Lo llaman gasto, y quieren decir modelo productivo

Todo el mundo debate sobre el gasto público, sobre imponer más austeridad o más estímulo. Sin embargo, lo importante es cómo crecemos

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Hay quien argumenta que Grecia es una clara muestra de que la austeridad no funciona. Si lo hiciese, el país en el que más duras medidas se han aplicado debería de mostrar un mejor comportamiento que sus comparables. Y no es así. Incluso ha vuelto a decrecer en el primer trimestre.

Por otra parte hay quien argumenta que el recorte del gasto sí funciona. Muestra de ello son países como España o Irlanda, en donde una austeridad moderada ha obtenido unos resultados internacionalmente alabados, hasta convertirse según numerosos analistas en una de las locomotoras de Europa.

¿Cómo es posible que países con unas circunstancias aparentemente similares, todos ellos en situación de crisis y pertenecientes a la zona euro, tengan suertes tan dispares? Sin duda una de las peculiaridades de la economía es que siempre existen ejemplos que sirven de argumentación a nuestras creencias. Pero, tratando de ser lo más objetivos posibles, ¿existe alguna visión que pueda reconciliar ambas argumentaciones?

Un artículo muy interesante al respecto es el escrito por Daniel Gros en Project Syndicate la pasada semana, llamado “Why Greece is Different”. ¿Por qué Grecia es diferente a otros países en situación de crisis pertenecientes a la Eurozona?  La diferencia radica, según el autor, en las exportaciones.

Grecia, España o Portugal presentan una de las deudas exteriores netas más elevadas del mundo

Su razonamiento es que, cuando un país se ve afectado por una crisis y sufre una minoración de la demanda interna o bien una contención del gasto público, entonces son las exportaciones quienes tienen la labor de compensar, al menos en parte, el daño sufrido. En otras palabras, es el sector exterior quien tiene en su mano la llave para escapar de ‘la trampa de la austeridad’. A grandes rasgos podemos afirmar que, si las exportaciones funcionan, el país saldrá bien parado de la austeridad, y sino no.

Dando por correcta la teoría de Gros, tendría sentido que en un país como Alemania fuesen fervientes seguidores de las medidas de austeridad, puesto que su sector exterior tendría el suficiente potencial como para compensar cualquier medida llevada a cabo. Asimismo se justificaría la aversión griega a las medidas punitivas, puesto que sus resultados irían justo en sentido contrario a los germanos.

La comparación alemana y griega es muy clara, puesto que la primera exporta bienes y servicios en una cantidad equivalente al 46% de su PIB y la segunda de un 30%, según datos del Banco Mundial de 2013. ¿Pero funciona realmente la comparativa en otros casos? España, según esos mismos datos, exportaba un 32% de su PIB. Es más, de 2011 a 2013 España habría mostrado un crecimiento del 25 al 32% del PIB, mientras que Grecia habría pasado del 22% al 30% del PIB.

Atendiendo a los datos del sector exterior no se justificarían los diferentes comportamientos mostrados por España y Grecia en respuesta a la austeridad. Si bien Gros, implícitamente, saca a colación un concepto más para respaldar su hipótesis: no hablamos solo de cantidad sino de calidad. Esto es, lo importante no es exportar un 30% del PIB o un 45%, lo importante es cuánto beneficia al país cada euro que se exporta.

Por ejemplo gran parte del ‘milagro exportador’ griego se debe a los productos petrolíferos. Suena bien que un país exporte productos petrolíferos pero, si tenemos en cuenta que Grecia debe importarlo primero, entonces ya no resulta tan positivo. Especialmente por el exceso de capacidad existente en el refino, y por tanto por sus bajos márgenes. Vamos, que Grecia no consigue beneficiarse del crecimiento de las exportaciones por el bajo valor añadido que presentan los bienes que venden a otros países.

Incorporando el valor añadido a la teoría de las exportaciones para contrarrestar la austeridad, nos encontramos ante una argumentación bien cuadrada. Una teoría de la que, de ser cierta, podríamos extrapolar que la austeridad no es por sí misma mala, pero sí puede tener efectos devastadores en ciertos países carentes de un modelo productivo intensivo en bienes de valor añadido. Es decir, que en ciertos países como Grecia, más que en la austeridad, habría que centrarse en dotarlos de medios con los que ganarse el pan.

Y esto último, a pesar de su importancia, es algo que a menudo se olvida. O quizá no se olvida, pero se mira para otro lado ante la complejidad de la empresa. ¿Cómo conseguir que un país en crisis mejore su valor añadido si incluso los países más pujantes sufren para hacerlo? Y en caso de saber cómo, ¿quién decide en qué sectores debe incrementarse el valor añadido? Lógicamente si Grecia o España aplicasen recetas alemanas para incrementar el valor añadido, por ejemplo, en maquinaria, eso perjudicaría a los germanos, quienes pasarían a ser ‘menos competitivos’.

Incierto, difícil y probablemente injusto. No interesa. Máxime cuando un cambio de modelo productivo exige muchos años de dedicación y los políticos son elegidos cada cuatro años. Máxime cuando un cambio de modelo productivo no obtiene resultados inmediatos por lo que resulta muy complicado determinar si se camina por la senda correcta o si se está perdiendo el tiempo. No toca, sin embargo esta parece ser la clave de la ecuación.

Creer que se puede cambiar el modelo productivo de un día para otro y que saldremos de la presente crisis ‘siendo alemanes’ es utópico

De hecho, como ya hemos comentado en alguna ocasión en esta sección, probablemente no hubiese alternativa a la austeridad en países como Grecia, España o Portugal. Su aplicación generó una grave recesión, e incluso una crisis que podríamos calificar de depresión en el primer caso, pero la abultada deuda externa neta obligaba a tomar medidas para corregir los abultados déficits exteriores de estos países. Aplicando austeridad se minora la demanda interna y el saldo exterior se corrige, no es lo idóneo pero funciona.

Grecia, España o Portugal presentan una de las deudas exteriores netas más elevadas del mundo (otro debate es quien ha financiado el dispendio y el papel de euro en todo ello), llegando a desequilibrios en la cuenta corriente de 10% anual en los momentos previos a la crisis, algo a todas luces insostenible. Cierta dosis de austeridad era, probablemente, innegociable, contrariamente a las recetas que pueden aplicar otros países con su deuda exterior controlada y con moneda propia.

Sin embargo el gran debate no es qué dosis de austeridad es necesaria, o si preferimos el estímulo, el gran debate es cómo ayudar a países carentes de un modelo productivo que genere valor añadido. Y por mucho que en España nos haya ido mejor que a Grecia (entre tanta paja existe también grano en nuestro país), el modelo de ladrillo y turismo no nos llevará muy lejos, por mucho que a corto plazo sea mejor que nada. Este es un debate que, lejos de afectar a los helenos, nos debería preocupar especialmente a nosotros.

Y es el momento actual el propicio para plantearlo. En una crisis tan profunda como la que hemos vivido hay que intentar crecer con los recursos que tenemos, pero creer que se puede cambiar el modelo productivo de un día para otro y que saldremos de la presente crisis ‘siendo alemanes’ es utópico. Por la contra, ahora que volvemos a crecer y que hemos pasado la etapa de las urgencias, lo primordial será centrarse en el largo plazo, en el qué queremos ser, y tomar las medidas necesarias. No es fácil, pero quien renuncia a sus ilusiones por una efímera comodidad termina perdiéndolo todo.

Perlas de Kike

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