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Argentina: cuando el cambio económico trasciende la política
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Juan Gómez Bada

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Argentina: cuando el cambio económico trasciende la política

Un nuevo gobierno difícilmente revertiría un proceso que ya ha modificado los incentivos y la mentalidad del país

Foto: El presidente de Argentina, Javier Milei. (Reuters)
El presidente de Argentina, Javier Milei. (Reuters)

Durante décadas, Argentina ha sido el ejemplo recurrente de un país con potencial extraordinario pero atrapado en ciclos de crisis y populismo. En los últimos años, sin embargo, algo profundo parece estar cambiando. Y no se trata simplemente de un giro político, sino de una transformación estructural que podría consolidarse más allá de quien ocupe la Casa Rosada.

Cuando Javier Milei llegó al poder, abundaban las dudas. Se ponía en cuestión su capacidad para alcanzar el equilibrio fiscal sin provocar una crisis económica de proporciones mayores, y aún más, su posibilidad de implementar una agenda desreguladora en un país donde los intereses corporativos y los lobbies empresariales habían conseguido mantener a la economía atada durante décadas. Pero, contra todo pronóstico, su gobierno ha logrado avances que, más que reversibles, parecen haber reconfigurado el terreno sobre el que se mueve la economía argentina.

La clave del cambio no reside solo en la ideología, sino en la ejecución. En sus primeros meses, el Ejecutivo consiguió aprobar miles de medidas de liberalización a pesar de contar con una débil minoría parlamentaria. Uno de los ejemplos más ilustrativos fue la apertura del mercado de internet satelital. Argentina es un país con una extensión cinco veces mayor que España, y desplegar redes de fibra o cable en regiones rurales resulta prohibitivo. Sin embargo, durante años, el lobby de las telecomunicaciones bloqueó la entrada de operadores globales para proteger su cuota de mercado.

El nuevo gobierno eliminó esas barreras casi de inmediato. En cuestión de semanas, varias compañías internacionales comenzaron a ofrecer servicio satelital en zonas agrícolas, ganaderas e industriales donde antes no había cobertura. El impacto económico fue inmediato: reducción de costes, acceso a información en tiempo real y competitividad para sectores clave del país.

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Este tipo de decisiones tiene un valor estructural. No se trata de una política de partido, sino de una corrección de mercado que mejora la eficiencia del conjunto del sistema productivo.

A los europeos que visitan Buenos Aires, uno de los detalles que más les llama la atención es la libertad con la que funcionan servicios como Uber o Cabify. Cualquier ciudadano puede descargarse una aplicación, registrar su vehículo privado y empezar a operar en su tiempo libre, sin necesidad de licencias restrictivas o cupos cerrados. Para quienes vienen de economías más reguladas, la primera reacción suele ser de sorpresa, incluso de escepticismo: ¿cómo se garantiza la calidad o la seguridad?

La respuesta está en los propios mecanismos de mercado. El control del vehículo por la matrícula, el seguimiento del trayecto por el navegador, el sistema de puntuaciones y la transparencia de precios generan un servicio más fiable y más competitivo que el taxi tradicional. Esa combinación de tecnología, flexibilidad y control distribuido demuestra que la libertad económica no implica caos, sino un cambio en el tipo de garantías: del papel y la licencia al algoritmo y la reputación.

Pero el cambio más profundo y menos visible en la calle es el que se ha producido en las cuentas públicas. Argentina pasó de registrar déficits crónicos e inflaciones superiores al 100% a lograr un superávit fiscal —es decir, a gastar menos de lo que ingresa— en un plazo sorprendentemente corto.

Durante décadas, la desconfianza en el peso llevó al gobierno a imponer un férreo cepo cambiario para evitar la fuga de capitales. Hoy, la situación se ha invertido: los ciudadanos y las empresas pueden operar libremente en la divisa que elijan —pesos, dólares, euros o cualquier otra— y, contra todo pronóstico, la mayoría sigue realizando sus transacciones en pesos. La confianza en la moneda local, perdida durante generaciones, comienza a recuperarse.

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Estas reformas no son fáciles de revertir. El desmonte del cepo, la normalización fiscal y la apertura comercial crean un ecosistema que se autorrefuerza: las empresas planifican a largo plazo, la inversión extranjera regresa y los incentivos políticos para volver al pasado se reducen.

Algunos temen que, si el kirchnerismo u otra fuerza populista regresara al poder, todo este proceso se desharía. Pero la historia económica demuestra que las sociedades no suelen volver atrás una vez que internalizan los beneficios de un sistema mejor.

Del mismo modo que la izquierda introdujo en Europa derechos sociales que luego las derechas conservaron —educación pública, pensiones o prestación por desempleo—, las reformas estructurales que funcionan tienden a consolidarse más allá de los colores políticos. Es la lógica del pragmatismo: nadie quiere ser quien arruine lo que el país percibe como progreso tangible.

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Cuando en el futuro la izquierda argentina vuelva al gobierno, probablemente no deshará todo lo avanzado. Tal vez reintroduzca ciertos controles o matices, pero el andamiaje de una economía más abierta y funcional ya estará instalado. Incluso si intentara revertirlo, el coste político y económico de hacerlo sería tan alto que la marcha atrás llevaría años.

Por último, conviene recordar que las penurias económicas dejan cicatrices profundas, y esas cicatrices son, con frecuencia, el mejor antídoto contra la repetición de los errores. Los pueblos que han sufrido la hiperinflación, el colapso financiero o la pérdida de valor de su moneda tienden a desarrollar una cultura de prevención frente a esos males. Alemania es el ejemplo paradigmático: la hiperinflación de la República de Weimar en los años veinte del siglo XX marcó a varias generaciones y convirtió la estabilidad de precios en un valor nacional incuestionable.

Argentina ha vivido en carne propia crisis de deuda, inflación desbocada y pérdida de credibilidad internacional. Esas experiencias, tan dolorosas, pueden convertirse en el motor de un cambio duradero si cristalizan en una conciencia colectiva que asocie la estabilidad fiscal y monetaria con el bienestar real de la sociedad.

En última instancia, la enseñanza que deja la actual etapa argentina es que no hay destino económico escrito. Ni la geografía ni la historia son excusas suficientes. Un país que fue capaz de alcanzar la mayor renta per cápita del planeta a comienzos del siglo XX y fue más rico que España hasta bien entrada la década de los 70, puede volver al primer mundo si mantiene la disciplina y la confianza en sus propias reglas. Las crisis enseñan, y cuando un pueblo aprende de ellas, el progreso deja de ser una promesa y se convierte en una posibilidad tangible.

Durante décadas, Argentina ha sido el ejemplo recurrente de un país con potencial extraordinario pero atrapado en ciclos de crisis y populismo. En los últimos años, sin embargo, algo profundo parece estar cambiando. Y no se trata simplemente de un giro político, sino de una transformación estructural que podría consolidarse más allá de quien ocupe la Casa Rosada.

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