que es un dulce paliativo, pero la verdad incómoda es que eso solo prolonga la agonía. Además no solo nos jugamos nuestra propia integridad, también la de la Eurozona, y es que cuanto más competitivos consigamos ser y más converjamos entre nosotros mayor potencia económica será Europa el día de mañana. Por ello más valor, más competitividad, más ahorro y más Europa.