Popular, una resolución con luces y sombras
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Kike Vázquez

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Popular, una resolución con luces y sombras

A pesar de que la intervención del Banco Popular ha sido satisfactoria en muchos sentidos, también hay elementos que merecen una mayor aclaración. Luces... y sombras

placeholder Foto: Un repartidor pasa ante una oficina del Banco Popular. (EFE)
Un repartidor pasa ante una oficina del Banco Popular. (EFE)

Recuerdo que el 6 de junio había gente ilusionada por una noticia de Bloomberg, la cual decía que Santander estaba estudiando una ampliación de capital superior a los 5.000 millones de euros para comprar Banco Popular. Por fin la acción se pondrá en valor, pensaron. La realidad era muy distinta y, el día 7, las caras rememoraron a un día de difuntos. Mis sinceras condolencias a los afectados.

No obstante es necesario señalar las partes positivas del proceso. Hay que aplaudir que por fin la resolución de un banco en Europa se gestione como mandan los libros: con pérdidas de accionistas y bonistas, y sin compromisos públicos (que conozcamos). Hay que celebrar que, al existir un comprador, no han sido necesarias quitas en los depósitos superiores a los 100.000 €. Tampoco se ha producido un acusado contagio (más allá de Liberbank, y algo de culpa tendrán sus escasas provisiones…). Y todo ha sido rápido, muy rápido.

Un ‘bail-in’ inmejorable. O no. A mi juicio la parte técnica lo ha sido, pero también creo que es necesario diluir ciertas sombras que rodean el proceso. La pregunta clave es, ¿cómo es posible que el otrora banco más eficiente de Europa acabe, en la práctica, quebrado? La respuesta genérica es sencilla: una gestión nefasta. 37 mil millones de euros en activos improductivos y una morosidad del 14,6% son buena muestra de ello.

Ahora el Sr. Ron afirma que “el banco era solvente y tenía liquidez cuando yo me marché”, como si más del 90% de las pérdidas de los accionistas no se hubiesen producido bajo su mandato. Y aún encima cobró por ello. Es más, no solo destruyó la práctica totalidad de valor que tenía el banco, probablemente, si no fuese por él, muchos accionistas hoy no lo serían, ya que impuso en las sucursales la cultura del miedo y del engaño al cliente. Colocar sea como sea.

Por supuesto en este país da igual vender preferentes de entidades que van a quebrar, colocar acciones de bancos malos (y no hablo de la Sareb) o emitir al mercado minorista con trípticos cuya imagen fiel se limita al logotipo de la entidad financiera. Da igual, porque nadie hará nada. Aquí se mira para otro lado y, mañana, si pasa algo, ya lo tapará el dinero público, “que no es de nadie”.

Por eso, teniendo en cuenta la gestión del Sr. Ron y los antecedentes de supervisión que tenemos, es de celebrar que no hayan existido daños mayores. Si bien, dicho esto, y dando por hecho que el deterioro de una entidad financiera no se produce de un día para otro, llama mucho la atención la actuación que ha tenido el Sr. Saracho. El Popular estaba herido de muerte, pero ¿cómo es posible que no haya hecho nada para salvar el banco?

Evitó reformular las cuentas para no tener que firmarlas, eximiéndose así, a priori, de responsabilidad legal. Nunca apostó por la acción, como así demuestra que no se le conozca compra alguna de acciones del banco (a pesar de los millones que el banco invirtió en su fichaje). Solo comunicó problemas y ninguna solución: que era necesaria una ampliación o una venta lo intuía todo el mundo, pero a un hombre de su categoría y trayectoria se le esperaba un plan, una estrategia, algo…

Dejó que el banco se muriese sin liquidez. Es cierto que una vez sembrado el caos no hay mucho que hacer, especialmente teniendo en cuenta la dependencia del Popular de la financiación ‘no retail’ (dudo que los minoristas hayan provocado esto), ¿pero no pudo realizar alguna emisión antes si intuía que podía llegar a existir un problema de liquidez? ¿No pudo preparar algo? ¿No pudo intentar generar algo de confianza en vez de eliminarla?

No vendió nada relevante, ni participadas, ni activos, ni siquiera el banco. Y venía para eso, decían. Es su especialidad, repetían. La financiera de consumo del Pastor a Abanca y un trocito de Targobank a sus socios franceses, y ya. Y eso que no parece complicado vender algo simbólico de unos activos problemáticos contabilizados en 37 mil millones (y provisionados al 45%). O alguna participada con beneficios, para la que seguro que no faltan interesados. Es increíble no haber hecho un esfuerzo mayor en vender con lo trascendental que era para la entidad hacerlo.

Por si fuese poco un bonista manifiesta en el Financial Times que la entidad tuvo, hace un mes, la oportunidad de ampliar capital. No lo hicieron. Una ampliación sería muy dilutiva, pero sin duda menos que el resultado actual. Nadie tenía la varita mágica y aún intentándolo puede salir mal, lo que no es de recibo es no intentar nada. Dejar morir el banco. Esto es inexplicable. O al menos yo no lo acabo de entender.

No es extraño que haya quien piensa mal. Interesante es la denuncia de la AEMEC del 21 de abril, la cual ha provocado que la CNMV investigue si el ¿accionista? D. Antonio del Valle, 'enemigo' del Sr. Ron y quien trajo al Sr. Saracho, pudo beneficiarse con la caída de la acción. En este punto voy a situar por delante la trayectoria y reputación del Sr. Saracho. Ducho mucho que se prestase a ningún tipo de juego, ni este, ni otros. No obstante creo que sí es pertinente investigar las actuaciones del mexicano.

El Sr. Del Valle ha usado una figura no societaria para invertir, o lo que es lo mismo, ha operado a través de numerosos nombres heterogéneos sin un vehículo común pero con una estrategia única. Esto evita los mecanismos de control que existen. Vamos, que en la práctica no sabemos que ha hecho con sus acciones y si se ha podido lucrar con esto. Coincidiremos que alguien con información privilegiada de máximo nivel, sin el necesario control, es cuestionable por muchos motivos. Especialmente teniendo en cuenta ciertos antecedentes. No obstante cuesta creer que hubiese querido hundir el barco cuando, se dice, iba a poner dinero para reflotarlo. Y cuando, a priori, tenía su dinero invertido en él.

Lo único que parece claro es que, a pesar de los puntos fuertes que ha tenido el proceso, también quedan cosas por explicar. No se entiende por qué el Sr. Saracho no hizo más, ni tampoco el doble juego que parece haber practicado el Sr. Del Valle. ¿Quizá las riñas internas fueron las que llevaron a la parálisis y al peor desenlace? ¿Quizá hay más implicados? Una intervención con muchas luces, sí, el erario público lo agradece, pero también sombras. Demasiadas. Sombras que ojalá terminen saliendo a la luz.

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