El tercer pilar

No, no hablo de una nueva catedral en Zaragoza. Ni de una nueva novela de Ken Follet. Es algo muy distinto, pero que será importante en

No, no hablo de una nueva catedral en Zaragoza. Ni de una nueva novela de Ken Follet. Es algo muy distinto, pero que será importante en el futuro. Tan importante que no se le da ninguna importancia en el presente. Es lo normal entre nuestra clase política: darle importancia a lo superfluo e inmediato y no a lo realmente importante. Pasó con la burbuja inmobiliaria. Claro que hubo economistas que lo advertimos -las hemerotecas están ahí para probarlo- pero había cosas más importantes que hacer. Ahora nos damos cuenta de que era más importante ir preparándose para un pinchazo inmobiliario que la Alianza de Civilizaciones, por poner un ejemplo. Y no quiero ser partidista. Probablemente cualquier otro político español habría cometido el mismo error. No olvidemos que la “gran” idea de basar el crecimiento de la economía española en un modelo inspirado en el Monopoly se gestó con otro partido en el gobierno.

Viene todo esto a colación porque el otro día el representante en España de una de las más importantes compañías de seguros de vida del mundo, líder en temas de previsión, me comentaba que fuera de aquí se hablaba mucho del “Tercer Pilar”.

Son tres los pilares que sostienen la jubilación: la pensión de la seguridad social, el plan de pensiones empresarial y el que se hace uno mismo invirtiendo en productos de ahorro. La cuestión es que tenemos que empezar a ser muy conscientes de la importancia que va tomando este último, porque la realidad es que los dos primeros se están resquebrajando.

Lo de la pensión del Estado es tan evidente que ni la más certera propaganda política puede ocultarlo: el sistema no es viable, al menos en su concepción actual. Lo importante no es lo que digan los políticos. Lo importante son los hechos. El hecho es que se va a ampliar la edad de jubilación y que se van a congelar las pensiones. Luego vendrán las rebajas en la prestación o algún otro invento. En cuanto a los planes de empresa, la situación es todavía peor. Si analizamos su rentabilidad, el resultado es desastroso. Y el planteamiento también. Por ejemplo, en la selección de la gestora -que para empezar no debería ser sólo una- no decide, o al menos asesora, un experto independiente, como ocurre en los EEUU o en el Reino Unido, sino que la decisión sobre quién va a gestionar los ahorros de los trabajadores se toma en función de una maraña de intereses personales y de acciones “comerciales” en las que lo que menos cuenta es la calidad de la gestión o el perfil de inversión de los trabajadores.

Así que, señores, como no somos políticos, tenemos que ser realistas. Y no podemos hacernos trampas en el solitario. Si queremos mantener nuestro nivel de vida en la jubilación tenemos que “buscarnos la vida”, porque el tema va a ir a peor. El primer pilar tiene aluminosis y el segundo es de formica. Hay que construir un tercero de piedra.

La solución no está en los planes de pensiones que se ofrecen actualmente en el mercado. Salvo honrosas excepciones, su gestión no tiene mucho que envidiar de la de los planes de empresa. Y además son carísimos. Quien en su día estableció las comisiones máximas dejó abierta una puerta que ha sido criminal para la rentabilidad de estos productos (y un auténtico chollo para las gestoras). Y como se venden solos, es decir, que se venden gracias a una bonificación fiscal que no tiene ningún otro producto de ahorro (y a los jamones y vacaciones en Mallorca que regalan), las entidades financieras no se preocupan mucho de la gestión. Para qué competir, si se venden igual.

Afortunadamente el tema tiene solución. Se puede ahorrar de forma que tu rentabilidad no sea cero al cabo de diez años. Tampoco hay que pagar comisiones estratosféricas. Y no tienes por qué ser un peón en un acuerdo entre empresa, sindicato y banco. También empiezan a llegar de fuera ideas imaginativas para crear y gestionar adecuadamente el tercer pilar. Lo que falta es que los políticos se den cuenta de la importancia del asunto y bonifiquen fiscalmente todo el ahorro a largo plazo, no sólo a los fondos de pensiones. Al ponérselo tan fácil han generado un monstruo que cobra mucho y no da nada. Bonificando a todos por igual se conseguirían dos objetivos importantes: dinamizar la oferta de productos de ahorro a largo plazo (puede hacerse extensible a los fondos de inversión si ese patrimonio se mantiene hasta la jubilación) y que se espabilen los gestores de los planes de pensiones. No estaría mal para empezar.

Víctor Alvargónzalez, consejero delegado de  PROFIM, asesores patrimoniales, EAFI

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