Thomas Piketty: el gurú de la desigualdad

El mundo económico ha encontrado a un nuevo gurú, se llama Thomas Piketty. Hay quien dice de él que es el nuevo Marx, y quien afirma

Thomas Piketty (1971) es un economista francés que está revolucionando el pensamiento actual con su nuevo libro “Capital in the Twenty-First Century”, publicado recientemente por Harvard University Press (o en su original francés “Le Capital au XXIe siècle” de Éditions du Seuil). En su opinión el capitalismo es fantástico por lo bien que asigna los recursos existentes, pero es tremendamente torpe distribuyendo la renta. Por ello, si no hacemos nada, nos arriesgamos a sufrir su verdadera cara: la concentración de la riqueza mundial en unas pocas manos.

Tradicionalmente la economía ha considerado la desigualdad un mal necesario. Por una parte se consideran positivos los incentivos, y que por tanto se permita funcionar la meritocracia, recibiendo más quien más lo merece. Por la otra siempre ha existido un gran temor a establecer medidas que corrijan dicha desigualdad, puesto que pueden resultar dañinas para el crecimiento, incluso más perjudiciales que la propia enfermedad, o desincentivadoras. Sea por un motivo u otro, ni la desigualdad se consideraba un problema relevante, ni tampoco contaba con un excesivo respaldo intelectual. Hasta ahora.

En los últimos meses estamos viviendo un repunte en esta temática sin precedentes, quizá porque existe la percepción de que es la población menos favorecida quien está cargando con la mayor parte de la factura de la crisis, no siendo su principal culpable, o quizá porque cuando nos dicen que un 1% de la población controla el 39% de la riqueza mundial nos resulta indignante, véase el Occupy Wall Street y su eslogan “We are the 99%”.  Piketty puede convertirse en la cara visible de estas reivindicaciones, y puede darle legitimidad académica al debate tras pasarse más de 20 años estudiando las desigualdades en la renta y la riqueza, así como por ser considerado uno de los mayores expertos a nivel mundial en la materia.

Su tesis principal se fundamente en que el retorno neto del capital normalmente es superior al crecimiento económico, algo que Piketty ilustra como “r > g”,  lo que produce una desigualdad entre aquellos que poseen la riqueza, generalmente distribuida en pocas manos, y todos los demás. Este fenómeno se consolida a lo largo del tiempo gracias al interés compuesto, de forma que cada vez el capital o riqueza es mayor en relación a la renta, lo que mide como “capital to income ratio” o riqueza total entre renta nacional anual. Siendo dicha relación de unas 7 veces en el Siglo XIX, de 2 veces tras la II Guerra Mundial y de casi 6 veces en la actualidad.

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Nos advierte de que la prosperidad vivida a mediados del siglo pasado no es lo normal, puesto que se produjo por una serie de factores poco comunes: guerras (destrucción de capital, reconstrucción, requerimiento de mano de obra…), alto crecimiento económico, tecnología, aumento población y fuerte carga impositiva a las altas rentas. En la gráfica de arriba puede observarse que a lo largo de la historia el retorno neto sobre el capital siempre ha sobrepasado ampliamente el crecimiento económico existente, salvo en el siglo pasado. Por ello la solución de Piketty es gravar las rentas del capital hasta que su retorno neto (después de impuestos) agregado se sitúe por debajo del crecimiento económico.

Así dicho suena bien, e incluso lógico, pero para lograrlo plantea un impuesto del 80% a las rentas superiores al millón de dólares, del 50-60% por encima de 200.000 dólares, y un impuesto a la riqueza del 10% anual en las mayores fortunas, o del 20% una única vez en patrimonios altos. Quizá sea por este tipo de propuestas por las cuales la figura de Piketty está tan polarizada, siendo para unos el nuevo Marx, y para otros un economista que sin duda pasará a la historia situado al lado de los grandes.

Todo el mundo alaba su gran trabajo, pero no todo el mundo comparte sus conclusiones. Y es que Piketty parece ver en el fin de la desigualdad el objetivo a conseguir y no un simple medio para un objetivo mayor, como podría ser el desarrollo, el progreso, la felicidad o lo que se decida. En otras palabras, terminar con la desigualdad no nos llevará por si solo a un mundo mejor, y por tanto éste no puede ser el objetivo último a alcanzar. Asimismo tan importante es querer reeditar los sucesos positivos del Siglo XX como reconocer que el capitalismo, con sus vicios y virtudes, ha alcanzado el mayor crecimiento y bienestar para la población de la historia.

Dicho esto, también hay que señalar que existen cada vez más indicadores que parecen mostrar que la desigualdad actual es excesiva y que es necesario actuar contra ella. Véase un reciente artículo del New York Times (“The American Middle Class Is No Longer the World’s Richest” 22-04-2014) donde se disgrega la renta por clases sociales, llegando a la conclusión de que la clase media estadounidense es hoy más pobre, después de impuestos, que la de otros lugares como Canadá, y está perdiendo posiciones a pasado agigantados con todos los grandes países europeos. Además, en el caso de la clase baja el resultado es aún peor, claramente superada en la comparativa.

Estados Unidos está creciendo, es uno de los ejemplos de cómo salir de la crisis, pero su creciente desigualdad está provocando no solo que la mayor parte de su población esté peor que la de otros países comparables, sino que además, ajustando los datos por inflación, su clase media se ha estancado desde el año 2000. ¿Es este un crecimiento sostenible? ¿Es el modelo un país en donde solo su élite se ha beneficiado económicamente en los últimos 14 años?

Otro interesante aporte al respecto es el realizado por Amparo Castelló-Climent y Rafael Doménech (“Human capital and income inequality: Some facts and some puzzles” 23-04-2014), donde muestran que a pesar de que cada vez somos más iguales en nuestros conocimientos, ello no ha ayudado a disminuir la desigualdad en los ingresos. No sé si esto podrá ser achacable a lo que Piketty denomina “arbitrariedad” de las altas rentas, las cuales a su juicio no estarían justificadas por su mérito sino por otros factores, pero desde luego da que pensar.

Más contundente es, si cabe, el FMI. En uno de sus últimos trabajos (“Redistribution, Inequality, and Growth” Febrero 2014) llegan a conclusiones que como mínimo podemos calificar de impactantes, por ejemplo que la baja desigualdad después de impuestos está altamente correlacionada con un crecimiento más alto y más duradero, o que, contrariamente a lo popularmente asumido por los economistas, las políticas redistributivas no tienen un impacto negativo en el crecimiento salvo en casos extremos, e incluso en algunos casos pueden ser positivas: tal es el caso del gasto en sanidad o educación.

Piketty se ha dado a conocer al gran público en el momento justo, puesto que ahora estamos más preocupados que nunca por esta cuestión, por ello y porque es uno de los mayores expertos a nivel mundial sobre la distribución de la renta y la riqueza probablemente pasará a la historia junto con su libro “Capital in the Twenty-First Century”. No obstante, la solución no puede ser eliminar la meritocracia ni dejar de ver las virtudes del capitalismo aunque, si no ponemos un techo a la creciente desigualdad, probablemente los problemas irán creciendo hasta provocar medidas que pueden ser perjudiciales para todos. Tenemos un problema, y necesitamos una, buena, solución.

Perlas de Kike

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