¿Conoces el riesgo de tu cartera?

El inversor está indefenso a la hora de colocar su dinero. Normalmente, termina con un montón de papeles que no comprende y a casa

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Una llamada de teléfono. Es todo lo que hace falta para contratar un seguro con una compañía con la que nunca antes has tenido relación. Un desconocido graba todos nuestros datos y la cobertura del siniestro puede empezar en ese mismo momento. Ningún contrato firmado, ningún resguardo.

Un mensaje de texto. No es necesario más para cambiar las condiciones de tu contrato de teléfono. Enviamos un código con almohadillas y/o asteriscos a un número corto y listo. Puede cambiar el importe que pagamos, la permanencia, las cláusulas de privacidad, servicios incluidos de pago, etc. Tampoco nos quedamos con ningún contrato o resguardo que diga qué hemos hecho.

Al contratar un fondo u otro producto de inversión nos vamos al extremo opuesto. Debemos firmar un contrato de apertura de cuenta, otro de cuenta de valores, responder a un test de idoneidad, contestar a un test de conveniencia, firmar un folleto con las condiciones generales del producto, otro llamado documentos fundamentales para el inversor, firmar que nos clasifican como clientes minoristas y por último otro papel que indica el perfil de riesgo que nos asignan.

Lo que nos cuentan y entendemos es “si quiere invertir en este producto debe firmar aquí, aquí, aquí también, por aquí, en este otro, estamos terminando, por aquí, aquí y finalmente aquí.” El inversor termina con un montón de papeles que no comprende y a casa. Tan indefenso está el cliente en las dos primeras formas de contratar como en la última.

El cliente no sabe valorar si el riesgo que asume es mucho o poco

Entre los papeles firmados hay una relación de los riesgos en los que incurre el inversor al contratar el producto pero el cliente no sabe valorar si eso es mucho o poco. Lo que mejor entiende es que le clasifiquen como inversor conservador, prudente, moderado, equilibrado o agresivo. A pesar de lo subjetivo de los términos utilizados ya es información que comprende.

El problema es que los productos están clasificados en esas categorías principalmente en función de su volatilidad. Sin embargo, ésta es solo una medida parcial del riesgo que a veces genera una expectativa incorrecta.

Veamos un ejemplo. En el siguiente gráfico se puede ver la evolución del valor liquidativo del Fondo Age de Santander Gestión de Activos desde su constitución en 2004 hasta final de 2009.


Se trata de un fondo que se vendía como muy conservador debido a su bajísima volatilidad. Invertía en titulizaciones con elevada calificación crediticia. En 2007 se convirtió uno de los fondos españoles más grandes por patrimonio debido a su elevada rentabilidad comparada con otros fondos de su categoría.

El estallido de la crisis de crédito en verano de 2007 provocó las primeras oscilaciones importantes y en el bienio 2008-2009 hizo perder el 21,8% del capital a sus partícipes. La volatilidad en esos dos años fue 30 veces mayor que la que tenía desde su creación hasta la primera mitad de 2007. Esta medida de riesgo se disparó sin haber cambiado la estructura de la cartera (riesgo real). La reducción de la liquidez de los valores en los que invertía junto con los fuertes reembolsos contribuyeron también a que las pérdidas fuesen más cuantiosas. Este fondo se fusionó con otros cinco fondos en 2012 y cambió de nombre. En 2014 el fondo resultante fue absorbido por otro fondo. Todos de la misma gestora. Las fusiones se utilizan habitualmente para esconder comportamientos históricos no satisfactorios. Tras una fusión solo se muestra la rentabilidad pasada del fondo absorbente.

La volatilidad puede ser engañosa

La volatilidad como medida de riesgo es engañosa cuando existen riesgos poco probables pero muy significativos que puedan afectar a todos o gran parte de los valores de la cartera en el mismo sentido (elevada correlación). En el ejemplo anterior, y en otros fondos similares de otras entidades, todos los valores de la cartera se comenzaron a depreciar en el mismo momento debido a la desconfianza generalizada en las titulizaciones que creó la crisis subprime.

Esta situación se puede repetir con otro tipo de activos de renta fija. Tanto cuando se invierte en bonos de acreedores que puedan sufrir dificultades de pago en el mismo momento (deuda pública de países periféricos de la eurozona por ejemplo), como cuando, después de un largo período con tipos de interés estables, éstos comienzan a moverse de forma repentina. La cotización de todos los bonos se movería a la vez en el mismo sentido.

En renta variable la volatilidad es mucho más útil para medir el riesgo porque las principales causas que pueden hacer subir o bajar fuertemente los beneficios de las empresas son más independientes. Es decir, no afectan a todos o gran parte de los títulos a la vez. En consecuencia, la volatilidad de la cartera es relativamente mucho más estable. Se puede comprobar cómo los fondos sectoriales y con niveles de inversión muy elevados tienen sistemáticamente más volatilidad y mayores posibilidades de generar pérdidas al partícipe que aquellos otros con carteras más compensadas.

En estos casos sí es importante elegir un fondo con una volatilidad moderada. Todo inversor debe ser consciente de que sus decisiones de consumo e inversión pueden variar de forma repentina. Puede decidir jubilarse antes de lo inicialmente previsto, comprar inmuebles, crear una empresa, dedicar el ahorro al consumo, etc. Por ello, es preferible que el valor del capital acumulado no sufra excesivas oscilaciones.

Rumbo Inversor

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