El precio de invertir diferente

Los clientes eligen los fondos en función de la rentabilidad pasada y con ese método de selección es realmente difícil no perder la confianza en un fondo con mal resultado reciente

Foto: Inversor (Efe)
Inversor (Efe)

Hace 12 años tuve una discusión con uno de mis jefes. Uno de los indicadores que utilizaban las gestoras de fondos para controlar el riesgo que asumíamos los gestores era el Tracking Error, medida que cuantifica la dispersión diaria de rentabilidad entre un fondo y su índice se referencia. No podíamos pasarnos de ciertos límites, es decir, querían que el resultado de los fondos no se separase mucho de los índices.

Estaba totalmente en contra del límite de Tracking Error. Mi argumento era que no es una medida de riesgo para el inversor. El objetivo de los clientes era obtener la máxima rentabilidad minimizando el riesgo de pérdida y/o el riesgo de volatilidad en el resultado, pero no minimizando el riesgo de dispersión frente a los índices.

La respuesta de mi jefe me quedó muy clara: “Juan, estoy de acuerdo contigo, pero sí es un riesgo muy relevante para la gestora. Si los inversores pierden dinero cuando los demás fondos bajan no se llevan su dinero a otro banco, en cambio si durante unos meses el resto de fondos suben y uno nuestro no, entonces traspasan su dinero a la competencia.”

Recuerdo que no me quedé conforme, pensaba que esa forma de verlo era cortoplacista desde el punto de vista del negocio de la gestora. Mi opinión era que los clientes se mantendrían y aumentarían su inversión si se quedasen satisfechos con los resultados a largo plazo y se marcharían si la rentabilidad a largo fuera peor que los de otros fondos de la competencia.

Estaba equivocado. La mayoría de los inversores en fondos juzgan por el resultado a corto plazo, aunque manifiesten que invierten a largo plazo. El motivo es que eligen los fondos en función de la rentabilidad pasada y con ese método de selección es realmente difícil no perder la confianza en un fondo con mal resultado reciente.

Por lo tanto, muy a mi pesar, la gestora estaba perfectamente adaptada a lo que los clientes tenían en la cabeza. Sabía en qué podía fallar (en la rentabilidad absoluta a 15 años) y qué no (en el rendimiento relativo desde inicio de año) a ojos de sus clientes. Además, la entidad era consciente de que comercialmente era mucho más fácil retener a los partícipes actuales que captar inversores nuevos.

Mi conclusión es que aunque los estudios y la literatura sobre inversiones convenza a muchos sobre las bondades de la gestión activa diferenciada, la práctica demuestra que son muy pocos los inversores que aguantan vivir fuera del rebaño con resultados diferentes.

Rumbo Inversor
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