El negocio de la falsa felicidad

Muchos negocios nos ofrecen productos que aumentan nuestro placer a corto plazo, incluso algunos en los que no pensamos. Pero eso no aumenta nuestra felicidad.

Foto: Foto: Reuters.
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Hoy es el último artículo de la temporada, y por ello vamos a cambiar ligeramente el tono de la sección. Vamos a seguir hablando de negocios, pero de forma diferente a la habitual. Vamos a hablar de negocios desde el punto de vista de la felicidad. Al fin y al cabo, ¿qué hay más importante que la felicidad? Sin embargo, a pesar de su relevancia, parece que cada día nos cuesta un poco más alcanzar ese estado de satisfacción y plenitud, y no solo por la crisis. ¿Por qué?

Probablemente porque nuestra sociedad ha confundido el concepto de felicidad con el de hedonismo. Y me explico. En nuestro día a día todos somos culpables de buscar pequeñas recompensas temporales a corto plazo para incrementar nuestra felicidad aparente. Algo que no está mal, siempre y cuando no perdamos de vista el largo plazo.

Por ejemplo, podemos tomar unas cañas con los amigos, sin tener problemas con el alcohol. Podemos comprar ropa sin convertirlo en una obsesión ni tener problemas financieros a final de mes. Podemos cubrir una quiniela sin ser adictos al juego. O comer un bombón sin poner en riesgo nuestra salud. De hecho, si nos paramos a pensar, nos daremos cuenta de que existen innumerables negocios que viven de darnos pequeñas recompensas a corto plazo. Usarlos no está reñido con ser felices.

Buscando el placer nos olvidamos de ser felices, y cuando el mecanismo para salir es buscar más recompensas a corto plazo comenzamos a sentirnos vacíos

¿Cuándo surge el problema? Cuando abusamos de ellos o no reconocemos el abuso. En unos negocios es fácil darse cuenta, en otros no. Hay negocios que no nos complican nuestro fin de mes, no perjudican nuestra salud, y sí viven del abuso de la recompensa cortoplacista. Hay negocios en los que no somos capaces de reconocer sus efectos a largo plazo. Tanto es así que esto que voy a contar es una teoría, y no algo ‘oficial’. Por el momento.

Hablo de un artículo publicado a principios de este mes en el Financial Times sobre los efectos de la tecnología en nuestra felicidad. El texto se basa en un libro que se publicará en septiembre llamado ‘The Hacking of the American Mind’, en donde el autor Robert Lustig, un endocrinólogo pediátrico, habla de cómo las empresas nos han 'engañado' vendiéndonos placer llamándole felicidad. Podemos pensar en las bebidas azucaradas pero es algo generalizado. De hecho últimamente el mundo tecnológico lo ha captado muy bien, convirtiéndolo en su modelo de negocio.

Si bien no he tenido la oportunidad de leer el libro, comparto la idea. En el mundo actual damos importancia a la educación formal, al ocio o a la salud física, y nos olvidamos de cuestiones tan importantes como nuestra propia salud mental. Nos olvidamos de ser felices. Quizá porque no hemos aprendido, no nos han enseñado o porque nos han condicionado y así somos consumidores más rentables. El hecho es que en lugar de buscar la felicidad hemos abrazado el placer como objetivo.

Existen muchos negocios que viven de vender pequeñas recompensas a corto plazo, algo que es normal (nadie compra o consume algo que no le agrada), el problema surge cuando confundimos las pequeñas recompensas cortoplacistas con la felicidad y nos volvemos adictos a ellas, lo que puede derivar en adicción y en depresión.

Así, por ejemplo cuando estamos constantemente actualizando Facebook, Instagram o Twitter, buscando algo que nos alegre momentáneamente, nos creemos que todo lo que obtenemos es bueno. No estamos consumiendo un exceso de azúcar, ni de alcohol, ni gastando más de lo que podemos permitirnos (conductas más fácilmente detectables como perjudiciales), incluso es posible que ahorremos. Pero no por ello todos los efectos son positivos.

Cuando estamos constantemente actualizando Facebook, Instagram o Twitter, buscando algo que nos alegre momentáneamente, nos creemos que todo lo que obtenemos es bueno

Cuando el uso se convierte en abuso, pasamos a sobreestimular la respuesta cortoplacista de nuestro cerebro perjudicando nuestro equilibrio mental. Por buscar el placer inmediato nos olvidamos de ser felices, y cuando el mecanismo para salir de esa insatisfacción es buscar más recompensas a corto plazo es cuando comenzamos a sentirnos vacios y podemos caer en la adicción o en la depresión.

Un fenómeno que seguramente no se ha estudiado lo suficiente en las nuevas tecnologías, pero en donde el proceso tiene el mismo sentido o más que en la industria tradicional. Y es que, si bien su modelo de negocio busca lo mismo que otros (la gratificación instantánea) su consumo es mucho más sencillo y está mejor considerado socialmente. Es más fácil actualizar cualquier red social que realizar cualquier otra actividad que pueda llegar a ser adictiva: evitamos desplazarnos, no consume nuestros recursos financieros, no hay presión social… las nuevas tecnologías y en especial las redes sociales lo tienen todo para ser adictivas y condicionar nuestra felicidad.

No es extraño que se hayan realizado estudios vinculando el uso de portales como Facebook con un menor nivel de felicidad. Aunque por el momento estemos más ante una creencia que una realidad, me da la impresión de que existen demasiadas señales que van por este camino. Por ello, en este último artículo de esta temporada me gustaría recomendar a todos los lectores pensar qué cosas nos hacen realmente felices, qué cosas son realmente importantes en nuestras vidas, y enfocarnos a ello. Existen muchas distracciones, y es fácil olvidarse de lo que de verdad importa. Pero debemos darnos cuenta: nuestra felicidad está en juego.

Feliz agosto.

Perlas de Kike

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