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Guía práctica para entender las comisiones de los productos de inversión
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Juan Gómez Bada

Rumbo Inversor

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Guía práctica para entender las comisiones de los productos de inversión

Lo que ves, lo que no… y lo que deberías apuntar

Foto: (Imagen de Steve Buissinne en Pixabay)
(Imagen de Steve Buissinne en Pixabay)

Aunque hoy en día existen gráficos detallados y comparadores muy precisos, entender y comparar la rentabilidad neta de diferentes productos de inversión a largo plazo sigue siendo una tarea difícil. Incluso para los profesionales del sector. Las comisiones son una de las variables más importantes, y también una de las menos comprendidas. Este artículo busca ayudar a los inversores a identificar dónde están esos costes, cómo afectan al resultado final y cómo deben tenerse en cuenta a efectos fiscales.

Comisiones invisibles en productos estructurados

Uno de los productos donde más difícil resulta saber qué comisiones se aplican realmente son los productos estructurados. Estos vehículos combinan derivados, opciones y otras fórmulas financieras complejas que se empaquetan y se venden cerradas al cliente.

Aparentemente, pueden parecer interesantes por su promesa de rentabilidades condicionadas o garantías parciales, pero presentan un problema clave: no explican de forma transparente qué costes está asumiendo el inversor. Las entidades financieras que los comercializan obtienen su beneficio a través de los llamados “costes de estructuración”, que no se detallan al cliente. Esa falta de información deja al inversor en una situación de clara indefensión.

Por esta razón, los reguladores han clasificado estos productos como “complejos” y su venta se restringe a inversores con conocimientos avanzados. Si el cliente no entiende cómo está construido el producto, ni tiene las herramientas para calcular sus probabilidades reales de ganar o perder, no está en condiciones de tomar una decisión informada. Y lo más probable es que pierda más de lo que cree.

Fondos de inversión: costes visibles, pero poco comprendidos

En el lado opuesto, los fondos de inversión tradicionales ofrecen una estructura de costes regulada y documentada, aunque eso no garantiza que el inversor la comprenda. Un fondo puede tener varias comisiones: de gestión, de depósito, de éxito (sobre resultados) y otros gastos asociados (auditoría, análisis, intermediación, tasas…).

La gran ventaja es que todas estas comisiones ya están restadas del valor liquidativo, por lo que la rentabilidad que se muestra en gráficos y documentación ya es neta de costes. Además, estos gastos se deducen automáticamente a efectos fiscales, sin que el cliente tenga que hacer ningún cálculo adicional.

Pero el problema sigue siendo la falta de claridad: muchos inversores no consultan los documentos, y cuando lo hacen, les cuesta interpretar la información. Para comparar de forma sencilla distintos fondos, lo más útil es fijarse en el ratio de costes corrientes (ongoing charges). Este indicador refleja todos los gastos habituales del fondo, con una excepción importante: no incluye la comisión sobre resultados, que aplican algunos fondos y merece una mención aparte.

La comisión sobre resultados: ¿aliada o enemiga?

En teoría, la comisión sobre resultados busca alinear los intereses del gestor con los del inversor. Si el fondo obtiene buenos resultados, ambos ganan. Pero este incentivo tiene efectos perversos.

Pensemos en un gestor que cobra 50.000 euros fijos al año, pero puede ganar hasta un millón más si consigue una rentabilidad excepcional. Si el fondo pierde o se mantiene estable, sigue cobrando su sueldo base. Ese esquema retributivo empuja a asumir riesgos que no se tomarían con dinero propio.

Por eso, muchos inversores profesionales evitan fondos con comisiones sobre resultados. En cambio, los particulares suelen pensar que este modelo beneficia al cliente, cuando en realidad suele ser justo lo contrario.

Productos con bajas comisiones… pero costes en la cuenta corriente

Con el auge de los fondos indexados y los ETFs, muchas entidades han optado por ofrecer carteras con productos de bajo coste y cobrar aparte por la gestión o el asesoramiento. El modelo es transparente: se pagan comisiones bajas por los productos, y la entidad que selecciona los fondos o ETFs cobra el servicio directamente en la cuenta corriente del cliente.

El problema aquí es doble. Por un lado, esos costes no se reflejan en la rentabilidad que se muestra en gráficos. Por otro, pocas veces se registran o se guardan los justificantes necesarios para deducirlos a efectos fiscales. El resultado es que, al compararlos con otros productos donde sí están todos los gastos incluidos, parecen más rentables de lo que son en realidad.

Además, con el paso del tiempo, esos gastos “invisibles” se acumulan. Y si dentro de 20 o 30 años el inversor decide vender, puede acabar pagando más impuestos de los que le corresponden, simplemente porque no ha documentado bien los costes que sí podría haber deducido.

Cambios de divisa, dividendos y otros gastos olvidados

También hay otros costes que muchos inversores no tienen en cuenta: comisiones sobre cobro de dividendos, gastos de custodia, tarifas de intermediación, tasas por ejecución… Todos ellos son potencialmente deducibles, pero si no se han registrado correctamente, es como si no existieran cuando llega el momento de declarar las plusvalías.

El problema es que a menudo no te informan de los costes, y por ello no te los puedes deducir. Por ejemplo, cuando se compran acciones, ETFs o fondos denominados en dólares, la entidad financiera suele aplicar una comisión de cambio de divisa implícita en el tipo de cambio, que ronda el 0,70% por operación. Y otro 0,70% al vender y volver a euros. Estas comisiones no se explicitan, están incluidas en el tipo de cambio aplicado. Si no sabes cuánto te han cobrado no te las puedes deducir al calcular el resultado de la inversión.

Si no es neto, no es real

La rentabilidad bruta sirve de poco si no se tiene en cuenta todo lo que se ha pagado por conseguirla. A la hora de invertir, lo que importa es la rentabilidad neta: la que queda después de comisiones y de impuestos.

Una diferencia del 0,5% anual en costes puede parecer pequeña, pero acumulada a largo plazo puede suponer decenas de miles de euros. Por eso, el mejor consejo para cualquier inversor es doble: si los gastos están incluidos, entiende cuántos son. Si se cobran aparte, apúntalos, guárdalos y calcúlalos. Porque si no lo haces tú, nadie lo hará por ti. Y probablemente pagarás más —o ganarás menos— sin ni siquiera darte cuenta.

Aunque hoy en día existen gráficos detallados y comparadores muy precisos, entender y comparar la rentabilidad neta de diferentes productos de inversión a largo plazo sigue siendo una tarea difícil. Incluso para los profesionales del sector. Las comisiones son una de las variables más importantes, y también una de las menos comprendidas. Este artículo busca ayudar a los inversores a identificar dónde están esos costes, cómo afectan al resultado final y cómo deben tenerse en cuenta a efectos fiscales.

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