España, ¿tan mal como Japón? El que avisa no es traidor…

Un país puede funcionar razonablemente bien aunque tenga políticos incompetentes. Pero hay ocasiones en las que el precio de una clase política incompetente y/o corrupta es

Un país puede funcionar razonablemente bien aunque tenga políticos incompetentes. Pero hay ocasiones en las que el precio de una clase política incompetente y/o corrupta es el propio desarrollo económico del país.Y eso ya son palabras mayores.

Para que luego no digan nuestros políticos que no les avisaron: tenemos un ejemplo claro de lo que no se debe hacer si no se quiere que el destino económico de España sea el estancamiento estructural. Y ese ejemplo se llama Japón.

Como decía el principio, si la estructura económica de un país es sana, ese país puede tener malos dirigentes y aún así funcionar razonablemente bien en lo económico. Lo hemos visto en EE.UU. con algunos de sus presidentes y en Europa tenemos un caso casi cómico, que es el de Bélgica,que lleva más de un año sin gobierno y se están planteando que así funcionan mejor que si lo tuvieran (literalmente), hasta el punto de que no muestran mucha prisa en buscar una solución al problema. Inmersos en la Unión Europea, con una estructura económica relativamente sana y más dentro de la estela alemana que de la griega, Bélgica, pese a sus problemas con los nacionalismos, está saliendo razonablemente bien de la crisis, especialmente si se compara con España.

Porque mucho me temo que nuestro caso se parece más al japonés que al belga. Y ahí tenemos un problema serio.

Veamos qué pasó en Japón. Allí, como aquí, se produjo una burbuja inmobiliaria de proporciones dantescas. Se decía entonces que los terrenos que ocupaba el palacio presidencial en el centro de la capital valían más que toda California. Cuando finalmente explotó la burbuja, ocurrió como en España: no se hizo nada por romper la burbuja financiera  que había financiado la burbuja inmobiliaria. Aquí no se deja quebrar ninguna entidad aunque se multipliquen los créditos impagados, y como no quiebran pero son auténticos “zombis”, no están en condiciones de prestar dinero a empresas y familias, con lo que privan al sistema del flujo de crédito necesario para el desarrollo empresarial y la recuperación económica. Y encima, para captar dinero (pasivo), pagan extratipos que generan todavía más perdidas, que luegose cubren con el dinero de los españoles (el FROB), dinero que bien podría dedicarse a cuestiones mucho más productivas. Y si no se liquidan entidades financieras “zombis” es porque el resultado sería que los juzgados se llenarían de políticos de todos los colores y, lógicamente, se protegen entre ellos. Asíde simple. Así de triste.

¿Y qué pasó en Japón? Pues algo muy parecido. El flujo de crédito se secó porque bancos, empresas y políticos habían creado una conjunción de intereses tal que, si una empresa no pagaba un crédito, el banco no ejecutaba porque el propio banco era el principal accionista de la empresa, y además había puesto a un político en el consejo de administración para devolverle algún favor. Políticos, banqueros y grandes empresas se habían enredado de tal manera que era imposible cambiar nada; es decir, los bancos no daban créditos, las empresas no se reestructuraban y los políticos, atrapados en esa maraña de intereses y/o por simple incompetencia, eran incapaces detomar decisiones para realizar reformas estructurales de calado, ¿no les suena a algo?

Nos guste o no, llegados a un determinado punto es imposible regenerar y modernizar el modelo productivo de un país sin el concurso de la clase política. España hizo del Monopoly su modelo de negocio durante más diez años y por eso está metida en el agujero en el que se encuentra. Salir de él requiere sacrificio y toma de decisiones audaces orientadas al largo plazo, características propias de los grandes políticos -aquí hemos tenido algunos- pero que obviamente no es fácil encontrar en nuestra clase política actual.

Si Japón, que encima no se dedica solo al ladrillo, sino que es un gran exportador, un líder tecnológico y está pegado a la Asia emergente, no ha sido capaz de desenredar su maraña de intereses y reformar su estructura económica y política, motivo por el que lleva años sin crecer, no quiero ni pensar en que la que nos espera siendo, como somos, el país del ladrillo y la demanda interna. Pero no pierdo la esperanza. En la transición, y en años posteriores tuvimos buenos políticos. Algunos brillantes. La mayoría eran incluso honestos. Y España es un país de buenos trabajadores. Mal organizados y peor dirigidos, pero “currantes”, que no tienen mucho que envidiar al resto de europeos. Y tenemos grandes empresarios (les sugiero la lectura de mi “post” titulado “Las dos Españas”), además de un país enormemente atractivo para trabajar y vivir, que no ha conseguido todavía ser la California europea  -excepto en lo de urbanizar la costa-, pero que podría serlo si contara con los dirigentes adecuados. Parafraseando el poema del Mío Cid, el español es “un buen vasallo, si tuviera buen señor”. Ya solo nos falta cambiar a los “señores”.

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